LA SANA OBJECIÓN TE PUEDE SALVAR Oscar Gómez



El ejemplo de los hermanos de Berea.
          
“Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. Y éstos eran más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así”    
                                                                                                     Hechos 17:10/11 

Los hermanos que se reunían en Berea recibían la palabra del Señor “con toda solicitud” es decir de buena gana, con atención, pero no creían de entrada todo lo que se les decía. Ellos indagaban cada día las escrituras “para ver si las cosas eran así”. Es difícil que una comunidad se descarrile de la verdad si su tamiz o filtro es muy fino con las cosas que llegan en su seno. Como discípulos de Cristo nunca debemos tomar nada de lo que nos dicen o enseñan otros como verdades absolutas. Y no las debemos tomar como verdades absolutas porque las palabras no lo son, excepto la literalidad de las escrituras. Por el contrario, nuestra misión es escuchar siempre con espíritu humilde, pero a la vez reflexivo todo lo que nos llega en forma de doctrina, enseñanza, consejo o comentario. Entonces, luego de recibir esas “verdades” provenientes de los hermanos, conocidos, predicadores, maestros o medios de comunicación, en primer lugar debemos hacer un severo análisis a fin de ponerlas a prueba. Si no las sometemos a un examen serio, esos mismos conceptos estarán propensos a degenerar finalmente en prejuicios, dogmas o herejías que, lejos de ayudarnos en nuestro camino cristiano, pueden llegar a transformarse en un verdadero desvío.

Ésta es la manera con la cual tenemos que instruir a los hermanos. En su propia inquietud ellos deben investigar y en su búsqueda hallarán las respuestas. Alentemos a los discípulos a que en su andar en Cristo ejerzan una sana objeción de lo que reciben de otros. Como nosotros, ellos encontrarán buenos maestros y maestros falaces en el camino. Un pensador y escritor español decía: ““Siempre que enseñes, enseña a la vez a dudar de lo que enseñas.” ¡Y esta es la manera de crecer! 

Aceptando las objeciones

Por su parte los líderes o maestros de la Palabra nunca tienen que rechazar una pregunta o refutación, si en verdad están convencidos de aquello que comunican. Muchas veces la falta de aceptación de las objeciones de la gente parte de un sentido de inseguridad y de falta de profundidad sobre aquello que enseñamos. Los discípulos no están para adornar el salón de reunión, los grupos caseros o los encuentros personales, sino también para preguntar, exponer sus puntos de vista, sus experiencias y, por qué no, poner en tela de juicio una enseñanza determinada. Colocar sus interrogantes sobre la mesa, los salvará porque los hará libres de verdad.

No es pecado permitirnos examinar con sana curiosidad los postulados que escuchamos día a día o semana a semana a fin de verificar su aplicación, utilidad y veracidad, luego de su necesario análisis, podremos decidir aceptar los postulados si comprendemos que es la voluntad expresa de Dios. ¡El Espíritu Santo actúa en nuestro interior! Nuestro espíritu y mente son dinámicos, gregarios, desean expresarse e interactuar. No aceptemos todo de primera mano, analicemos las palabras y analicémonos a nosotros mismos sobre nuestras creencias y pensamientos. Quizás descubramos que no todo es nacido del Espíritu Santo y tiene asidero en las sagradas Escrituras. 

El conocimiento de Cristo

Confiemos plenamente en la revelación divina que nos provee la conciencia de Dios. Pablo, apóstol decía “Y mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo”. Si no comprendemos el valor de la iluminación interna y latente en nosotros, no podríamos transmitir ninguna enseñanza espiritual, ni esta podría derivar en verdadera edificación. El llegar a entender la verdad produce un avance genuino de la iglesia y, a la vez, transformación personal de los discípulos quitando sus prejuicios, mentiras diabólicas y toda tradición inútil.

Los discípulos son extraordinarios no porque humanamente tengan algo destacado en sí mismos, sino porque poseen a Cristo y su  conocimiento en sus corazones. El predicador, maestro o discipulador tiene la enorme tarea de hacer brotar esa gracia. Es preciso despertar en los hermanos el precioso depósito espiritual que poseen en Cristo. Esa es tarea primordial del liderazgo. No es bueno dejarse guiar ciegamente por doctrinas, enseñanzas y posturas de los demás que no han pasado por un fino tamiz, un serio análisis y cotejo en las sagradas escrituras. No nos dejemos influir por falsos maestros, por falsos guías, confiemos en Dios y  en el Santo Espíritu que mora en nosotros, él nos guiará a toda verdad.

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