EL PROGRESO DE LA IGLESIA Oscar Gómez




Hondas transformaciones.

El progreso de la iglesia siempre estuvo determinado por la obra de minorías activas. El progreso nunca resulta del querer de las multitudes, sino del esfuerzo de pequeños núcleos de discípulos que lo impulsan. La expectativa y conciencia hacia el progreso no es la misma que posee el conjunto que ese remanente con ansias de superación espiritual, que puede percibir los tiempos.

La capacidad de iniciar los cambios necesarios está en manos de cristianos que se anticipan a su tiempo. Es más, todo progreso mensurable que experimentó el pueblo de Dios ha sido y será obra de minorías llenas del Espíritu Santo, resistentes al presente estanco, que actúan ante la pasividad de los más. 

Cada cambio siempre implica liberación de estructuras sofocantes, de la institucionalización de la fe y tiende hacia el progreso espiritual.

Por lo general, este cambio viene acompañado de una crisis que permite el advenimiento de un nuevo periodo de la iglesia. En este contexto podemos llamar de reforma a las hondas transformaciones efectuadas en la vida y práctica de la iglesia, seguido de una actitud radical con respeto a los principios del reino de Dios. 

No debemos confundir reforma con turbulencias o estridencias que no provocan cambio alguno.

Las fuerzas de la renovación.

Ahora bien, el camino hacia el progreso se inicia por decisiones de discípulos no conformes con la realidad, resistentes a ese optimismo que se exhibe aún en plena decadencia. Se trata de un verdadero desacato al conformismo colectivo. Sin embargo, cuando se vislumbran los resultados aparecen sus nuevos propagadores.

El genuino progreso de la iglesia trae claridad de la visión, unidad de propósito y capacidad para influir a la mayoría neutra. Las fuerzas del cambio en el ámbito eclesial siempre son resistidas por minorías conservadoras, detrás de las cuales actúa su aliado invisible, el diablo, enemigo eficaz en sedimentar costumbres y en crear rutinas de generación en generación, de un siglo a otro.

La inercia espiritual de los más actúa como peso muerto ante los cambios que procuran el progreso. Se trata de un conformismo que acomoda la voluntad a la menor resistencia y toda variación que altere el actual estado perturba sus hábitos y plantea dificultades de adaptación. 

En el orden eclesial la rutina representa acomodaciones automáticas, opuestas a cualquier renovación. 

Está comprobado que las mayorías nunca desean los cambios que promueven las minorías, porque para ellas todo cambio representa incomodidad pero cuyos beneficios ulteriores no sospechan. Son, por ende, enemigas del progreso, sin perjuicio de aprovechar más tarde los cambios realizados por el exclusivo esfuerzo de los innovadores.
Las mayorías son refractarias, le ponen límites a lo nuevo, de allí que sus posibilidades vitales son ínfimas.

Victoria sobre la herencia.

Desheredarse de un pasado estéril es indispensable en toda renovación y ésta solamente es posible en la justa medida en que aquello se realiza. El lastre hereditario, la falta de frutos y el conformismo, entorpece, porque reluce argumentos inactuales y hace que la visión se convierta en leyenda. Mientras la comunidad no se purgue de los viejos odres no podrá contener el vino nuevo del reino. Los ciclos de la iglesia son como los cambios de estación para los árboles; conviene podar las ramas secas para que rompa la gemación con más pujanza.

El progreso de la iglesia es resultado de la lucha entre el cambio y la herencia infructuosa. Lo que resiste a morir se opone a lo que necesita nacer. Los hombres y las instituciones añejas son un gran obstáculo al advenimiento de la renovación. Lo ya inadaptable estorba a toda nueva adaptación. La iglesia progresa cada vez que logra vencer sobre la esterilidad; y el progreso, en general, es la serie de victorias obtenidas por la verdad renovada sobre la costumbre, por la visión sobre la tradición, por el Espíritu sobre la letra, y por lo porvenir sobre el pasado.




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