JESÚS, PRECURSOR DE UN MOVIMIENTO Oscar Gómez



Nos ayudará en nuestro servicio cristiano la justa comprensión del movimiento espiritual que inició Jesús. En los evangelios, en especial Marcos, lo encontramos yendo por los caminos, de un lugar a otro, sanando a los enfermos en una casa, en una sinagoga o en el campo. Anunciando las buenas noticias a orillas del lago, en la ciudad. Cruza el lago de una parte a otra, y en otros casos se expone a serios riesgos. 

En medio de estas exigencias, Jesús piensa algo, no reduce su acción solamente a conmover las conciencias o agitar las emociones: Jesús introdujo un movimiento para que su obra no se detenga. 

En la cultura hebrea donde cumplió su misión era impensable una iglesia tipo institución como nosotros la entendemos. La mayoría de las observaciones hechas sobre el  ministerio de Jesús parten de prejuicios denominacionales o herencias institucionales y, los que poseen ese filtro, interpretan su tarea como la construcción de una institución, no de un movimiento. Si nos remontamos a las raíces, nos podemos ubicar como continuadores del movimiento que Jesús inició. 

El pensador cristiano contemporáneo, Rubén Dri, define de manera magistral que es un movimiento:

"Por principio o por esencia no se puede definir un movimiento. No se puede hacer porque definir algo es delimitarlo, y el movimiento se lleva por delante todo límite, desborda todo tipo de institucionalización. 
El movimiento es semejante a un río que corre con fuerza, que rompe todos los diques contenciones. Su lógica también es como un río en el cual no es posible introducirse dos veces en las mismas aguas, porque fluye constantemente.
El movimiento es como la savia del árbol, como el impulso vital, la savia no aguanta estructuras. El árbol intenta aprisionarla mediante troncos, ramas, hojas; pero es inútil, la savia sigue su camino, quiere más y por eso el árbol se ve obligado a hacer nuevas ramas, nuevas hojas.
El movimiento es el pulso vital, es el signo de vida, que surge al margen de las instituciones establecidas y frecuentemente en contraposición con ellas. El movimiento, por el solo hecho de serlo, mantiene comportamientos no habituales durante su desarrollo.
El pulso vital o la corriente que conforma el núcleo del movimiento está formado por la conjunción de los principios que lo impulsan, que lo motorizan.
El movimiento es alérgico a todo tipo de estructuras rígidas porque éstas siempre implican poner límites, poner freno al impulso vital, o sea, a la esencia del movimiento. Si se pretende institucionalizar todo el movimiento, éste desaparece, se congela. La institución no debe atrapar al movimiento, sino solo debe servir para encauzarlo, colaborando para cumplir los objetivos del mismo. La institución debe subordinarse al movimiento para que éste siga en su cauce poderoso. 
No cualquier institución sirve, sino solo aquella o aquellas que responden a los principios que dieron origen al movimiento.
 Muchos movimientos mueren porque son traicionados por las instituciones que deberían haberlo encarnado. El movimiento se construye y gira alrededor de grandes ejes, que son sus premisas, sus principios, los que expresan sus más altas metas, intenciones y propósitos.
 Los movimientos surgen en un proceso de lenta gestación alrededor de sus ejes, y este proceso, en un determinado momento encuentra la manera de expresarse, de salir a la luz y emprender su trayectoria.
Los movimientos se constituyen en protagonistas de grandes cambios, así como la aurora que de repente ilumina el firmamento y amanece.
Para que un movimiento mantenga su vitalidad es necesario que la institución no lo asfixie. La institución debe ser instrumento del movimiento o de la vida, pero siempre existe el peligro de que el instrumento suplante al movimiento. Pero en la medida que éste mantenga su vitalidad desbordará a la institución por todas partes.
Al referirnos a “institución” damos a entender toda actividad u organización normada, reglada, que existe por encima, más allá de, independientemente del ser humano. Legalización. Convertir algo en institución

 A la luz de estos conceptos, es necesario plantearnos algunos interrogantes, cuya sinceridad de respuesta queda a criterio de cada lector.

¿Somos actualmente un movimiento de renovación y restauración? 
¿Es necesario evaluar la marcha del movimiento en  nuestros días? 
¿El río, la savia de la renovación sigue su curso con vitalidad o en algún punto se estancó? ¿Cómo están los ejes del “movimiento”, es decir los principios que lo motorizan? 
¿Este movimiento ha sido afectado por las instituciones imperantes? 
¿Las prácticas incorporadas a través de los años ayudan al progreso del mover del Espíritu Santo o lo colocan en chalecos de fuerza? 
¿Mantenemos el “pulso vital” que lleva adelante el movimiento, es decir tenemos vida?

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