lunes, 20 de marzo de 2017

REPENSANDO EL DISCIPULADO




La formación o maduración de un discípulo depende, en primer lugar, de la disposición y búsqueda de cada uno. En última instancia, cada uno es responsable por su propia vida. Es importante dejar de ser víctimas para hacernos responsables. Romanos 12:1,2. Un ejemplo sencillo es salir un día muy nublado sin paraguas, cuando se larga a llover y me mojo le echo la culpa al tiempo o al servicio meteorológico en vez de reconocer que no estaba prevenido. Romanos 12:1,2. También depende de las enseñanzas e influencias que llegan a su vida y también de la medida y profundidad de la operación del Espíritu Santo en él. 2º Corintios 3:18. Si el Espíritu no obra no pasará nada.

¿Qué es un discípulo?

Un discípulo es aquel que fue llamado (Jn. 1.43) y que respondió con fe, comprometiéndose a seguir a Cristo en obediencia, fe y amor. Él se dedica, se sujeta, a Cristo Jesús, tanto a su palabra como a su persona. Cristo viene a ser el Señor y maestro, y él pasa a ser el súbdito y alumno. Un discípulo es el que aprende, no como un mero alumno, sino más bien como un aprendiz. Aprende para saber y para hacer. Se dispone para ser enseñado, con el fin de realizar la voluntad de Cristo en su vida (Mt. 11.28-30; Jn. 8.31, 32).

¿De quién somos discípulos?

En las Sagradas Escrituras se habla solamente de cuatro escuelas de discípulos: la de Moisés (Jn.9.28; la de Juan el bautista (Mt. 9.14); la de Jesús (Mt. 9.10), y la de los fariseos (Mc. 2.18). Desde esta perspectiva es propio denominar a la persona como discípulo de aquel quien fue el fundador o cabeza de una nueva corriente de pensamiento. Será por ese motivo que en las escrituras no encontramos discípulos de Pablo o de Pedro, etc. Ellos se consideraban los representantes principales de la escuela de Cristo. ¡Somos discípulos de Cristo! (Hay un uso secular e histórico del término 'discípulo': un músico tal es discípulo de Mozart; tal escultor es discípulo de Leonardo Da Vinci; tal teólogo es discípulo de Barth o de Calvino, etc.).

La persona no es formada solamente por aquel que lo guía. 

Existen otras influencias que colaboran en su formación, que seguramente tienen una incidencia enorme. 



1. El ambiente espiritual que reina en la congregación. Si la iglesia es saludable no habrá mayores problemas, si no lo es se complica la tarea. 
2. El ver un modelo a imitar en sus mayores. 
3. Como emplea su tiempo. Su lectura, contactos, vida con Dios.
 4. Su participación activa, con responsabilidad, en servicios y actividades. Si está quieto mucho no se podrá hacer.
5. El vínculo con su familia (sus padres, esposa/o, hijos, parentela) y su trabajo que le brinde seguridad y apoyo. 
 6. Posibilidades de crecer, expandirse, ampliar sus conocimientos; no verse encerrado con limitaciones o impedido por barreras, aunque sean imaginarias.
 7. Las pruebas. (Herramienta inigualable de formación)

Verdades fundamentales y decisivas para la formación: 

1. El señorío de Cristo; 2. El propósito eterno de Dios. 3. La humildad y la sujeción. 4. La relación entre los hermanos. 5. El respeto y la reverencia por el cuerpo de Cristo (la Iglesia), y por sus autoridades; la unidad de la iglesia; 6. Conocer su propio don y espacio en el cuerpo de Cristo.
Todos, en la medida que las circunstancias lo requieran, son responsables por todos; no como un sistema, sino como un estilo de vida. Gálatas 6:10; Romanos 15:14.
La tarea de discipulado se basa en enseñar dentro del marco normal de la vida, no estar ausentes de la realidad. En este sentido es importante conocer las etapas naturales de la vida (matrimonio, soltería, viudez, adolescencia, etc.) y las áreas de mayor urgencia e importancia. Comenzar con lo que puedo dar; reconocer mis limitaciones, permitiendo que reciba influencias complementarias, de otros que le ayuden en su crecimiento. Se trata de una obra corporativa, que es la forma constantemente encomendada en el N.T., donde los unos y los otros mutuamente se enseñan, se corrigen y se exhortan. Esto es señal de madurez espiritual (Rom. 15.14). 

Aprendiendo de las equivocaciones.

1. No manejar o digitar la vida de nadie. Digitar significa manejar los dedos con destreza, especialmente al hacer funcionar un instrumento provisto de teclas o cuerdas. 

2. No ser posesivo; no apropiarse de la persona. (Es discípulo de Cristo no mío). Cuidado con padecer el síndrome de Pilato, éste le dijo a Jesús: “No sabéis que tengo autoridad para soltarte y que tengo autoridad para crucificarte?” Cuando esto ocurre todo se convierte en una relación insana, enfermiza y hasta obsesiva. El vínculo debiera ser espiritualmente profundo, no denso o pesado. Cristo vino para dar vida y vida en abundancia. La carga que el Señor nos coloca no es demoledora, sus mandamientos no son gravosos, ni enfermizos. Si anhelamos una iglesia de muchos hijos semejantes a Jesús será necesario tener en cuenta la salud psíquica, emocional y espiritual de los hermanos mediante una relación que sane, que trate y actúe en la vida en comunidad.

3. No pretender que la relación sea vitalicia. No necesariamente tendrá que ser una relación para toda la vida, puede haber razones, por ejemplo traslado a otra ciudad, país, el crecimiento rápido del discípulo, cambio de estado civil, emprender una misión, etc. 

La intención final: Será la que tuvo el apóstol Juan: “No tengo mayor gozo que éste, el oír que mis hijos andan en la verdad.” 3º Juan 4. Que a los hermanos les vaya bien debe ser nuestra meta.

(Los pensamientos centrales pertenecen a Keith Bentson)

sábado, 18 de marzo de 2017

EL PELIGRO DE UNA IGLESIA HOMOGENEIZADA




Homogeneizados con Cristo no con los hombres.

“Pero nosotros entendemos estas cosas porque tenemos la mente de Cristo” 1º Cor. 2:16 NTV.

Homogeneizar significa transformar en homogénea una cosa compuesta de elementos diversos o hacer que cosas diversas tengan características homogéneas. Hacer algo uniforme. Mezclar cosas y que quede solamente una. Homogenizar es no llegar a distinguir los componentes.
La iglesia está llamada a crecer, madurar y tener la mente Cristo, es decir la misma mentalidad o pensamiento de Cristo, no de un hombre o algunos hombres. Y esto sucede cuando la iglesia en su conjunto y cada discípulo en particular se abre a la operación del Espíritu Santo. Sin embargo, muchas iglesias tienen la mente de su líder, no necesariamente la de Cristo. Piensan, actúan, hablan y hasta gesticulan como su líder o sus líderes habiendo perdido, tal vez si darse cuenta, la capacidad de pensar, actuar y hablar por sí mismos, de acuerdo a la gracia que les fue otorgada. Esto sucede gradualmente, con el tiempo, y como resultado de una saturación discursiva, presencial y directriz que va más allá de lo normal. Fuimos llamados a ser conformados a la semejanza de Jesús, (no de ningún hombre) esta es la meta del cristiano. 

Todos dentro del pensamiento de uno o algunos.

Una iglesia está homogeneizada cuando deja de funcionar como cuerpo con su diversidad de dones, gracia y ministerios adquiriendo el criterio, el pensamiento y el perfil de uno o algunos hombres extremadamente convincentes, de buena oratoria o fuerte personalidad. Esa clase de iglesia pasa de tener una característica diversa que enriquece a una característica homogénea, es decir que todos se meten en la cabeza de uno o algunos de sus líderes. En este sentido, hay un esfuerzo en influir sobre el pensamiento de las personas para inculcar el propio. Puede ser que esto se haga de manera inconsciente, buscando el bien, pero al final de cuentas sus resultados son perniciosos, gente sin criterio ni participación.

El intenso deseo de la gente de tener líderes carismáticos ofrece un terreno fértil para homogeneizar la iglesia, que generalmente conlleva una imagen pública cuidadosamente orquestada por parte de ese líder. Cuando esta clase de patología se enquista en una congregación la fe en el líder se acrecienta, el no acatamiento de sus premisas significa disensión y constituye un motivo para mandar a los “cuarteles de invierno” (en el mejor de los casos) al supuesto opositor.

Lo que se pierde en una iglesia homogeneizada.

*Cuando una iglesia está homogeneizada la mutualidad desaparece. Mutualidad es la capacidad de servirse, de edificarse, de ministrarse los unos a los otros. En esta clase de iglesia uno o algunos influyen sobre los demás mediante extensas arengas públicas y personales.

*Cuando una iglesia está homogenizada se deja practicar el consejo del apóstol Pedro: “Cada uno según el don que ha recibido minístrelo a los demás” Es uno o algunos que ejercen su carisma sobre el resto pasivo.

*Cuando la iglesia está homogeneizada no todos son bienvenidos, se crea un grupo cohesivo que define quién estará incluido y quien excluido de ese grupo. El punto en cuestión es quien está de acuerdo y quién no con los postulados y pensamientos del líder o líderes, sin tener en cuenta el buen espíritu o la buena intención de “esos otros” de intentar hacer un aporte positivo.

Las reglas tácitas.

Otra cosa que está presente en una iglesia homogeneizada son las reglas que están pero no se dicen. Se trata de reglas que no podemos afirmar que están presentes hasta que se rompen. Supongamos que la regla tácita dice “El que está en desacuerdo con su líder o discipulador se meterá en problemas.” No podremos saber a ciencia cierta si esta regla está operando a menos que estemos en desacuerdo alguna vez con el líder o discipulador. Y cuando esto ocurre, entonces veremos cómo funciona la regla. Mientras estemos de acuerdo ni siquiera sabremos que la regla está presente. Pero si la rompemos nos daremos cuenta que ha existido todo el tiempo, desde el principio.

En definitiva:

Que el Señor abra nuestros ojos y corazones para llegar ser esa comunidad que Dios proyectó, donde todos somos uno en él. Una iglesia que vive como familia, donde solamente prima el pensamiento de Cristo expresado en las sagradas escrituras.

Por Oscar Gómez


martes, 7 de marzo de 2017

“AUNQUE TIENES POCA FUERZA…” Oscar Gómez





“(Filadelfia) Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre”
                                                                                    Apocalipsis. 3:8

Este mensaje fue dado a la iglesia de Filadelfia. En su exhortación, el Señor reconoce algunas virtudes que tenía esta comunidad: “has guardado mi palabra”, “no has negado mi nombre”, “has guardado la palabra de mi paciencia”. No obstante, hay un párrafo en medio que muy pocas veces hemos reparado. Por lo general, nos quedamos con los elogios pero saltamos las advertencias. Y aquí tenemos una: “tienes poca fuerza”. Precisamente no es una felicitación, sino el diagnóstico de Dios para que presten atención. Habla en tiempo presente “tienes”, es decir que ese estado era actual para ellos. Era su realidad.

Semáforo Amarillo a rojo.

No es buena señal tener "poca fuerza". Habla de un debilitamiento que tal vez se produjo con el correr del tiempo. Tener poca fuerza nos llama a un estar alertas, porque una vez que la fuerza se perdió viene la derrota. Un artefacto con poca fuerza le hace falta batería, bobinado, pilas, etc. La poca fuerza en el cristiano se cristaliza en falta de poder en la oración, en no desear congregarse y tener comunión con los hermanos, en un desapego de las escrituras, de compartir a Cristo, etc. 

Algunas causas por las que se debilitan las fuerzas.

El pecado: Si se debilita la conciencia por causa del pecado también ocurre con las fuerzas espirituales y físicas.

Trabajo excesivo: No parar nunca. Tanto en tareas seculares como en el servicio a Dios. Algunos después de una temporada hay que levantarlos con una grúa de auxilio.

Pereza o sedentarismo: Esta es la contra parte de lo anterior. La ociosidad y la pereza contraen los músculos, los huesos, la mente y el espíritu produciendo un efecto de debilitamiento y cada vez menos ganas de trabajar.

Aplicar las fuerzas a cosas que desgastan y no producen el resultado deseado. Puede ser una obra espiritual, un trabajo, una persona, una meta, etc.

Una vida rutinaria. La rutina, es decir hacer siempre lo mismo, cansa, debilita. Si te descuidas te mata.

Salud precaria. Una magra salud limita, dificulta todas las cosas.

Pasos para recobrar las fuerzas

“El da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas”   Isaías 40:29

# Confesemos nuestros pecados a Dios.

# Apliquemos el sacrificio a cosas que valgan la pena.

# Innovemos, reinventemos, renovemos nuestras vidas en Dios.

# Hagamos los chequeos médicos correspondientes.

# Fortalezcámonos en oración.

Si tenés poca fuerza volvé a Dios de todo corazón para que restaure tu vida y vivas conforme a su voluntad.

lunes, 6 de marzo de 2017

EL TRABAJO CON LAS PERSONAS

                           



Algunas consideraciones:

1.   Apreciarlas por lo que son no por lo que tienen.

2.   Creer que darán lo mejor de sí mismas. Tenerle fe. No tener una visión pesimista. Descubrir el depósito en Cristo que poseen.

3.   Elogiar sus logros por pequeños que sean. Resaltar sus avances.

4. Aceptar la responsabilidad que tenemos hacia ellas. "El cuidado del hermano mayor"

5.  Procurar formar un equipo con ellas. Que consigan latir juntos hacia un mismo objetivo.

6. Pacificarlas cuando las cosas se ponen tensas en las relaciones. Ser mediador, puentes.

7. Tener metas con ellas y ayudarles a que tengan metas propias. Plantear desafíos.

8. Las personas son el recurso más importante en la iglesia, no los programas, ni las actividades.

9.   Tengamos en claro que las personas crecen y se desarrollan en Dios.

10. Uno no puede avanzar solo, necesitamos de los hermanos que nos acompañan en la obra.

11. Pensar en formar hombres y mujeres que también se dediquen a las personas. Delegar  tareas, dejar hacer a otros.

LA SANA OBJECIÓN TE PUEDE SALVAR Oscar Gómez



El ejemplo de los hermanos de Berea.
          
“Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así”    
                                                                                                     Hechos 17:10/11 

Los hermanos que se reunían en Berea recibían la palabra del Señor “con toda solicitud” es decir de buena gana, con atención, pero no creían de entrada todo lo que se les decía. Ellos indagaban cada día las escrituras “para ver si las cosas eran así”. Es difícil que una comunidad se descarrile de la verdad si su tamiz o filtro es muy fino con las cosas que llegan en su seno. Como discípulos de Cristo nunca debemos tomar nada de lo que nos dicen o enseñan otros como verdades absolutas. Y no las debemos tomar como verdades absolutas porque las palabras no lo son, excepto la literalidad de las escrituras. Por el contrario, nuestra misión es escuchar siempre con espíritu humilde, pero a la vez reflexivo todo lo que nos llega en forma de doctrina, enseñanza, consejo o comentario. Entonces, luego de recibir esas “verdades” provenientes de los hermanos, conocidos, predicadores, maestros o medios de comunicación, en primer lugar debemos hacer un severo análisis a fin de ponerlas a prueba. Si no las sometemos a un examen serio, esos mismos conceptos estarán propensos a degenerar finalmente en prejuicios, dogmas o herejías que, lejos de ayudarnos en nuestro camino cristiano, pueden llegar a transformarse en un verdadero desvío.

Ésta es la manera con la cual tenemos que instruir a los hermanos. En su propia inquietud ellos deben investigar y en su búsqueda hallarán las respuestas. Alentemos a los discípulos a que en su andar en Cristo ejerzan una sana objeción de lo que reciben de otros. Como nosotros, ellos encontrarán buenos maestros y maestros falaces en el camino. Un pensador y escritor español decía: ““Siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas.” ¡Y esta es la manera de crecer! 

Aceptando las objeciones

Por su parte los líderes o maestros de la Palabra nunca tienen que rechazar una pregunta o refutación, si en verdad están convencidos de aquello que comunican. Muchas veces la falta de aceptación de las objeciones de la gente parte de un sentido de inseguridad y de falta de profundidad sobre aquello que enseñamos. Los discípulos no están para adornar el salón de reunión, los grupos caseros o los encuentros personales, sino también para preguntar, exponer sus puntos de vista, sus experiencias y, por qué no, poner en tela de juicio una enseñanza determinada. Colocar sus interrogantes sobre la mesa, los salvará porque los hará libres de verdad.

No es pecado permitirnos examinar con sana curiosidad los postulados que escuchamos día a día o semana a semana a fin de verificar su aplicación, utilidad y veracidad, luego de su necesario análisis, podremos decidir aceptar los postulados si comprendemos que es la voluntad expresa de Dios. ¡El Espíritu Santo actúa en nuestro interior! Nuestro espíritu y mente son dinámicos, gregarios, desean expresarse e interactuar. No aceptemos todo de primera mano, analicemos las palabras y analicémonos a nosotros mismos sobre nuestras creencias y pensamientos. Quizás descubramos que no todo es nacido del Espíritu Santo y tiene asidero en las sagradas Escrituras. 

El conocimiento de Cristo

Confiemos plenamente en la revelación divina que nos provee la conciencia de Dios. Pablo, apóstol decía “Y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo”. Si no comprendemos el valor de la iluminación interna y latente en nosotros, no podríamos transmitir ninguna enseñanza espiritual, ni esta podría derivar en verdadera edificación. El llegar a entender la verdad produce un avance genuino de la iglesia y, a la vez, transformación personal de los discípulos quitando sus prejuicios, mentiras diabólicas y toda tradición inútil.

Los discípulos son extraordinarios no porque humanamente tengan algo destacado en sí mismos, sino porque poseen a Cristo y su  conocimiento en sus corazones. El predicador, maestro o discipulador tiene la enorme tarea de hacer brotar esa gracia. Es preciso despertar en los hermanos el precioso depósito espiritual que poseen en Cristo. Esa es tarea primordial del liderazgo. No es bueno dejarse guiar ciegamente por doctrinas, enseñanzas y posturas de los demás que no han pasado por un fino tamiz, un serio análisis y cotejo en las sagradas escrituras. No nos dejemos influir por falsos maestros, por falsos guías, confiemos en Dios y  en el Santo Espíritu que mora en nosotros, él nos guiará a toda verdad.

A CONTINUACIÓN (To be continued)

Ahora estamos viviendo 500 años después de la reforma con Martín Lutero. Estamos agradecidos por lo que él hizo, pero no vemos la Iglesia...