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DIVORCIO Y NUEVO MATRIMONIO David Pawson


Estaba viajando por tren a Londres. La última parada para levantar pasajeros era Clapham Junction. Un hombre subió al vagón en el otro extremo, se sentó, y después de mirarme fijamente durante unos minutos vino caminando por el pasillo y se sentó frente a mí. Según recuerdo, la conversación fue la siguiente:
“Creo que lo conozco. ¿Es usted un predicador?”.
“Sí. ¿Dónde puede haberme visto?”.
“Hace quince años, alguien me llevó a Guildford para
escuchar a un predicador, creo que era usted”.
“Es casi seguro. ¿Es usted cristiano?”.
“Sí. [pausa] ¿Puedo preguntarle algo?”.
“No le garantizo una respuesta, pero ¿cuál es la pregunta?”.
“Bueno, es así. He dejado a mi esposa y ahora estoy
viviendo con otra mujer”.
“¿Por qué dejó a su esposa?”.
“Porque conocí a esta otra mujer y me enamoré de ella”.
“Entonces, ¿qué quiere saber?”.
“Si me divorcio como corresponde y me caso con esta
otra mujer, ¿estaría bien a los ojos de Dios?”.
“No. Me temo que no”.
“Entonces, ¿qué sería lo correcto?”.
“Dejar a esta mujer y volver con su esposa”.
“Pensé que diría eso”.

“Creo que es lo que le diría Jesús si se lo preguntara”.
Esto produjo un silencio entre nosotros. A esta altura, el tren estaba disminuyendo su velocidad al llegar a Waterloo, y me di cuenta de que tal vez tenía un minuto o dos más con él. Quería avivar ese temor del Señor que es el principio de la sabiduría, así que volví a iniciar la conversación:
“Tiene una elección difícil que hacer”.
“¿Cuál es esa elección?”.
“Puede vivir con esta mujer durante el resto de esta vida
o con Jesús durante toda la próxima, pero no puede hacer
ambas cosas”.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero saltó a la plataforma y desapareció entre la multitud. Sentí algo de lo que tiene que haber sentido Jesús cuando el joven rico lo dejó. Oré para que nunca pudiera olvidar lo que le había dicho hasta que se hubiera arrepentido.
Pero, ¿estaba yo en lo correcto al decir lo que dije? ¿Estaba diciéndole la verdad o estaba tratando de asustarlo con una mentira? Lo que él realmente quería era una seguridad de que su pecado no afectaría su salvación. Era algo que yo no podía darle.

Este mismo tema había surgido un mes o dos antes, pero esta vez no con una persona sino con varios miles. Yo era el orador principal en las sesiones vespertinas de Spring Harvest, en Minehead, y se me había encomendado explicar la carta de Pablo a los Filipenses. Llegué al versículo 11 del capítulo 3 (“así espero alcanzar la resurrección de entre los muertos”), y señalé que ni Pablo mismo daba por sentada su salvación futura, sino temía quedar “descalificado” él mismo (1 Corintios 9:27). Respaldé esta afirmación con textos de cada parte del Nuevo Testamento. Luego hablé de quienes “juegan con Dios porque están seguros de tener un boleto para ir al cielo”, y cité como ejemplo a los cristianos que dejen a su cónyuge por otra persona, sea que simplemente “convivan” con la nueva pareja o pasen por el divorcio y un nuevo casamiento. Muchos siguen concurriendo a la iglesia, dicen que Dios está bendiciendo su nueva relación y esperan ir al cielo. Pero el pecado sigue siendo pecado, sea en creyentes o en incrédulos. Con Dios no hay favoritismos. Somos justificados por la fe, pero seremos juzgados por las obras. 

¡Estas breves declaraciones casi provocaron una batahola! Uno de los hombres que estaban en la plataforma se puso de pie de un salto cuando terminé mi exposición y gritó una y otra vez: “Nada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús”, mientras pedía a los músicos que nos guiaran a todos en una canción basada en este versículo.
Entonces, uno de los principales patrocinadores dirigió una oración por mí y por mi pobre esposa, “porque David no siempre entiende bien las cosas”. La situación fue salvada por Roger Forster, quien tomó el micrófono y dijo que deberíamos estar pensando en el mensaje, y no en el mensajero. Hizo un llamado, que tuvo una enorme respuesta, liderada por siete hombres llorosos. No alcanzaban los consejeros para manejar la situación, y el hombre que estaba a cargo me dijo después que ellos nunca habían visto un arrepentimiento tan real en la sala de consejería.
La cinta grabada de mi exposición fue retirada de circulación, y después de muchas protestas fue liberada, pero solo después de agregarle un “comentario aclaratorio” que decía que yo no había podido moderar mis comentarios debido a la falta de tiempo, lo cual simplemente no era cierto.

¡Así concluyó mi carrera en Spring Harvest! El doble golpe de cuestionar el concepto de “una vez salvo, siempre salvo” y acusar a cristianos que habían abandonado a su cónyuge por otro de vivir en pecado resultó ser demasiado. Me retiré con ganas de escribir dos libros que abordaran estos temas vitales para la creencia y la conducta. El primero fue Una vez salvo, ¿siempre salvo?, publicado por Anchor Recordings en 2015 (el Prólogo hasta aquí ha sido tomado de él, con permiso). Ahora, quince años después, he aquí el segundo. Ha sido el más difícil de escribir, y de ahí la demora. Se han publicado muchos otros libros sobre el mismo tema a ambos lados del Atlántico. He leído la mayoría de ellos, he contactado a algunos de sus autores y he tenido discusiones edificantes con otros. Pero la mayor demora se ha debido, no a esta investigación sino a la búsqueda de mis propias convicciones. Creo que no necesito decir que el punto de vista presentado aquí es mío y de nadie más. Tampoco es definitivo, pero espero que ayude a los lectores a arribar a sus propias conclusiones.

Un comentario final. Quienes expresan reservas con relación a este tema han sido acusados de ser severos y crueles, en el peor de los casos, y duros e insensibles, en el mejor de los casos. Si su propio matrimonio es estable, se les dice que no pueden entender el trauma de uno que ha fracasado. Con tristeza, puedo asegurar a los lectores
que nuestra familia es una de una cantidad creciente que han tenido que enfrentar el dolor, por cierto la agonía, de matrimonios rotos entre parientes y amigos cercanos. Escribir estas cosas solo puede incrementar el costo emocional, pero mi preocupación por el deterioro de los estándares dentro de la iglesia debe anteponerse aun a eso.

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