lunes, 30 de abril de 2018

LA IGLESIA POR LAS CASAS






La naturaleza familiar de la comunidad cristiana

Hay una relación innegable entre la reunión en un hogar y el carácter familiar de la iglesia que recorre todos los escritos del apóstol Pablo. El hogar es el ambiente natural de la familia y como tal le brinda esa atmósfera familiar a la iglesia, esa misma que saturaba la vida de los primeros cristianos. En contraste, el edificio o salón promueve un clima impersonal que, a su vez, desalienta la intimidad y la mutualidad. El edificio produce una rigidez que es contraria a la agradable informalidad de una reunión casera.

Resulta bastante fácil “perderse” en un amplio edificio, además no es difícil que la gente pase inadvertida y oculte su verdadero estado espiritual. No así en un hogar. Todas nuestras arrugas, malestares y alegrías aparecen allí. En la reuniones por las casas cada uno es reconocido, aceptado, alentado y ayudado.
La manera formal en que se hacen las cosas en un salón tiende a desanimar la espontaneidad mutua que caracterizaba las reuniones de nuestros primeros hermanos.
El diseño mismo de un típico edificio destinado a los encuentros enseña que la iglesia es pasiva. Su estructura interior no está pensada para que haya verdadera comunión, relación interpersonal o ayuda mutua. Está hecha para una inamovible comunicación unidireccional: púlpito a banco, líder a congregación. Dicho edificio no es diferente de un teatro, un salón de conferencias o un cine. La congregación se encuentra prolijamente acomodada en bancos o sillas para que vea y escuche al oficiante que habla desde el frente. El público fija su atención en un solo punto: el líder y su púlpito. Comúnmente el lugar donde se sientan los protagonistas llamada plataforma o tarima está más alto que los asientos de la congregación. Este formato no solamente refuerza la distinción entre los “ministros” y el resto de los fieles, sino que nutre la mentalidad de “espectador” que aflige a la mayor parte del cuerpo de Cristo.


Con respecto a esto, W.J. Pethybridge observa:

En la reunión de un pequeño grupo que tiene lugar en la amistosa unión de un hogar, todos pueden conocerse uno al otro y las relaciones son más reales y menos formales. Siendo un número menor de personas, resulta posible que todos tomen parte activa en la reunión, y así todo el Cuerpo de Cristo presente puede funcionar... Tener un edificio especial para reuniones, casi siempre entraña la idea de una persona especial como ministro, lo que resulta en un ministerio de un solo hombre e impide el pleno ejercicio del sacerdocio de todos los creyentes” (El secreto perdido de la iglesia primitiva).

Es claro que los primeros cristianos tuvieran sus reuniones en los hogares a fin de expresar el carácter de la vida de iglesia. Es indudable que se reunían en las casas para alentar una adoración en espíritu y en verdad, como así la comunión y ministerio mutuo. Las reuniones en el hogar hacían que los discípulos sintieran que los intereses de la iglesia eran los suyos.

Las reuniones en las casas fomentaban un sentido de unidad entre los cristianos no como el caso donde los miembros asisten como espectadores pasivos más bien que como participantes activos. Enseguida la reunión casera proporcionaba a los nuevos tanto la comunicación, como las relaciones bien arraigadas que deben caracterizar a la iglesia del Señor.

Encontrarse en los hogares concedía a los discípulos una atmósfera de familia, el verdadero compañerismo, el trabajar para Dios hombro a hombro, en relación directa y en completo acuerdo. Proveía de un clima de genuina comunión y estimulaba a las buenas obras, rasgos indispensables para la intervención del Espíritu Santo. Las reuniones caseras no solamente son bíblicas, sino que son diametralmente opuestas a las celebradas en un edificio, estilo púlpito-banco.

En su análisis respecto del lugar de reunión de la iglesia, Watchman Nee hace la siguiente observación:

En nuestras congregaciones de hoy debemos retornar al principio del aposento alto. La última cena tuvo lugar en un aposento alto, pentecostés, y también la reunión de Troas. Dios quiere la intimidad del “aposento alto” para diferenciar las reuniones de sus hijos de la formalidad de un edificio. Es por eso que en la Palabra de Dios encontramos que sus hijos se reúnen en la atmósfera familiar de un hogar privado... debemos tratar de fomentar las reuniones en los hogares de los cristianos... los hogares de los hermanos satisfarán casi siempre las necesidades de la iglesia” (La vida cristiana normal)

Editorial

LA REUNIÓN EN SÍ


Por Watchman Nee

Si, pues, toda la iglesia se reúne en un solo lugar, y todos hablan en lenguas, y entran indoctos o incrédulos, ¿no dirán que estáis locos?...¿Qué hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación. Si habla alguno en lengua extraña, sea esto por dos, o a lo más tres, y por turno; y uno interprete. Y si no hay intérprete, calle en la iglesia, y hable para sí mismo y para Dios. Asimismo, los profetas hablen dos o tres, y los demás juzguen. Y si algo le fuere revelado a otro que estuviere sentado, calle el primero. Porque podéis profetizar todos uno por uno, para que todos aprendan, y todos sean exhortados. Y los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas; pues Dios no es Dios de confusión, sino de paz. Como en todas las iglesias de los santos” (1 Co. 14:23, 26-33).

Este pasaje de las escrituras describe una verdadera reunión de la iglesia. Aquí no vemos a un hombre dirigiendo mientras los demás lo siguen, sino que todo aquel que tiene dones contribuye en el encuentro como el Espíritu los dirige. En esta clase de reunión cualquier miembro que el Espíritu indique puede ser el predicador, y cualquiera puede ser parte de la audiencia. No depende de la dirección de un hombre, cada uno participa como el Espíritu dirige. No es un ministerio “de un hombre”, sino un ministerio del Espíritu Santo. 

Los profetas y maestros ministran la Palabra a medida que el Señor la da, mientras que otros ministran a la asamblea de otros modos. No todos pueden profetizar y enseñar, pero todos pueden procurar profetizar y enseñar (v. 1). Se da la oportunidad a cada miembro de la iglesia de ayudar a los otros y se da la oportunidad a cada uno de ser ayudado. Un hermano puede hablar en un período de la reunión y otro más tarde; usted puede ser escogido del Espíritu para ayudar a los hermanos esta vez, y yo la próxima vez. Todo en la reunión se gobierna desde el comienzo hasta el final por el principio de “dos o tres” (vs. 27, 29). Aun los mismos dos o tres profetas no tienen nombramiento permanente para ministrar en las reuniones, sino que en cada reunión el Espíritu escoge a cualesquiera dos o tres de entre todos los profetas presentes. 
Se ve de inmediato que tales asambleas son asambleas de la iglesia porque el sello de mutualidad es evidente en todos los procedimientos.

El sello de “unos a otros”.

Hay solamente un versículo en el Nuevo Testamento que habla de la importancia de que los cristianos se congreguen; es Hebreos 10:25: “No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca”.  Este versículo demuestra que el propósito de tal asamblea es exhortarnos unos a otros. Claramente ésta no es  una reunión apostólica porque no se ve a un hombre exhortando a la asamblea entera, sino a todos los miembros asumiendo igual responsabilidad para exhortarse unos a otros. 

Según la crónica de las Escrituras hay varios propósitos para los cuales la iglesia se reúne. Primeramente, para la oración (Hch. 2:42; 4:24, 31; 12:5); en segundo lugar, para la lectura (Col. 4:16; 1 Ts. 5:27; Hch. 2:42; 15:21, 30-31); en tercer lugar, para partir el pan —las reuniones con este propósito no son reuniones presididas por un solo individuo el cual lleva toda la responsabilidad, puesto que se hace referencia a “la copa de bendición que bendecimos....El pan que partimos” (1 Co. 10:16-17; Hch. 2:42; 20:7)—; y en cuarto lugar, para el ejercicio de los dones espirituales (1 Co. 14). Esta clase de reunión es una reunión de la iglesia, puesto que la frase “en la iglesia” es usada repetidas veces en el
pasaje que la describe (vs. 28, 34-35). De esta reunión se dice que en ella todos pueden profetizar. 
¡Cuán diferente es esto de tener un hombre que predica mientras todos los demás se sientan silenciosamente en sus bancos escuchando su sermón! Tal reunión no tiene lugar entre las diferentes reuniones de la iglesia. Las reuniones en las que la actividad es unilateral no caben dentro de la esfera de la iglesia, porque carecen del rasgo distintivo de todas las reuniones de la iglesia; y cuando se hace cualquier intento de colocarlas en el programa de la iglesia, sin duda resultarán muchos problemas. ¡Qué lástima que esta forma de reunión es la principal característica de las iglesias hoy! A ninguna otra reunión asiste la gente con tanta regularidad como a ésta. ¿Quién es considerado un buen cristiano realmente? ¿No es uno que va a la iglesia el domingo por la mañana cincuenta y dos veces al año para oír al ministro predicar? Pero esto es pasividad, y anuncia muerte. Aun el que ha asistido a “la iglesia” cincuenta y dos domingos al año, de hecho no ha estado en una reunión de la iglesia ni una sola vez. 
En este tipo de encuentros los creyentes se vuelven pasivos e indolentes, siempre esperando ser ayudados, en lugar de buscar, dependiendo del Espíritu, ser útiles a los otros hermanos. Esto es contrario a los principios neotestamentarios de ayuda y edificación mutuas. 

¿Por qué se debilitan las iglesias?

La razón por la cual las iglesias en China todavía son tan débiles después de cien años de misiones cristianas, es porque los siervos de Dios han introducido en las iglesias locales un tipo de reunión  en que si asisten a los servicios y sólo reciben pasivamente todo lo que se les enseña allí, han cumplido con la parte principal de su deber cristiano. La responsabilidad individual se ha perdido de vista, y la pasividad ha impedido el desarrollo de la vida espiritual en todas las iglesias.

Además, para mantener la predicación del domingo por la mañana, se debe tener un buen predicador. Por tanto, se necesita un obrero no sólo para manejar los asuntos de la iglesia sino también para mantener las reuniones para dar ánimo espiritual. Es natural que si todos los domingos se ha de dar un buen mensaje las iglesias esperen siempre a alguien que esté mejor capacitado para predicar que los hermanos locales recientemente convertidos. ¿Cómo puede esperarse de ellos que salga una buena palabra una vez a la semana? ¿Y de quién puede esperarse que predique mejor que un siervo especialmente llamado por Dios? En consecuencia un apóstol se establece a pastorear la iglesia, y por ende, las iglesias tanto como la obra pierden sus características distintivas. 
El resultado es una seria pérdida en ambas direcciones. Por un lado, los hermanos se vuelven perezosos y egoístas porque su pensamiento se encierra solamente en ellos mismos y en la ayuda que puedan recibir, y por otro lado, los territorios que no han sido evangelizados se quedan sin obreros porque los apóstoles se han instalado y se han convertido en ancianos. Por falta de actividad el crecimiento espiritual de las iglesias se detiene, y por carencia de apóstoles se impide también la extensión de la obra. 
Cuando Dios bendice nuestros esfuerzos en cualquier lugar para la salvación de las almas, debemos asegurarnos de que los salvos comprendan, desde el principio, que deben reunirse en sus hogares o en otros lugares para orar, estudiar la Palabra, partir el pan y ejercitar sus dones espirituales; y en tales reuniones su objeto debe ser ayuda y edificación mutua. Cada individuo debe llevar su porción de responsabilidad y transmitir a los demás lo que él mismo ha recibido del Señor. La dirección de las reuniones no debe ser la carga de ningún individuo, sino que todos los miembros deberían llevar la carga juntos y deberían procurar ayudarse unos a otros dependiendo de la enseñanza y guía del Espíritu, y dependiendo también de que el Espíritu les dé poder. 

Buscando la revelación de Dios.

Tan pronto como los creyentes sean salvos, deben empezar a reunirse de una manera regular. Tales reuniones de creyentes locales son verdaderas reuniones de la iglesia. La asamblea de los creyentes para la comunión y el estímulo mutuo es algo permanente. Aun cuando los creyentes fuesen muy inmaduros y
sus reuniones pareciesen muy infantiles, deben aprender a contentarse con la ayuda que reciben los unos de los otros y no deben esperar siempre sentarse y escuchar un buen sermón. Deben buscar de Dios la revelación, los dones espirituales, y las palabras que necesitan; si su necesidad los arroja sobre El, el resultado será el enriquecimiento de toda la iglesia. Las reuniones de los recién convertidos naturalmente mostrarán el sello de inmadurez al principio, pero que el obrero tome la responsabilidad de tales reuniones detendrá su crecimiento, no lo favorecerá. Es la condición de las reuniones de la iglesia la que indica el estado espiritual de una iglesia en una localidad. 
Cuando un apóstol está predicando un gran sermón, y  todos los creyentes están asintiendo y añadiendo sus frecuentes y fervientes “amenes”, ¡Cuán profundamente espiritual parece la congregación! Pero es cuando ellos se reúnen por sí mismos que su verdadero estado espiritual sale a la luz.
La reunión apostólica no es una parte integral de la vida de la iglesia; es sólo parte de la obra, y cesa con la salida de ese apóstol. Mas las reuniones de la iglesia siguen adelante sin interrupción, sea que el obrero esté presente o ausente. Es debido al desconocimiento de la diferencia entre las reuniones para la iglesia y las reuniones para la obra que siempre ha ocurrido que los hermanos cesan de reunirse cuando se va el obrero. 
Una de las fuentes que llevan a los hijos de Dios a fracasar espiritualmente es el hecho de que cuando hay un sermón que oír se constituyen en oyentes receptivos, pero si no hay un predicador las reuniones terminan automáticamente y no se les ocurre reunirse simplemente para ayudar el uno al otro.

La venida del Espíritu Santo como factor principal

Pero, ¿cómo pueden los creyentes locales equiparse para ministrar el uno al otro? En los días apostólicos se daba por sentado que el Espíritu vendría sobre todos los creyentes tan pronto como ellos se dirigieran al Señor, y con la llegada del Espíritu, los dones espirituales se impartían, y por medio del ejercicio de éstos las iglesias se edificaban. El método usual que Dios ha ordenado para la edificación de las iglesias es las reuniones ordinarias de la iglesia, no las reuniones dirigidas por los obreros. 
La razón por la cual las iglesias están tan débiles hoy es porque los obreros procuran edificarlas por medio de las reuniones bajo su cuidado, en lugar de dejar a la responsabilidad de ellos la edificación de unos a otros por medio de sus propias reuniones de iglesia. ¿Por qué llegó a darse que las reuniones de la iglesia según 1 Corintios 14 no son parte de la vida de la iglesia? Porque muchos de entre el pueblo de Dios carecen de la experiencia de la venida del Espíritu, sin la cual una reunión según los delineamientos de 1 Corintios 14 es una mera forma vacía. 
A menos que todos aquellos que llevamos al Señor tengan una experiencia definida de la venida del Espíritu Santo sobre ellos, será de poco provecho instruirlos sobre cómo dirigir sus reuniones de la iglesia, porque tales reuniones carecerán de poder y eficacia.
Si el Espíritu Santo está sobre los creyentes, como en los días de la iglesia primitiva, El dará dones a los hombres, y tales hombres podrán fortalecer a los santos y edificar el Cuerpo de Cristo. Vemos en la primera epístola de Pablo a los Corintios que Dios había equipado de tal modo a los creyentes con dones espirituales que podían realizar la obra de edificar las iglesias muy independientemente de los apóstoles. (Esto no implica que ellos no necesitaban ayuda apostólica adicional. Decididamente sí la necesitaban). ¡Qué lástima que hoy en día muchos hijos de Dios le dan más importancia a los siervos de Dios que a Su Santo Espíritu! Ellos están contentos con ser atendidos por los dones de un siervo en lugar de buscar ellos mismos los dones del Espíritu; así que las
verdaderas reuniones de la iglesia han cedido lugar a las reuniones bajo los auspicios de los obreros.

La manifestación de los dones espirituales.

En 1 Corintios 14, donde se enfoca una reunión de la iglesia, ¡se ha dejado fuera a los apóstoles enteramente! ¡No hay ningún lugar para ellos en las reuniones de una iglesia local! Cuando los miembros de una iglesia se reúnen y los dones espirituales están en uso, la profecía y otros dones son ejercitados, pero no se menciona a los apóstoles por la sencilla razón de que a los apóstoles no se les asigna ningún lugar en las reuniones de la iglesia local; ellos son nombrados para la obra. Cuando la iglesia local se reúne, son los dones lo que se pone en efecto; los oficios no tienen lugar allí, ni siquiera el de apóstol. Pero esto no imposibilita que un apóstol visitante hable palabra en una reunión de la iglesia. 
Esto se ve en el hecho de que Pablo participó en la reunión en Troas. Pero lo que se debe notar es que Pablo sólo estaba de paso por Troas, así que su charla allí era simplemente temporal para que los santos locales pudieran beneficiarse de sus dones espirituales y de su conocimiento del Señor; no era una institución permanente.
Las asambleas locales son para la edificación mutua, loss que han recibido dones de parte de Dios son los que cuentan, no los que tienen un cargo. 
El punto que debe recordarse es que las reuniones de la iglesia son la esfera para el ministerio de la Palabra y de los dones espirituales, no la esfera para el ejercicio de ningún cargo. Es para el ejercicio de los dones para edificación. Dios es bondadoso para con Su iglesia dándole dones para su edificación, las reuniones son el lugar para el uso de estos dones para ayuda mutua. 

El principio de la “mesa redonda”

Todas las reuniones basadas en el principio de “mesa redonda” son reuniones de la iglesia, y todas las reuniones basadas en el principio del “púlpito y los bancos” son reuniones que pertenecen a la obra, por ejemplo ante la visita de un apóstol. Las últimas pueden ser de una naturaleza provisional, y no necesariamente una institución permanente, mientras que las primeras son una característica regular de la vida de la iglesia.
Una mesa redonda lo capacita a usted a pasarme algo, y a mí a pasarle algo a usted. Nos proporciona la oportunidad para la expresión de mutualidad, ese rasgo esencial en todas las relaciones de la iglesia. 

En las iglesias locales debemos disuadir todas las reuniones que se basen en el principio del “púlpito y banco”, para que, por un lado, los obreros de Dios estén libres para viajar lejos proclamando las buenas nuevas a los pecadores y, para que, por otro lado,
los nuevos convertidos se aferren al Señor para obtener toda la capacidad necesaria con la cual servirse el uno al otro. Entonces, las iglesias, al tener que tomar su propia responsabilidad, desarrollarán su propia vida espiritual y los dones espirituales mediante el ejercicio. 
Está bien tener una reunión apostólica cuando un obrero visita la localidad, pero cuando se va, las reuniones del “púlpito” deben ser desestimadas. Los profetas, maestros y evangelistas en la iglesia local pueden adoptar reuniones de este tipo esporádicamente, pero deben ser vistas como excepcionales porque fomentan la pasividad y, por lo general, no contribuyen al desarrollo espiritual de las iglesias.

Vayamos al libro de Hechos para ver el ejemplo que Dios estableció desde el principio para Su iglesia. “Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones...Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas,  comían juntos con alegría y sencillez de corazón” (Hch. 2:42, 46). 
Tales eran las condiciones en los primeros días de la historia de la iglesia. Los Apóstoles no establecieron un lugar central de reunión para los creyentes, sino que éstos “perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones”. Ellos se movían de una casa a otra en
comunión unos con otros. 

Ahora podemos sacar nuestras propias conclusiones de los tres puntos que hemos considerado. 

(1) En cualquier lugar donde haya un grupo de creyentes, unos pocos de los más maduros se escogen de entre los miembros para
encargarse de los otros, después de lo cual toda la responsabilidad local reposa en ellos. Desde el mismo principio debería aclarárseles a los nuevos convertidos que es por nombramiento divino que el manejo de la iglesia se confía a los ancianos locales y no a ningún obrero de otro lugar. 

(2) No se hace necesario ningún lugar de reunión para la iglesia. Los miembros se juntan en una o más casas, de acuerdo con las exigencias de su número, y si se vieran obligados a congregarse en varias casas, está correcto que toda la iglesia se reúna de vez en cuando en un solo lugar. Para tales reuniones debe procurarse un lugar especial para la ocasión, o un lugar permanente, según las condiciones existentes en la iglesia.

(3) Las reuniones de la iglesia no son la responsabilidad de los obreros. Los creyentes locales deben aprender a usar los dones espirituales que Dios les ha confiado para ministrar a sus co-creyentes. El principio según el cual se llevan a cabo todas las reuniones de la iglesia es el de “la mesa redonda”, no el del “púlpito y los bancos”. Cuando algún apóstol visita un lugar, puede dirigir una serie de reuniones para la iglesia local, pero tales reuniones son excepcionales. En las reuniones regulares de la iglesia los hermanos deben contribuir con sus aportes especiales en el poder y bajo la guía del Espíritu. Pero para hacer que tales reuniones tengan mérito definido, es esencial que los creyentes reciban
dones espirituales, revelación y palabra; por tanto, los obreros deben hacer un asunto de real importancia que todos sus convertidos experimenten el poder del Espíritu derramado.
Si se siguen los ejemplos que Dios nos ha mostrado en Su Palabra, entonces en las iglesias nunca surgirán dudas relativas al auto-gobierno, auto-sostenimiento, y auto-propagación. Y las iglesias en las distintas localidades, en consecuencia, se evitarán mucho gasto innecesario, lo cual las capacitará para auxiliar libremente a los creyentes pobres, como hicieron los corintios, o a ayudar a los obreros, como los filipenses hicieron. 
Si las iglesias siguen las líneas que Dios  mismo ha propuesto para ellas, la obra de Dios adelantará sin impedimento y Su reino se extenderá sobre la tierra.

Tomado del libro "La iglesia normal"

domingo, 29 de abril de 2018

ASÍ SE REUNÍA LA IGLESIA PRIMITIVA


El tipo de reunión de la iglesia que se visualiza en el Nuevo Testamento, fue diseñada para permitir que todo discípulo presente participe en la edificación del Cuerpo como un todo (Efesios 4:16). La reciprocidad constituía el distintivo de la reunión de la primera iglesia. "Cada uno de vosotros" era su característica más sobresaliente. En tanto que se cantaban alabanzas éstas no estaban a cargo de un grupo de adoración. Al contrario, la reunión estaba abierta para permitir que "cada uno" ministrara por medio del canto. 

Según las palabras de Pablo, "cada uno de vosotros tiene salmo" en la reunión. Hasta los cánticos mismos estaban marcados por un elemento de reciprocidad, porque Pablo exhorta a los hermanos a estar "hablando entre vosotros... enseñándoos y exhortándoos unos a otros... con salmos e himnos y cánticos espirituales" (Efesios 5:19; Colosenses 3:16). En un contexto tan abierto, es razonable suponer que los primeros cristianos componían regularmente sus propios cánticos y los compartían con el resto de los santos durante la reunión. 

A cada discípulo que tenía una palabra de parte de Dios se le daba la libertad de suministrarla por medio de su propio don espiritual particular. De aquí que una típica reunión eclesial puede haber sido de esta manera: un niño comparte la Palabra de Dios mediante una presentación de drama y un cántico; una mujer joven da su testimonio; un hermano joven comparte una exhortación seguida de un análisis de grupo; un hermano mayor expone una porción de las Escrituras y concluye con una oración; una hermana mayor relata un hecho sacado de su propia experiencia espiritual; varios adolescentes analizan su semana en la escuela y piden oración; y todo el grupo experimenta una verdadera comunión sentados a la mesa durante una comida compartida. 

Al descorrer Pablo la cortina de una reunión en 1 Corintios 14, vemos que cada miembro está activamente involucrado. Lozanía, sinceridad y espontaneidad son las notas principales de esa reunión, y la edificación mutua era su meta fundamental. 

(Del Libro "Reconsiderando el odre")
 

LA NECESIDAD DE MIRAR EL RECIPIENTE





La “renovación de la iglesia” es un tema tratado en la actualidad por una gran cantidad de sectores cristianos. Se escucha hablar acerca de la importancia de la renovación espiritual, del sacerdocio de todos los creyentes acompañado de un llamado a la evangelización urbana y transcultural. Obviamente, no se trata de temas nuevos, pero sí se instalaron otra vez en la mayoría de los círculos cristianos.

No cabe duda que estamos ante un genuino movimiento del Espíritu de Dios. Hay un vino nuevo que Dios está derramando. El Espíritu Santo moviéndose por todos lados. No obstante lo que debemos mirar es el vaso, el recipiente espiritual donde será contenido este vino nuevo.
Dios pretende que su iglesia regrese a la sencillez y a las prácticas registradas en el nuevo testamento. Ante ello, nuestra gran responsabilidad es procurar deshacernos de las tradiciones y costumbres no bíblicas en cuanto la práctica de ser iglesia.

Dios no solamente está derramando su vino nuevo; también está hablando acerca de aquello que lo va a contener, es decir el odre. Los registros de la historia eclesiástica indican que toda renovación pasada fue abortada porque el vino nuevo fue envasado en estructuras y esquemas basados fundamentalmente en el modelo del sistema religioso judío, en otras palabras en odres viejos. Un sistema que separaba al pueblo de Dios en dos clases distintas, que demandaba la presencia de mediadores humanos en todos sus quehaceres.

El odre viejo es nuestro contexto es:

*La diferenciación de los ministros entrenados y el pueblo en general,

*Reunión conformada por actores y espectadores,

*Un culto llevado adelante por un programa previsible y,

*Una hermandad sin voz, etc, etc.

La verdadera renovación no entrará en plena vigencia sin un nuevo odre. La iglesia pertenece a Jesucristo y no a nosotros! Y sobre el particular el Nuevo Testamento nos
brinda claros principios para la práctica de la iglesia, en otras palabras nos concede el “modelo divino” que debemos seguir.

Nadie pone remiendo de paño nuevo en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor la rotura. Ni echan vino nuevo en odres viejos; de otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden; pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan juntamente” (Mateo 9:16, 17)

O.A.G.


VOLVAMOS AL NUEVO TESTAMENTO



Si hubiésemos seguido las prácticas del nuevo testamento el cristianismo hubiera tomado un rumbo completamente diferente. Si todos los discípulos del Señor leyeran esta narración de Lucas en oración y reflexión deseando obedecer sus premisas tendrían dos alternativas: dejar la vida religiosa para dedicarse a vivir la sencillez del evangelio o seguir sumidos en sus tradiciones y costumbres. La mayoría de las prácticas de nuestra fe cristiana no tienen su modelo en el nuevo testamento.

Prácticamente todo lo que hacemos hoy como cristianos no apareció por casualidad. Casi todas nuestras principales prácticas nos llegaron dentro de los cincuenta años posteriores al emperador Constantino (324 d.C. es decir que no tienen que ver con el legado de los apóstoles del Señor) o llegaron cincuenta años después del comienzo de la Reforma (1517 d.C.). ¡Debemos prestar atención y tomarnos el trabajo de rastrear el origen de todo lo que practicamos hoy! Me atrevo a ser considerado utópico pero todavía podemos remediar esto.

La seria lectura y aplicación de los principios y prácticas del Nuevo Testamento provocarán en el discípulo sediento de Dios una inevitable crisis de conciencia. Se dará cuenta de los orígenes no bíblicos de mucho de lo que hacemos hoy. Entonces no volverá a decir: “Estamos ajustados a la Palabra de Dios” .

La verdad es que muchas veces tomamos el nuevo testamento para buscar el respaldo de lo que hacemos, aunque casi nunca lo encontramos. Esta forma de pensar y de conducirnos se tornó universal. Se trata de una mentalidad compartida por muchos que erosionó la fe cristiana, y lo sigue haciendo. Aún más, nos dejó sin perspectiva, sin punto de referencia, en una situación donde no tenemos absolutamente ninguna idea de cómo deberíamos practicar nuestra fe.

¿Qué necesitamos?

La renovación espiritual de la década del 60 hizo su gran aporte en cosas tan importantes como el hacer discípulos, la iglesia en las casas, la familia, la vida integral del cristiano, y muchos otros temas más. No obstante este movimiento no pudo mantener a través del tiempo el ambiente participativo y espontáneo de la “casa de Alberto Darling” En otras palabras el movimiento no logró renovar el aspecto del culto cristiano, de la liturgia o del formato de reunión. Sigue el púlpito y banca como sistema.

Sobre el particular Jorge Himitian dice: “Necesitamos volver a la casa de Alberto Darling metafóricamente hablando. No me refiero a la casa material, que ya la vendió, sino a ese ambiente, a esa sed de Dios. Tenemos que volver a la libertad del Espíritu, a embelesarnos con el Señor, a maravillarnos en su presencia, a tener mis tiempos con Espíritu Santo. Tenemos que volver a la adoración libre y espontánea, a la vida del Espíritu, a la fe, a los dones del Espíritu”

Con relación a la práctica, necesitamos empezar de nuevo, volver al punto de partida, a las sendas antiguas tal como nos advierte el profeta Jeremías. (Jeremías 6:16/17)

Necesitamos conocer la historia del primer siglo, y después seguirla en nuestras propias prácticas. Y luego que cada uno siga su conciencia. Seguramente en un futuro no muy lejano veremos un resurgimiento de esas prácticas sencillas y fructíferas de nuestros primeros hermanos.

domingo, 22 de abril de 2018

VOLVAMOS AL PUNTO DE PARTIDA


Por Jorge Himitian.
Jeremías 6:16/17 “Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma. Mas dijeron: No andaremos. Desperté también sobre vosotros atalayas, que dijesen: Escuchad á la voz de la trompeta. Y dijeron ellos: No escucharemos”
Esto es lo que resume nuestro encuentro. Parar, hacer un alto. No podemos seguir y seguir sin parar. Es detenernos en nuestra trayectoria para revisar y preguntar por las sendas antiguas. Preguntar por el buen camino ¿Estamos yendo bien?
¿Estamos en las sendas antiguas? Otra versión dice “sendas eternas”. En Dios no hay cambios. El mandamiento es “andad por él”. El punto fundamental es que una vez que paramos, revisamos y preguntamos hacer los cambios necesarios y orar. Si en algo nos desviamos volver a las sendas antiguas, al buen camino y andar por él.
Esto es un camino, no es una experiencia. Nuestro servicio a Dios es una trayectoria. Es un camino y lo que nosotros tenemos que hacer son los cambios que hagan falta, las mejoras. Si estamos bien, bien y si estamos flojos en algo mejorar y caminar. La promesa es increíble: ¿Hallaréis qué? Descanso para nuestras almas. Algunos estamos cansados de tantas cosas. El trabajo, las obras, los problemas, la dificultades, las frustraciones, los anhelos no cumplidos, nuestras propias limitaciones, no obstante aquí hay una promesa: vamos a encontrar descanso. Descanso mientras seguimos caminando. Hay una forma de caminar que nos cansa.
Me acuerdo de un precioso siervo de Dios de Francia llamado Pierre Truschell que visitó Argentina y con quién nos conocimos en A.F.I., la red apostólica internacional, de la cualfue uno de los fundadores. Truschell estando en un hospital expresó: “como pastor trabajé como un burro para Dios durante treinta años, y me di cuenta que no se trata solamente de trabajar para Dios, sino trabajar con Dios. El que se puso la iglesia al hombro es Él, el que dijo “Yo edificaré mi iglesia” fue Él” ¡Bendito sea su nombre!
Continuará…..

jueves, 19 de abril de 2018

¿DÓNDE ESTÁN TUS DOS O TRES? Daniel Divano



Quisiera hacerte una pregunta, no es para todos, es para vos, así que imaginate que estas en la cocina de tu casa, con el mate y te miro a los ojos: ¿Cuáles son los dos o tres con nombre y apellido a los que te vas a dedicar, a quienes vas a dedicar tu vida y tu tiempo, tu esfuerzo por encima de cualquier otra actividad que son muchas y hacerlos discípulos de Jesucristo?

Los dos o tres a quienes vas a darle prioridad, estar juntos para orar, ayunar, visitar, para pasear, para salir a predicar, para salir de vacaciones con las familias.

Los dos o tres que cuando te mueras van a seguir enseñando la verdad de Dios con toda fidelidad sin dejarse llevar por las novedades del momento que aparecen continuamente.
Si aparte de donde te congregas estás atendiendo diferentes lugares, ¿Cuáles son los dos o tres que están viviendo tu enseñanza para poder decir “vengan y vean cómo funciona esto en forma efectiva”?

Si no tenés estos tres nombres en tu cabeza con toda seguridad tenés que orar, buscar a Dios para saber quienes son porque de esto depende el futuro de las nuevas comunidades de discípulos que han de vivir el reino de Dios.

Dos o tres a quienes les puedas preguntar mirándolos a los ojos: “Queridos ¿Dónde están los dos o tres a quienes ustedes van a dedicar sus vidas, su tiempo, su esfuerzo para prepararlos como discípulos de Jesucristo?

Estos tres más los tres de cada uno son nueve, y así sucesivamente. Y de esta manera el reino de Dios se extenderá con obreros formados a la imagen de Cristo. Porque esto es lo que Jesús hizo para llevar adelante el propósito eterno de Dios y así hacer la voluntad del Padre: “Formar obreros que formen obreros”

(Reflexión compartida en el retiro de pastores La Falda 2018)



lunes, 16 de abril de 2018

EL FIN DE LA TIERRA Ángel Negro



(Retiro de pastores La Falda 2018)

Para los discípulos el mandato de Jesús era evangelizar hasta el fin de la tierra, hasta el último lugar conocido. La orden de Jesús fue dirigida a la evangelización. Los 12 fueron la primera fase en la evangelización.

Después en hechos capítulo 6 se añaden siete varones más a los doce originales conformando una segunda fase.

En el mismo libro de hechos, en el capítulo 13 Pablo y Bernabé dan inicio a lo que podríamos denominar “la compañía apostólica” desde la cual evangelizan toda el área geografía conocida hasta entonces. A partir de allí los 12 apóstoles dejan de estar en el primer plano del registro bíblico, aunque por supuesto que siguen. No es que ya no trabajan más, sino que vuelven a aparecer en el hechos cap.15 para tratar el tema de la circuncisión.

Hechos 13 menciona otro grupo de cinco obreros que se incorporaron a la obra, no eran ni los doce ni los siete de hechos cap. 6. De estos cinco dos salen a la obra de extensión, es decir que el 40% de ese presbiterio sale a evangelizar, a abrir obras e otros lugares y extender el evangelio. Quedan tres para dedicarse a edificar la iglesia de Antioquía. En esta tercera fase llegan hasta lo último de la tierra conocida. Pablo y Silas evangelizan de una manera extraordinaria. La meta de Pablo era llegar a España, lo último de la tierra en ese tiempo.
(2tim. 4:17). El objetivo que perseguían en esta tercera etapa de evangelización era llegar hasta el fin de la tierra.
Estos tres grupos -los doce, los siete y los cinco- estaban vivos, aunque algunos habían muerto, y cumplieron la meta. No importa si llegó Pablo o Pablito, Santiago o Santiaguito a España, lo importante que alcanzaron la meta.

En cuanto a nuestra realidad, hoy estamos presentes las tres generaciones. Los de la primera hora, los que fueron constituidos pastores luego de esta primera hora, y la tercera generación de pastores. Estamos en una situación muy similar.

El mandato de evangelizar hasta el fin de la tierra sigue vigente: formar una comunidad de discípulos en cada localidad, ya no decimos del país, sino en cada localidad.
Estamos en ese tiempo, el Señor nos ha dado una palabra y en esa palabra nos extendemos. Quisiera que pensemos no tanto en función de un país, sino más bien en regiones. Les digo a los salteños y a los jujeños extiéndanse a Bolivia. Tengan una comunidad de discípulos en cada región.
Los entrerrianos y chaqueños crucen el río, vayan a Uruguay y Paraguay, formen una región trabajando juntos y entren con fe.
Los mendocinos, puntanos, los de San Juan deben llegar a Santiago de Chile, a Viña del Mar. Los del sur de Argentina también. Primeramente es la fe la que tiene que extenderse. Imagínense en el encuentro de Jesús con sus discípulos cuando les dice “vayan hasta lo último de la tierra”, ellos pensarían “Señor todavía no llegamos a Galilea ni a Samaria” Jesús lo llevó a mirar más allá de lo posible. Hoy También debemos mirar más allá de lo posible.
Estaba pensando en Montevideo (Uruguay) ¿Por qué no abrir allí y extendernos a los diferentes lugares más allá de nuestro lugar?

Que el Espíritu Santo nos guíe a formar una comunidad de discípulos en cada región, en cada lugar. ¡Hacia ello vamos! ¿Amén? Hechos 1:8

Oremos: Gracias Señor porque para esto nos llamaste, gracias porque para esto nos amaste para que podamos extender el reino, que tu palabra llegue a todos los lugares, a toda ciudad, a todo pueblo, a toda nación.
Señor nos abrimos con fe y con confianza. En Cristo es posible llegar más allá de nuestra fe, más allá de nuestras posibilidades y formar una comunidad de discípulos en cada localidad para gloria de tu nombre.




lunes, 2 de abril de 2018

RETIRO SEMANA SANTA 2018 EN ROSARIO



Del 30 de marzo al 1 de abril se celebró en nuestra comunidad el encuentro anual de semana santa para toda la iglesia. Desde el principio se respiraba una atmósfera de gozo y expectativa. La mayoría había participado en convocatorias anteriores, otros llegaban por primera vez. El evento se había planificado para los hermanos de Rosario, no obstante se hicieron presentes discípulos de distintas ciudades de la región. En esta oportunidad, el presbiterio local escogió como orador al pastor Ángel Negro, de la comunidad cristiana de San Martín (Bs. As.) quien a su vez integra el equipo apostólico de Argentina.

El encuentro comenzó el viernes por la tarde, con un pequeño intervalo en el que los presentes afirmaron los lazos fraternos e intercambiaron experiencias de sus lugares de servicio. Ángel fue el encargado de compartir el mensaje. “Las diez plagas de Egipto. Qué nos enseñan en la actualidad fue el título de su ponencia. Con la gracia y la claridad que lo identifica resaltó las lecciones espirituales que nos deja este evento significativo narrado en las sagradas escrituras.

El sábado por la tarde, con un programa similar al viernes, Ángel nos habló de “Edificando casa al Señor” mostrándonos como Dios a partir de nuestro arrepentimiento comienza a trabajar en nuestras vidas siendo la iglesia el ámbito de edificación que él utiliza. Mediante gráficos muy didácticos y esclarecedores desarrolló su exposición.

El domingo continuó con un mensaje magistral acerca de la vida del rey Uzías, extrayendo principios que este gobernante aplicó durante su mandato, los cuales son totalmente aplicables a nuestra vida y ministerio espiritual.

La fuerte comunión, el ministerio de la Palabra y el acogedor espacio donde se desarrollaba el encuentro era la combinación adecuada para que el Espíritu Santo grabe verdades, instruya en sus caminos y a la vez nos advierta de lo que obstaculiza el avance la iglesia.
Como cierre se celebró la cena del Señor presidida por Néstor Casá.

¡Gracias Ángel por tu vida y servicio!

COMO UNA VIRGEN PURA