David Pawson LA ACCIÓN SOCIAL DE LA IGLESIA


       

        Hoy se acepta en general que la evangelización y la acción social van de la mano en la misión de la iglesia, aunque muchos le darían prioridad, correctamente, a lo primero. Hay una clara base bíblica para el servicio al mundo incrédulo. Jesús respaldó el segundo “gran” mandamiento de amar a nuestros prójimos como a nosotros mismos (Mr 12:31) e interpretó  que                   “prójimo” era cualquiera que estuviera necesitado a quien pudiéramos ayudar (Lc 10:29-37).

        Pablo nos exhorta:

       “Por lo tanto, siempre que tengamos la oportunidad, hagamos bien a todos (Gá 6:10); y
       
        agrega: “y en especial a los de la familia de la fe”. Si bien es la escritura que más frecuentemente se cita con relación a este tema, ya hemos notado que la llamada “parábola” de las ovejas y las cabras no es pertinente en sentido estricto, ya que “hermanos” y “prójimos” no son términos equivalentes, pero el argumento no debería descansar sobre este único pasaje.   
    
       Que quede bien en claro que no somos salvados por hacer buenas obras (una idea muy difundida, pero errónea) sino que somos salvados para hacer buenas obras (Ef 2:9-
       10). Somos salvados para servir, y para servir   indiscriminadamente a quienquiera que nos necesite, no importa cuál sea su relación o su               respuesta a nosotros. Este tipo de amor incondicional tiene una palabra griega especial: ágape. Usada muy poco en el mundo antiguo, tomó un peso propio al describir el amor de Dios por el mundo expresado en Cristo y el amor   resultante ejercido por los cristianos, un amor que en ambos casos incluía aun a los  enemigos. 

       El amor al prójimo puede ser aplicado en tres niveles de actividad social. 

        Primero, en el trabajo. Siempre y cuando cubra una verdadera necesidad de la sociedad, nuestro trabajo diario puede y debe ser visto como una expresión práctica del amor al prójimo. Demasiado a  menudo es considerado un medio para nuestros propios objetivos, para conseguir dinero, una posición o  satisfacción para nosotros mismos. En realidad, es mucho más probable que sea satisfactorio, como fue la intención de Dios, si lo consideramos principalmente como una forma de ayudar a otros. Obviamente,  esto es más fácil en algunos trabajos (enfermería, por ejemplo) que en otros (operaciones repetitivas en una fábrica), pero todos pueden ser hechos para satisfacer una necesidad, para beneficiar a personas. 

       Segundo, en la asistencia social. Los cristianos tienen un buen historial en el servicio voluntario a los     
       afligidos. Han sido pioneros en el cuidado de los enfermos, los ancianos, los discapacitados y aquellos que han sido abandonados a su suerte por una sociedad egoísta. Santiago, hermano de Jesús, ha               estimulado mucho de esto por su definición:

      “La religión pura y sin mancha delante de Dios nuestro      
       Padre es ésta: atender a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y conservarse limpio de la corrupción del mundo” (Stg 1:27)
       
       Note que la filantropía activa no es ningún sustituto para la integridad moral).   
       
       Tercero, en la reforma. Es en este punto donde los cristianos tienen verdaderas diferencias. Hay unanimidad acerca de aliviar el sufrimiento, pero no acerca de reformar los sistemas. Porque esto                     involucra la actividad política, a un nivel local o nacional. Esto es muy frecuentemente una cuestión de hacer concesiones, en particular bajo la democracia, buscando siempre un punto medio entre los                       absolutos morales y las necesidades materiales, entre lo que es aplicable idealmente y lo que es aceptable socialmente (reducir el tiempo de embarazo en el que pueda tener lugar el aborto es un ejemplo típico). Si bien reconocemos que la legislación no puede imponer el bien, puede restringir el mal y, por lo tanto, reducir el sufrimiento. Aliviar a las víctimas explotadas u oprimidas de un sistema malvado es una   cosa. Buscar cambiar el sistema mismo es otra. Es una forma menos directa y más impersonal de                       enfrentar el problema. Pero si logra el mismo objetivo —  
        aliviar el sufrimiento— y tal vez en una escala  
        mayor, ¿no puede expresar esto también el amor a nuestro prójimo? Pablo nos exhorta a hacer bien a todos, “siempre que tengamos la oportunidad” (Gá 6:10).

        Los    cristianos que están en una posición de responsabilidad hacia otros, en el comercio y en la industria, en el servicio civil y en la política, tiene n esta “oportunidad” de cambiar el sistema para mejor. 
        Estarán conscientes del peligro de imponer un   comportamiento característicamente “piadoso” mediante   sanciones legales (por ejemplo, guardar el domingo como un día sagrado o día de descanso). Pero tratarán de buscar leyes justas para contrarrestar la inhumanidad. Fue por cosas como éstas que los profetas hebreos denunciaron a las naciones fuera de Israel, y no por quebrantar las leyes dadas al pueblo redimido de Dios (ej: Am 1:3-2:3). 
        Aquellos que creen en un reino milenario de Cristo sobre la tierra después de su retorno están altamente motivados hacia la reforma social. Así como ocurre con la esperanza de individuos  
        perfeccionados y una iglesia perfeccionada, la expectativa de una sociedad perfeccionada estimula el deseo de reclamar lo más posible de esto en el aquí y ahora. La certeza de que un día habrá un orden mundial perfecto los impulsa a hacer mayores esfuerzos para trabajar por la paz y la justicia ahora. No es que esperen lograr esto, en una escala universal o nacional, antes que el Rey vuelva para  establecer su reino. Pero pueden al menos demostrar la naturaleza de ese reino aplicando sus principios a  
       situaciones contemporáneas. Esto habla bien en mismo del “evangelio del reino” (Mt 24:14). Es aún más personal y práctico que esto. Si el mundo ha de ser gobernado por cristianos “reinando con Cristo” y los puestos públicos han de estar en sus manos (por ejemplo, los tribunales, 1Co 6:2), entonces cuanta mayor experiencia puedan adquirir en estas posiciones de responsabilidad, mejor. 

        Cerremos esta sección con un ejemplo de un creyente de este tipo del siglo diecinueve. En el extremo oeste de Londres —en Piccadilly Circus, para ser más preciso— hay una estatua de aluminio. Su parecido a Cupido, el agente del amor, le ha dado el apodo popular de “Eros” (la palabra griega para el atractivo sexual, de donde derivamos la palabra “erótico”). Esto es un grave error. Debería llamarse “ágape”. Representa al ángel de la misericordia, y es un monumento a Anthony Ashley Cooper, mejor conocido como Lord Shaftesbury. Hizo tal vez más que ninguna otra persona en su tiempo para aliviar el sufrimiento causado por la “revolución industrial”, que transfirió a una gran población desde áreas rurales a urbanas, poniéndola a trabajar en fábricas y minas en condiciones insalubres y aun inhumanas. Eran simplemente “brazos” para ser explotados por empleadores inescrupulosos. Las tácticas que usaba consistían en despertar la suficiente culpa entre la opinión pública como para lograr la aprobación de la legislación que limitara el abuso potencial. Pocas personas saben que detrás de estos esfuerzos públicos había una expectativa constante y consciente del retorno de Cristo para gobernar, para lo cual él quería estar listo. En la parte superior de cada carta que él escribía siempre aparecían estas palabras: “Amén. ¡Ven, Señor Jesús!”, una oración que                    aparece en la última página de la Biblia (Ap 22:20).