DISCIPULADO RESPONSABLE Jorge Himitian



Mateo 7:24-27; Santiago 1:22-25; Lucas 6:46; Mateo 28:20

Un discípulo es una persona comprometida con Jesucristo, a quien reconoce como Señor. Es una persona dispuesta a ser enseñada, es un aprendiz, un alumno, uno que tiene avidez por aprender, no meramente para saber, sino para ser. No es alguien que quiere aprender cosas nuevas por curiosidad, sino que quiere conocer la voluntad de su Señor para obedecerle.  La conversión ha producido en él una actitud tal que recibe con sumisión la enseñanza, imita el ejemplo de los que lo preceden, soporta la corrección, se sujeta al consejo y aspira a progresar.

1) Enseñamos con el ejemplo: 1ª Tim 4:12 Es esencial que el discípulo conozca al que le enseña: su vida en familia, su conducta laboral, su forma de tratar y conversar con sus semejantes, su actitud frente al dinero, etc. (es en este punto donde podemos arruinar o edificar al discípulo). En realidad, con el buen ejemplo se logra la mayor parte de nuestro objetivo.

2) Debemos conocer la vida del discípulo: Si sólo nos encontramos con los discípulos en reuniones formales “nunca podremos conocerlos”. Es necesario estar juntos, ir a su casa, conversar con la familia, escuchar sus confesiones y problemas, conocer su trasfondo, su forma de vida, sus pensamientos, su actitud frente al trabajo, al dinero, al sexo, etc.

3) Instruimos específicamente: Al conocerle, traducimos la enseñanza general en una instrucción específica a su situación y necesidad. Por ejemplo, a alguno hay que decirle, “Debes trabajar más”, y a otro “Debes trabajar menos”.

4) Corregimos lo deficiente: En lo que dice, piensa, siente y actúa. También supervisamos para ver si se ha corregido. Se hace evidente la importancia de conocer al discípulo de cerca.

5) Amonestamos, reprendemos, disciplinamos: Nunca debemos amonestar si primero no le hemos enseñado sobre el particular. Si sabe y no lo hace, le amonestamos; si persiste, le reprendemos. Si es más grave, le disciplinamos. 2ª Tim 4:2; Tito 2:15.

6) Alentamos, infundimos fe: Esto es vital y debe ser la tónica sobresaliente en nuestra relación con los discípulos. Tengamos siempre presente que estamos en lucha contra ‘el desalentador’ quien con sus mentiras quiere destruir. Debemos infundir fe mediante la proclama de la verdad, animando, estimulando, reconociendo los progresos. Exhortar significa alentar. 1ª Cor. 14:3; Col. 3:16; 1ª
Tes. 5:14.

Es importante destacar que este objetivo no se puede lograr meramente dando lecciones; es necesaria una relación vital con los discípulos. 

El discipulado no es un sistema sino una relación vivencial y personal como lo es la paternidad. 

Un pastor puede predicar a cientos cada domingo, pero no puede formar sino a unos pocos discípulos. Para formar a otros hay que darse a sí mismo. Esto es una obra muy absorbente, intensa y comprometedora; requiere responsabilidad y dedicación. Para todo esto es esencial que exista un AMBIENTE de confianza, amor, fe, mucha paciencia, transparencia, humildad, amistad, sujeción y autoridad. 

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