LOS COMIENZOS DE LA RENOVACIÓN EN ARGENTINA 2º Parte Juan Carlos Ortiz



La casa de Alberto Darling

En 1969 algo único sucedió en Buenos Aires. Uno de los bien conocidos ancianos de la denominación de los Hermanos Libres, fundador de dos congregaciones, notable predicador del evangelio y ejecutivo de Coca Cola llamado Alberto Darling, experimentó un importante mover de Dios en su vida. Después de unos días, su cuñado, Augusto Ericson, de la misma denominación, ministro, disertante radial, gran organista y un verdadero hombre de Dios, tuvo una experiencia similar. Juntos dieron comienzo a una reunión de oración en la casa de los Darling. 
Al llegar al grupo me di cuenta que tenía más que aprender de ellos que enseñarles. El grupo creció en esa casa hasta llegar a ser más de cien personas. El mover del Espíritu era tan evidente que los pastores de la mayoría de las denominaciones venía a vernos y muchos se unían. Las reuniones en la casa de los Darling eran muy movidas. Las personas recibían el Espíritu Santo y comenzaban a elevar sus manos y a gritar. Cantaban improvisaciones y compartían el evangelio con los visitantes.
Danny Darling era un adolescente que, inspirado por las enseñanzas, invitó a toda su clase de la escuela secundaria a asistir a las reuniones en su casa. La adoración era en alta voz, había manos levantas, algo desconocido para sus compañeros de clase.
Los Darling eran personas muy queridas y respetadas en el vecindario, nadie se quejó de los ruidos ni del tráfico que este movimiento producía en su casa. Sin embargo, llegó el momento, debido al creciente número de personas, en que debían comenzar a reunirse en un lugar más grande. No imaginábamos que con el tiempo este movimiento influiría al mundo entero.

Mucha luz en poco tiempo

Empezamos a leer en el Nuevo Testamento desde una perspectiva nueva y recibimos gran luz en la vida del Espíritu, la Promesa del Padre, el nuevo pacto, el Señorío de Cristo, el discipulado y otras cosas. Encontramos un lugar con una buena ubicación en el centro de Buenos Aires, en la calle Catamarca. Yo me volví un aprendiz.
Era un movimiento de renovación que incluía a muchas denominaciones. Recibí mucha luz en mi relectura de las Escrituras y lo mismo sucedió con los demás pastores. Decidimos visitar a líderes de otras denominaciones y hacerles preguntas con el fin de aprender, no de altercar. Como teníamos compañerismo y éramos amigos unos de otros, descubrimos al mismo Cristo en cada pastor.
Cuando estábamos juntos, nuestras conversaciones se tornaban cada vez más ricas. No existían temas tabúes. Confiábamos uno del otro, podíamos cuestionar cualquier cosa y discutirla. Nuestras reuniones eran las mayores experiencias de aprendizaje que jamás tuvimos. Apartamos un día a la semana para formular preguntas y recibir respuestas de Dios y de cada uno de nosotros. Puesto que todos éramos pastores, todos conocíamos las Escrituras. Había un equilibrio porque veníamos de diferentes trasfondos.

Aceptación mutua

En nuestro grupo de renovación, los líderes experimentamos la aceptación que suavizaba el rechazo que sufríamos en nuestras denominaciones. Los pastores nos encontrábamos una vez en la semana, porque percibíamos que lo que estábamos experimentando no era solamente un avivamiento, sino una renovación total de la iglesia. Los cambios eran tan revolucionarios y rápidos que nos daban miedo. Necesitábamos permanecer juntos semanalmente para evaluar qué sucedía, a fin de evitar los extremos y verificar todo con las Sagradas Escrituras. Nunca estuve en una reunión más interesante que con estos pastores. Nunca canté mejor que con ellos. Nunca tuve mejor tiempo de oración ni mayor iluminación. ¡Qué etapa de mi vida!

(del libro "De la selva a las catedrales" de Juan Carlos Ortiz)