EL PELIGRO DE UNA IGLESIA HOMOGENEIZADA




Homogeneizados con Cristo no con los hombres.

“Pero nosotros entendemos estas cosas porque tenemos la mente de Cristo” 1º Cor. 2:16 NTV.

Homogeneizar significa transformar en homogénea una cosa compuesta de elementos diversos o hacer que cosas diversas tengan características homogéneas. Hacer algo uniforme. Mezclar cosas y que quede solamente una. Homogenizar es no llegar a distinguir los componentes.
La iglesia está llamada a crecer, madurar y tener la mente Cristo, es decir la misma mentalidad o pensamiento de Cristo, no de un hombre o algunos hombres. Y esto sucede cuando la iglesia en su conjunto y cada discípulo en particular se abre a la operación del Espíritu Santo. Sin embargo, muchas iglesias tienen la mente de su líder, no necesariamente la de Cristo. Piensan, actúan, hablan y hasta gesticulan como su líder o sus líderes habiendo perdido, tal vez si darse cuenta, la capacidad de pensar, actuar y hablar por sí mismos, de acuerdo a la gracia que les fue otorgada. Esto sucede gradualmente, con el tiempo, y como resultado de una saturación discursiva, presencial y directriz que va más allá de lo normal. Fuimos llamados a ser conformados a la semejanza de Jesús, (no de ningún hombre) esta es la meta del cristiano. 

Todos dentro del pensamiento de uno o algunos.

Una iglesia está homogeneizada cuando deja de funcionar como cuerpo con su diversidad de dones, gracia y ministerios adquiriendo el criterio, el pensamiento y el perfil de uno o algunos hombres extremadamente convincentes, de buena oratoria o fuerte personalidad. Esa clase de iglesia pasa de tener una característica diversa que enriquece a una característica homogénea, es decir que todos se meten en la cabeza de uno o algunos de sus líderes. En este sentido, hay un esfuerzo en influir sobre el pensamiento de las personas para inculcar el propio. Puede ser que esto se haga de manera inconsciente, buscando el bien, pero al final de cuentas sus resultados son perniciosos, gente sin criterio ni participación.

El intenso deseo de la gente de tener líderes carismáticos ofrece un terreno fértil para homogeneizar la iglesia, que generalmente conlleva una imagen pública cuidadosamente orquestada por parte de ese líder. Cuando esta clase de patología se enquista en una congregación la fe en el líder se acrecienta, el no acatamiento de sus premisas significa disensión y constituye un motivo para mandar a los “cuarteles de invierno” (en el mejor de los casos) al supuesto opositor.

Lo que se pierde en una iglesia homogeneizada.

*Cuando una iglesia está homogeneizada la mutualidad desaparece. Mutualidad es la capacidad de servirse, de edificarse, de ministrarse los unos a los otros. En esta clase de iglesia uno o algunos influyen sobre los demás mediante extensas arengas públicas y personales.

*Cuando una iglesia está homogenizada se deja practicar el consejo del apóstol Pedro: “Cada uno según el don que ha recibido minístrelo a los demás” Es uno o algunos que ejercen su carisma sobre el resto pasivo.

*Cuando la iglesia está homogeneizada no todos son bienvenidos, se crea un grupo cohesivo que define quién estará incluido y quien excluido de ese grupo. El punto en cuestión es quien está de acuerdo y quién no con los postulados y pensamientos del líder o líderes, sin tener en cuenta el buen espíritu o la buena intención de “esos otros” de intentar hacer un aporte positivo.

Las reglas tácitas.

Otra cosa que está presente en una iglesia homogeneizada son las reglas que están pero no se dicen. Se trata de reglas que no podemos afirmar que están presentes hasta que se rompen. Supongamos que la regla tácita dice “El que está en desacuerdo con su líder o discipulador se meterá en problemas.” No podremos saber a ciencia cierta si esta regla está operando a menos que estemos en desacuerdo alguna vez con el líder o discipulador. Y cuando esto ocurre, entonces veremos cómo funciona la regla. Mientras estemos de acuerdo ni siquiera sabremos que la regla está presente. Pero si la rompemos nos daremos cuenta que ha existido todo el tiempo, desde el principio.

En definitiva:

Que el Señor abra nuestros ojos y corazones para llegar ser esa comunidad que Dios proyectó, donde todos somos uno en él. Una iglesia que vive como familia, donde solamente prima el pensamiento de Cristo expresado en las sagradas escrituras.

Por Oscar Gómez


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