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LA NECESIDAD DE REPENSAR NUESTRA HISTORIA Oscar Gómez


                                                             




Una correcta comprensión del pasado.

Podemos declarar con toda seguridad que el fundamento que Dios nos ha mostrado es estable, inmóvil y eterno. Nuestra historia como movimiento de renovación ha sido una verdadera escuela, un proceso de incesante revelación; no obstante, necesitamos repensar su historia. Los comienzos fueron impulsados por hombres que anhelaron demoler, transmutar y construir en medio del convencionalismo de sus días, inspirándose en una visión que formó la trama del así llamado “movimiento” y una pasión que se propaga hasta hoy. Se trató de una generación radical, resistente a los dogmatismos, tradiciones y estructuras que habían paralizado a la iglesia durante muchos años.
Sin embargo, tener una correcta comprensión del pasado nos enseña a militar en el presente y prever el porvenir. Nuestra historia se compone de victorias y derrotas, de avances y algunos retrocesos. Con el transcurrir del tiempo y como resultado de la predicación del evangelio se fueron estableciendo congregaciones fundadas en un cuerpo de verdades en común. 
Le toca a nuestra generación conocer los episodios del pasado por cierto gloriosos y destacar aquellos varones que nos preceden, quienes recibieron la verdad, la indagaron y comunicaron pagando un precio alto por ser fieles a esa verdad. Nuestra historia está teñida de un alto sentido espiritual y moral que ha dado a luz comunidades dependientes del Espíritu y convencidas de un estilo de vida diferente al mundo.

¿Por qué es necesario repensar nuestra historia? 

La historia que de tiempo en tiempo no se repiensa, va convirtiéndose de viva en muerta, reemplaza lo esencial por lo secundario y las experiencias genuinas por leyendas convencionales. Los precursores nos entregaron el legado así como Moisés al pueblo de Israel, desde su óptica, sus vivencias y resultado de su labor. Ahora bien, es responsabilidad de esta generación, mediante el Espíritu Santo, transfundirle sangre nueva al movimiento. 
Los gérmenes vitales deben inocularse una vez más en nosotros; resistiendo un eventual proceso de decadencia. Conviene que valoremos lo mejor del pasado, lo digno de ejemplificar en el presente; pero será importante advertir aquellas cosas que nos apartan de la visión prístina y desestimarlas.
Es importante conocer el ayer para ver cuáles virtudes son dignas de cultivarse hoy y también mañana, desear la continuación de lo que no perdió el rumbo, de lo que sigue intacto, pero a la vez discernir los vicios, prejuicios y condicionamientos acuñados a través de los años. No puede haber un renacer en medio de costumbres y prácticas ajenas a  nuestro ADN, tampoco lo habrá si nos refugiamos solamente en experiencias del pasado. El río de Dios sigue su curso y no se detiene.
No olvidemos a los hombres que entregaron todo por la visión, por su esfuerzo en llevar estas verdades y su anhelo de dar continuidad al espíritu renovador en nuestro medio. Hombres que fueron el núcleo de un nuevo periodo de la iglesia. Apreciemos ese pasado y subrayemos sus valores, al mismo tiempo reprobemos aquello que obstruye la obra, el mover espiritual, las ansias de renovación, y el evangelio del reino de Dios. 

La renovación sigue su curso.

Es imposible que un organismo vivo como la iglesia permanezca estático. Sin embargo, entre los peligros potenciales para el avance encontramos sobredimensionar las excelencias del pasado y, por otro lado, resistir el empuje de las nuevas generaciones hacia mayores instancias de renovación. Es primordial comprender que lo de antaño tiene valor si continúa experimentando la frescura primigenia. 
Cada nueva generación debe considerar a los precursores que en su tiempo supieron ser innovadores y admirarlos si acometieron empresas dignas de admiración. Pero el carácter de fundador no otorga un título de perfectibilidad y conducción perpetua. Quien supo pensar y resolver las situaciones medio siglo atrás no garantiza estar capacitado para comprender las actuales o intuir las futuras.

Nuestra mirada hacia el futuro exige fe en la utopía de Dios, en la visión, en la clarinada inicial, en el  anuncio del evangelio del reino de Dios, pero a su vez cada generación no debe ser un eco de la anterior, necesita agregar un capítulo a la historia viva de la iglesia. Pensar en lo que vendrá nos lleva a catapultarnos hacia ello y cooperar a su advenimiento. El pueblo  Dios será restaurado si no omitimos nada de la verdad revelada para elevarla al rango donde tiene que estar.

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