EL VERDADERO TEMPLO DE ADORACIÓN Jorge Himitian



EL SANTUARIO CELESTIAL 


En el cielo hay un verdadero tabernáculo. 

 
“Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que  tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre. Porque todo sumo 
sacerdote está constituido para presentar ofrendas y sacrificios; por lo cual es necesario que también éste tenga algo que ofrecer. Así que, si estuviese sobre la tierra, ni siquiera sería sacerdote, habiendo aún sacerdotes que presentan las ofrendas según la ley; los cuales sirven a lo que es figura y 
sombra de las cosas celestiales, como se le advirtió a Moisés cuando iba a  erigir el tabernáculo, diciéndole: Mira, haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte. Pero ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es mediador de un mejor pacto, establecido sobre mejores promesas” (Hebreos 8.1-6).  

En este pasaje se hace referencia a dos tabernáculos:   

1. El que levantó Moisés. 

Dios le dio una orden en el monte Sinaí: “Haz todas las cosas conforme al modelo que se te ha mostrado en el monte”. Moisés recibió instrucciones muy detalladas y específicas de parte de Dios: las medidas, los materiales que debía utilizar, las formas, los muebles que debía colocar, la manera en que debía construirlo, en fin, todos los detalles de aquel tabernáculo que sería levantado en el desierto.   

2. Y ahora Hebreos habla de otro, de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor y no el hombre.  

El tabernáculo que levantó Moisés era una simple figura (maqueta) del verdadero tabernáculo que el Señor levantaría.  Es importante entender la función del tabernáculo de Moisés, y la diferencia entre ese y el verdadero al cual hace referencia Hebreos, diciendo que “es figura y sombra de las cosas celestiales”.  Esta expresión (“cosas celestiales”) es clave. En el griego es epouranios (uranios = cielo; epi = sobre). Se está refiriendo a aquello que está más allá de la dimensión terrenal o material.  En el cielo hay un verdadero tabernáculo.  
Los judíos hablaban de tres cielos: el primero es donde están las nubes y donde vuelan las aves, o sea el inmediato. Luego llamaban segundo cielo a la bóveda celeste: donde están el firmamento, las estrellas, las galaxias y todo lo que se podía contemplar. Y el tercer cielo era aquello que estaba más allá de todo lo que se podía ver.  Y al decir “más allá” no se referían a una distancia geográfica. Las categorías de tiempo y espacio (medida, peso, forma, volumen y distancia) pertenecen a la dimensión material.  Ellos se referían a aquello que se encuentra en la dimensión que trasciende a la material.   

La realidad total del universo abarca dos dimensiones: una material o visible, y la otra espiritual o invisible. Dios es el que creó todas las cosas, tanto visibles como invisibles.  

1. Al plano material pertenece aquello que podemos ver (y aún lo que no podemos ver por ser de tamaño microscópico, pero que sabemos que pertenece a esa dimensión).   

2. Sin embargo, existe otra dimensión en el universo: la espiritual. Dios es espíritu.   

El ser humano está compuesto de dos partes: una material y la otra espiritual. Tenemos espíritu y cuerpo; una parte visible y otra invisible. En cambio, los ángeles, Satanás y los demonios son solo seres espirituales. En el pasaje de Hebreos, cuando se habla acerca del santuario se hace referencia a uno que no pertenece a la dimensión material y visible, no se lo puede ubicar geográficamente, ni encuadrar por sus características edilicias (templo, santuario o edificio).  Este santuario se encuentra en una dimensión completamente diferente: en el “mas allá”, en la dimensión espiritual. Es decir, no pertenece a esta creación, no fue construido por el hombre.   
Podemos tocar el mundo material; pero también podemos gustar del mundo espiritual, de lo que no pertenece a la dimensión física sino a la del espíritu. Ese es el ámbito de la adoración. 

¿Qué palabras se pueden usar para describir lo indescriptible? ¿Cómo explicar lo inexplicable? ¿Cómo decir lo indecible?  Sólo podemos conocer ese ámbito por medio de la fe, basándonos en la Palabra de Dios. Justamente, Hebreos dice: “La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Y en la versión antigua dice: “la sustancia de lo que no se ve”.   
Cuando nosotros adoramos bebemos del Espíritu, nos movemos por fe, y entramos justamente a esa dimensión espiritual que está más allá de lo que podemos explicar.  Sin embargo, debemos usar palabras, conceptos y argumentos, confiando en que mientras lo hacemos el Espíritu Santo que está en nosotros nos revelará y enseñará todas las cosas (como dijo Jesús: “cuando él venga les enseñará todas las cosas”).   Volvamos al primer versículo: “El punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote (Jesucristo), el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos”.  En el universo hay un trono que no es material, sin embargo es mucho más real que cualquier otro trono.  La dimensión espiritual es un ámbito real que Dios mismo ha creado. En ella hay un trono, un cielo, un lugar en donde está el Padre y donde está Jesús sentado a su diestra. Y desde allí reina sobre toda la creación, el Universo y la historia.  Él está sentado en el trono. “Al que está sentado en el trono, y al Cordero…” (Apocalipsis 5.13). Se trata de una dimensión espiritual.  Jesús es el ministro del santuario.   
Y el de Moisés era una simple figura y sombra, una maqueta “de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre”. Una sombra es solo la proyección de un cuerpo. El cuerpo es real, lo demás es sombra. Y la Biblia dice que el tabernáculo que Moisés levantó era figura y sombra del verdadero.  
Ello nos arroja algo de luz para poder saber cómo es el santuario celestial, al compararlo con el que Dios le ordenó construir a Moisés.   
Se trataba de una gran carpa, que tenía a su alrededor un atrio (patio).  Lo primero que Dios le dijo a Moisés, luego de ordenarle que construyera un tabernáculo de forma rectangular, era que debía colocar dentro de él un mueble llamado arca del pacto. Este debía tener forma rectangular, estar íntegramente revestido de oro y sobre su tapa ponerle dos querubines de oro.  El arca simbolizaría la presencia de Dios.   
Luego, Dios le dijo que apenas colocara el arca debía poner delante de ella un velo muy grueso, indicando de esta manera que el camino a Dios estaba cerrado a causa del pecado.   

Cuando Dios creó a Adán y Eva a su imagen y semejanza tenía comunión con ellos, se paseaba a la luz del día y conversaba con ellos. Pero, al pecar, el hombre fue expulsado de la presencia de Dios (el paraíso). Por eso ahora Dios le dice a Moisés que colocara un velo, porque nadie podía entrar al Lugar Santísimo.   
Había otro sector que se llamaba Lugar Santo. Allí los sacerdotes debían ir todos los días a realizar su oficio. Sin embargo, nadie debía entrar al Lugar Santísimo, porque el hombre no podía tener comunión directa con Dios a causa del pecado. Así que los sacerdotes oficiaban todos los días en esa primera parte del tabernáculo.   
En aquel lugar estaba la mesa de los panes de la proposición, en la cual se colocaban doce panes (tipo figaza). Cada uno representaba a una de las tribus de Israel, y significaba que los sacerdotes intercedían por todo el pueblo de Dios. Se los colocaba sobre la mesa delante de la presencia de Dios, pero siempre con el velo cerrado.    
Luego, del otro costado se encontraba el candelabro de 7 brazos. Este constituía la única iluminación del recinto, porque todo estaba cerrado, no había ventanas. Lo primero que hacía el sacerdote al entrar a ese lugar era encender las 7 lámparas del candelabro con aceite de oliva para poder oficiar culto a Dios.   
Justo delante del velo se encontraba el altar del incienso que era de oro. El sacerdote iba hacia el altar de bronce que se encontraba afuera, traía de allí algunas brasas, las colocaba en el altar de oro y luego ponía el incienso sobre las brasas. Eso representaba las oraciones y la adoración.  El sacerdote ministraba de pie mirando hacia el arca, aunque sin poder verla a causa del velo que separaba el Lugar Santísimo del Santo.    Afuera, en el atrio, se encontraba el altar de bronce, donde degollaban y quemaban a los animales que debían ser ofrecidos como holocausto.   
Luego, cerca del altar había una fuente de bronce con agua, el lavacro, donde el sacerdote debía lavarse los pies y las manos antes de entrar y ministrar en el santuario.   
Al Lugar Santísimo sólo podía entrar el Sumo Sacerdote una vez al año, en la fiesta del Yom Kipur (“día del perdón”), que todavía los judíos celebran. Cuando se sacrificaba un animal para pedir perdón por los pecados cometidos por el pueblo durante todo el año, el Sumo Sacerdote entraba con esa sangre por uno de los costados del velo para presentarla sobre el altar. Ningún otro podía entrar allí.      
Espiritualmente, el altar de bronce representa la cruz de Cristo, su sacrificio. El lavacro simboliza la Palabra, ya que somos santificados y lavados por ella. La mesa de los panes de la proposición significa la intercesión por el pueblo de Dios. El candelabro representa la revelación; adoramos a Dios a la luz de la revelación. El altar de incienso son nuestras oraciones, nuestra devoción, nuestro amor, nuestra alabanza, nuestra adoración que sube a la presencia del Señor.    

La enseñanza más importante era que había un velo que estaba cerrado, por lo cual nadie tenía acceso a la presencia de Dios.  Durante muchos siglos el tabernáculo fue construido de esa manera. Cuando Salomón construyó el templo de Jerusalén lo hizo con ese mismo esquema.  Luego el templo fue destruido e Israel tomado en cautiverio.  Más adelante, en la restauración de Israel, se levantó de nuevo el templo de Jerusalén.  Cuando vino Jesús había en Jerusalén un gran templo, no tan glorioso como el de Salomón, pero mucho más grande que ese (aunque siempre siguiendo la misma maqueta). 
   
EL VERDADERO TABERNÁCULO 

¿Por qué ese tabernáculo, figura y sombra del verdadero, estuvo de pie durante tantos años?  Los hombres no podían tener acceso a Dios a causa del pecado.  Pero cuando Jesús murió en la cruz el velo se rompió de arriba a abajo. ¡Imaginen el estupor que habrá habido en el templo! Los sacerdotes ministrando en el Lugar Santo de aquel templo que por siglos había estado de pie. Y de pronto llega el día en el que pueden ver que el sacrificio de Cristo es tan perfecto y completo (habiendo cargado nuestros pecados y pagado nuestras culpas), que cuando grita: “¡Consumado es!” y expira, el velo se rompe de arriba a abajo.  

De ese modo el Señor estaba indicando que el camino a la presencia de Dios estaba libre y abierto. Ese templo era simplemente una figura, una sombra.  La realidad es que el Santo no podía tener comunión con los pecadores. Ningún hombre podía entrar a su presencia debido a su condición de pecador. Y si alguien intentaba hacerlo caía fulminado, a tal punto que en el Antiguo Testamento dice que cuando Dios descendió del monte Sinaí la orden fue terminante: “¡No se acerquen!” Por lo cual, pusieron límites alrededor de la montaña que nadie podía traspasar. Y si alguien lo hacía y se acercaba a la montaña caía muerto. Aún si un animal traspasaba los límites era atravesado por un dardo y moría. La orden era: “¡Que a nadie se le ocurra acercarse!”  Dios es santo, y un Dios santo no puede tener comunión con los pecadores.  

Sin embargo, ahora la orden cambia por completo:  

“Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión. Porque no tenemos un sumo sacerdote que no puede compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. 
Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4.14-16).  Antes la orden había sido: “¡No se acerquen!”, y ahora: “Acérquense confiadamente al trono de la gracia”.  El velo fue roto, y ahora tenemos un camino nuevo y vivo para poder acercarnos al trono de la gracia de Dios.    

“Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención” (Hebreos 9.11-12).  Cristo entró una vez y para siempre.  
Entonces, en el pasaje de Hebreos 10.19-22 se llega a la gran conclusión de este libro: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura”.  Ya no había más división entre el Lugar Santo y el Santísimo. Si tenemos dos habitaciones separadas y quitamos el tabique de en medio queda una sola.  Lo que hacía Santísimo a aquel lugar era el arca, la presencia de Dios. Entonces, al romperse el velo, ahora todo era Santísimo. La primera parte del tabernáculo seguía estando, pero ya no detrás del velo. Ahora era todo un solo recinto. Por eso, el Nuevo Testamento nunca dice que entremos al Lugar Santo, sino al Lugar Santísimo: “teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo”.    
     
¿Cuál es el ámbito en el que adoramos a Dios? El santuario.  Físicamente, estamos en la tierra, por lo cual estamos limitados, nuestro espíritu está dentro del cuerpo, estamos sujetos a él.  Pero el día en que muramos nuestra alma saldrá de nuestro cuerpo y se irá al cielo con Dios. Entonces, el cuerpo ya no será nuestra morada, sino que tendremos otra morada en los cielos y recibiremos un cuerpo glorificado.   
Sin embargo, la realidad de que nuestro espíritu está en el cuerpo no es contradictoria con lo que declara Efesios: que Dios nos resucitó juntamente con Cristo y que estamos sentados en lugares celestiales. Porque el que se une al Señor se hace un espíritu con él. Cristo está en nosotros, y nosotros en él. Dios es indivisible y, en la dimensión del espíritu, tenemos libertad para entrar a su presencia por fe y adorarlo.   
Eso no significa que nuestro espíritu sale del cuerpo, sino que permanece en él, pero por la fe (que es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve) entramos a una dimensión que no es simplemente material ni imaginativa, sino real y espiritual. Entramos por fe al Lugar Santísimo, donde está Dios, para adorarlo en la hermosura de su santidad.        
¿CUÁL ES LA REFERENCIA QUE TENEMOS AL ADORAR?  

Dios nos invita a entrar en la dimensión espiritual.  “Padre nuestro, que estás en los cielos”. El Padre está sentado en el trono y a su diestra se encuentra el Hijo. Pero nosotros también tenemos acceso al Padre por el mismo Espíritu.  Jesucristo dijo: “Yo soy el camino (….), nadie viene al Padre si no es por mí”.  Y en Hebreos dice que el camino fue roto por medio de la sangre y el cuerpo de Cristo. Ese velo representaba el cuerpo de Cristo que fue roto, porque él tomó nuestra humanidad y se hizo pecado. Cuando él murió su cuerpo se rompió, el velo se rasgó; y ahora, a través de su sacrificio, tenemos libre acceso a la presencia de Dios. Podemos entrar a esa dimensión espiritual.    
“… os habéis acercado al monte de Sion, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial” (aquí aparece nuevamente la palabra “epouranios”, en referencia a la dimensión espiritual), “a la compañía de muchos millares de ángeles, a la congregación de los primogénitos que 
están inscritos en los cielos, a Dios el Juez de todos, a los espíritus de los 
justos hechos perfectos, a Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel” (Hebreos 12.22-24).  
Nos hemos acercado al trono de Dios. De tal manera que nuestro hábitat espiritual por la fe es la Jerusalén celestial, el santuario celestial, donde están el trono de Dios, Jesús, los ángeles y los espíritus de los justos hechos  perfectos. Nuestra morada es la ciudad del Dios vivo, donde hay alabanza y adoración permanentes.  Es allí donde los cuatro seres vivientes proclaman de día y de noche sin cesar: “Santo, Santo, Santo, Santo, Santo…”  Es allí donde los veinticuatro ancianos se postran sobre sus rostros y adoran al que vive por los siglos de los siglos, al que está sentado en el trono: 

Digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas” (Apocalipsis 4.11). Es allí donde millares de ángeles lo adoran y alaban sin cesar, y millones de seres cantan: “Al que está sentado en el trono, y al Cordero, sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 5.13).    

Ese es el lugar en donde mora el Señor y al que nos invita a entrar cada vez que adoramos.  Dios nos sentó en lugares celestiales juntamente con Cristo, y ese es el lugar que debemos ocupar permanentemente. ¡Cuánto más cada vez que oramos, adoramos, cantamos y bendecimos al Señor!  
En esa dimensión, en ese ámbito, en esa esfera espiritual es donde toda adoración debe fluir. Y ese debe ser nuestro ministerio.  Nosotros jamás podríamos entrar por nosotros mismos. Hay uno solo que lo puede hacer, el Único digno de entrar. Y él entró por nosotros y nos abrió el camino. Y a través de él ahora podemos entrar.    

La mujer samaritana le preguntó a Jesús dónde se debía adorar, si en Jerusalén o en el monte de Samaria. Sin embargo, Jesús le respondió: 

Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre… Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Juan 4.21, 23). Es en la dimensión espiritual en donde debemos adorar, porque “Dios es espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren” (Juan 4.24).
  
En el Antiguo Testamento, todo el culto a Dios se llevaba a cabo sin que supieran realmente de qué se trataba y desconociendo que ese templo era figura y sombra del santuario celestial, como nosotros lo entendemos y experimentamos hoy por medio del Espíritu Santo.   
Dios quiere ampliar nuestra visión y comprensión, y llevarnos hacia una mayor profundidad acerca de este ámbito en donde él mora y se revela. A través del candelabro (símbolo de la revelación), Dios nos revela por medio del Espíritu todo lo concerniente al ámbito espiritual.   

El ministerio de todo sacerdote (intercesión, alabanza, adoración, acción de gracias y peticiones) se debe realizar en el santuario espiritual, en la dimensión espiritual.