SACERDOTES EN FUNCIÓN




Una compresión bíblica

Del Nuevo Testamento se desprende el hecho de que las reuniones de la primera iglesia eran libres, participativas y espontáneas, hoy muchos resisten aprobar tales encuentros. La opinión del liderazgo actual sobre el particular es más o menos así: "Si yo apruebo que mi iglesia ejercite sus dones libremente habría un caos total; así que no tengo otra alternativa que controlar las reuniones para que la gente no se exceda y pierda el control”. Esta clase de pensamiento revela una falta de comprensión de la vida de la iglesia.

En primer lugar, la noción de que un líder tenga autoridad para ‘permitir’ o ‘prohibir’ a sus hermanos ejercer sus dones, está cimentada en una sesgada comprensión de la autoridad y ministerio de la iglesia. El punto esencial es que de acuerdo a las Escrituras nadie debiera suprimir el sacerdocio de los creyentes en el ejercicio de sus dones otorgados por el Espíritu Santo.

Segundo, suponer que sobrevendría un caos si se quitara el control, revela una falta de confianza en el Espíritu Santo. También revela falta de confianza en el pueblo de Dios, algo que no es lo que Pablo enseña (Romanos 14:2; 2 Corintios 2:3; 7:6; 8:22; Gálatas 5:10; 2 Tesalonicenses 3:4; Filemón 21; también Hebreos 6:9).

Tercero, la idea de que la reunión de los hermanos se convertiría en una contienda generalizada, no es verdad. Si los santos están apropiadamente habilitados en su uso de los dones espirituales y saben cómo someterse al Espíritu Santo, entonces una reunión libre en que todos participan es algo glorioso. Los cristianos no se edifican solamente escuchando mensajes. Por tradición y por posición hay un evidente temor en los líderes de darle paso a un ministerio espontáneo.

Es verdad que los encuentros libres y participativos no son formales y vistosos como las reuniones programadas que transcurren a la perfección, pero sí revelan la plenitud de Cristo, la preciosidad y caudal espiritual de los hijos de Dios, que no tiene punto de comparación con ningún programa creado por el hombre.

Por supuesto, habrá ocasiones (especialmente en el inicio de una congregación) en que algunos hagan un aporte improductivo. Pero la solución para esto no es ponerle una tapa a la expresión espontánea. Más bien, aquellos que con sus intervenciones no edifican, deben ser corregidos. Y eso recae sobre los hermanos más maduros.

La actitud del apóstol Pablo

Pablo trató el conflicto en Corinto no suspendiendo las reuniones ni introduciendo un control humano, sino que les proporcionó a los hermanos varias pautas generales para facilitar el orden y la edificación cuando estuviesen reunidos (1 Corintios 14:1 y ss.).
El apóstol confiaba en que la iglesia recibiría esas pautas. De la misma manera, si hoy día se siguen esas instrucciones, no hay necesidad de un control humano en las reuniones, ni de establecer programas rígidos, ni de cultos planificados.

Cuando los primeros discípulos se reunían, no había evidencia que se ajustaran a ningún programa previsto. Dos o hasta tres profetas podían dirigirse a la iglesia; se cantaban salmos, se levantaban oraciones y otras expresiones en forma espontánea (1 Corintios 14). Entendían que este era el propósito divino por más que haya desórdenes y se tornen impropios e improductivos los encuentros (1Corintios 11, 14), el apóstol no sugiere otra forma de reunirse, solamente establece algunos principios generales para prevenir el desorden y promover la edificación, prosiguiendo con la adoración como antes. 

¿Qué habría que restringir en las reuniones? ¿Qué restringió el apóstol Pablo?

Se debían restringir las habladurías vanidosas y engañosas (ver 1 Timoteo 1:3; Tito 1:10-16); pero no legislando otra forma de reunión, era desconocido el hecho que estuviese controlada por un hombre. Mediante su Espíritu, el Señor mismo estaba presente de manera tan real como si estuviese visible. De hecho, El Señor estaba visible por la fe; y estando El mismo allí, ¿Qué siervo podía ser tan irreverente como para quitar de Sus manos el control del culto y del ministerio? 

Prerrogativa del Espíritu Santo

Por otro lado, no se trata de que cualquiera tenga la libertad de hablar o ministrar. La libertad consiste en que el Espíritu Santo haga Su voluntad, no que su pueblo hiciera lo que le parezca. En la casa de Dios todos los derechos son únicamente del Hijo de Dios. La iglesia post apostólica se desvió enseguida de esta pauta. 

En el fondo, la tendencia a rechazar la reunión al estilo del Nuevo Testamento muestra una falta de confianza en el Espíritu Santo. Algunos pueden decir: "Pero ¿No se caerá en una terrible confusión si se procuran poner por obra estas pautas?” En aquellos días tenían al Espíritu Santo que los guiaba, “¿Y no nos extraviaremos desatinadamente, y tendremos reuniones insulsas, confusas, infructuosas, hasta impropias, a menos que pongamos a alguien que se haga cargo?" ¿Esto no es en la práctica una negación del Espíritu Santo? ¿Nos atrevemos a negar que el Espíritu Santo está presente y activo entre  nosotros hoy? 

El Espíritu Santo desea obrar en nuestros días así como obraba en tiempos apostólicos. Tener reuniones participativas no quiere decir que los santos reunidos están a merced de algún verbalista que cree que tiene algo que decir, y quiere imponerlo. La reunión libre no es una reunión que es libre para el hombre, es libre para el Espíritu Santo. A algunos se les debe “tapar la boca” (Tito 1:10-14). A veces se les puede tapar la boca por medio de la oración, y otras hay que callarlos por medio de una piadosa admonición.  Aunque haya un descuido en estas cosas, no nos demos por vencidos en cuanto a los principios de Dios.

La aparición del clericalismo en la Biblia

En Números 11 tenemos la primera aparición del clericalismo en la Biblia. Dos siervos del Señor, Eldad y Medad, recibieron el Espíritu de Dios y profetizaron en el campamento (vv. 26 y 27). Con una desatinada respuesta un joven urgió a Moisés que "los impidiera" (v. 28). Pero Moisés le tapó la boca al joven supresor, declarando que era deseo de Dios que todo su pueblo tuviera el Espíritu y profetizara. Ese deseo se cumplió el día de Pentecostés (Hechos 2:17, 18) y continúa hallando cumplimiento hoy en día (Hechos 2:38, 39; 1 Corintios 14:1, 31).

La iglesia de hoy también tiene en su seno aquellos que desean impedir otra vez que Eldad y Medad ministren en la casa del Señor. Ojalá que Dios levante una multitud de creyentes que sean del espíritu de Moisés, para que el Padre tenga lo que es legítimamente suyo —un reino de sacerdotes en función.