martes, 29 de marzo de 2016

EL PROPÓSITO ETERNO DE DIOS Jorge Himitian



Este tema empezó entre nosotros con el libro de Devern Fromke "EL PROPÓSITO
SUPREMO". Este siervo de Dios que vive en Estados Unidos, hoy con más de 90 años de
edad. Su libro fue publicado en inglés en el año 1963, titulado "The Ultimate Intention".
El primero que entre nosotros conoció ese libro fue Orville Swindoll. Por medio de
Editorial Logos (nuestra editorial en Argentina) lo tradujimos y lo publicamos en español en
el año 1996. Según lo que dice Orville en el prólogo de la edición española, él conoció a
Fromke personalmente, y fue muy impresionado por su mensaje.
Orville en el año 1970 le prestó el libro en inglés a Juan Carlos Ortiz, quien quedó
muy impactado por la revelación del propósito eterno de Dios. Recuerdo que un día Juan
Carlos le preguntó a Iván Baker para qué hacía discípulos (yo estaba presente). Iván le
contestó que lo hacía porque Jesús lo había ordenado. - No te pregunto por qué, sino para
qué. Y allí le expuso resumidamente el contenido del libro; y le prestó el libro. Iván, que
también sabía inglés, lo leyó y quedó revolucionado...
Y de allí en adelante comenzó a predicarlo Orville, Juan Carlos, Iván ... y en la
medida que se nos hacía luz, todos nosotros. Estábamos muy impresionados por esa
revelación.
Revolución Copernicana
Nicolás Copérnico en el siglo XVI descubrió que la tierra no era el centro alrededor
del cual giran el sol y los planetas, sino que el sol era el centro del sistema alrededor del que
giran la tierra y los planetas cercanos.
Algo parecido sucedió con el libro de este hombre de Dios, Devern Fromke. que nos
obligó a leer de nuevo la Biblia con esta nueva comprensión. Nuevamente el Espíritu Santo
iluminó nuestro entendimiento, y recibimos revelación sobre la antigua revelación que Dios
había dado a los apóstoles del primer siglo.
Sea por la influencia del humanismo o por la falta de luz, el mundo evangélico había
puesto al hombre en el centro del cuadro. Considerando que lo más importante era el
hombre y su salvación. La idea que había es que Dios mandó al mundo a su Hijo para salvar
al hombre, para bendecirlo, para perdonar sus pecados, para darle la vida eterna, para
salvarlo del infierno, para que sea feliz aquí en la tierra y por la eternidad.
Todo giraba alrededor del hombre, incluso Dios. La redención del hombre era el
propósito de la encarnación.
Dice el autor de este libro en su prólogo: “A menudo los creyentes no nos damos
cuenta de que existen solo dos posibilidades: estar centrados en el hombre o estar centrados
en Dios. O Dios es el centro del universo y nos ajustamos correctamente a él, o nos
convertimos en el centro y tratamos de que todo gire alrededor de nosotros”.

Debido a este énfasis hombre-céntrico (antropocéntrico) por años o siglos se creía
equivocadamente que el centro o la meta final de la obra de Dios es la Redención. Cuando
en realidad la redención nos es el fin o el propósito de Dios sino el medio; el gran y único
medio para corregir el desvío producido por la caída.
El fin último de Dios no es ser Redentor sino Padre. Todo fue hecho por él y para él.
El hombre fue creado por y para Dios. Dios es el centro y el fin de todas las cosas. Dios no
existe para bendecir al hombre; sino que el hombre existe para la gloria de Dios, para el
cumplimiento de su propósito eterno. Dios no le dio al hombre la capacidad de reproducirse
para que el hombre y la mujer tuvieran hijos. Dios les dio la capacidad de procrear para que
pudieran tener hijos para Dios. Pues el que quería tener muchos hijos no era Adán sino
Dios.
Esta revelación nos revolucionó. Revolucionó todo en nuestras vidas, familias y
ministerios. Pudimos comprender que todo lo que somos y hacemos debe ser para Dios y no
para nosotros.
Si nos casamos es para Dios. Si tenemos hijos es para Dios. Si estudiamos es para él.
Si trabajamos es para el Señor. Todo, absolutamente todo, es de él, por él y para él.
Justamente la conversión es negarnos a nosotros mismos, salir del centro y colocar a
Dios en el centro de nuestras vidas.
Romanos 14.7-8:
Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí.
Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos.
Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos.
EL PROYECTO ETERNO DE DIOS:
Efesios 1.3-12:
3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda
bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo,
4 según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos
santos y sin mancha delante de él,
5 en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de
Jesucristo, según el puro afecto de su voluntad,
6 para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado,
7 en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las
riquezas de su gracia,
8 que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría e inteligencia,
9 dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se
había propuesto en sí mismo,
10 de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los
tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.
11 En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al
propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad,
12 a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente
esperábamos en Cristo.
El proyecto de Dios tiene una fecha. (v.4): antes de la fundación del mundo.
El proyecto de Dios tiene tres objetivos.
(v.4): Que seamos santos (que seamos como Jesús).
(v.5): Que seamos adoptados como hijos de Dios por medio de Jesucristo.
(v.10): Que seamos uno con todos nuestros hermanos bajo Cristo como cabeza.
El proyecto de Dios tiene un propósito eterno.
(v.6): Para la alabanza de la gloria de su gracia.
(v.12): A fin de que seamos para alabanza de su gloria

Fuimos creados por Dios y para Dios. Fuimos bendecidos, escogidos, amados, adoptados,
redimidos, aceptados y sellados por Dios y para Dios. Dios es el centro.
Su propósito eterno es ser Padre de una familia (UNIDAD) de muchos hijos (CANTIDAD)
semejantes a Jesús (CALIDAD).
Romanos 8.29:
28 Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a
los que conforme a su propósito son llamados.
29 Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos
conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos
hermanos.
30 Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también
justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.
Este fue otro de los pasajes que brilló para nosotros.
 Fuimos llamados por Dios conforme a un propósito
 Ese propósito fue establecido por Dios desde antes de la creación
 Dios nos conoció desde entonces
 Nos pre-destinó a ser conformes a la imagen de su Hijo.
 Nos predestinó a ser una familia de muchos hermanos.
 Nos predestinó a ser hijos de Dios y hermanos menores de Jesús.
 El Unigénito se transformó en Primogénito entre muchos hermanos.
 Todo lo que nos suceda en nuestra vida está bajo el control de Dios y él hace que todo
coopere para bien, a fin de que el propósito de Dios se cumpliera en nosotros.
También fue una revolución para nosotros comprender que la meta de un cristiano no es
llegar al cielo sino ser como Jesús.
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REFLEXIONES Y CONCLUSIONES DE ESTA REVELACIÓN
- ¿QUÉ ES UN PROYECTO?

Así como un arquitecto antes de construir un gran edificio primero hace un proyecto,
los planos, en el que figuran todas las características del edificio que se propone construir -
hasta sus últimos detalles-; del mismo modo Dios, “antes de la fundación del mundo” tenía
un proyecto para toda la humanidad.

- ¿POR QUÉ ES ETERNO?

 Porque es el proyecto del Eterno.
 Porque es lo que Dios se propuso antes de la creación del universo.
 Porque cuando todo haya acabado, es lo único que perdurará eternamente.
¿CUÁL ES ESE PROYECTO?
El Eterno Proyecto de Dios lo podemos resumir en una sola palabra:
“I G L E S I A”
Esta es una palabra muy cara al corazón de Dios. Cuánto debe sufrir Dios, cuando
por ignorancia o descuido la usamos equivocadamente, livianamente.
¿Qué es la iglesia?
- No es un edificio material, son personas.
- No es una institución jurídica, es una familia, la familia de Dios.
- No es el clero, la jerarquía eclesiástica, es el pueblo.
- No es toda la humanidad, son aquellos que están en Cristo.
- No es una congregación, aunque se congregue con regularidad. Son todos los hijos de
Dios durante las 24 hs. del día, y todos los días de la semana.
 La iglesia no nació en la mente de Dios hace 2.000 años cuando envió a su Hijo al
mundo.
 La iglesia estuvo en la mente y corazón de Dios desde siglos eternos, desde “antes de la
creación del mundo”.
 La iglesia no fue el Plan B de Dios después de la caída del hombre. La iglesia es el Plan A
de Dios antes de que existieran hombres o demonios. La caída fue un desvío, un
atentado contra el proyecto eterno de Dios. La redención fue volver las cosas al plan
original.
 La iglesia es la familia que Dios se propuso tener, según su beneplácito, según el
designio de su voluntad, según el puro afecto de su amor, según las abundantes riquezas
de su gracia. El pecado reveló la inmensidad inimaginable de su gracia.
 La creación del hombre y de la mujer, la institución del matrimonio, la procreación, la
encarnación del Verbo, el sacrificio redentor de Cristo, su resurrección y exaltación, la
venida del Espíritu Santo, los dones y ministerios, todo están en una misma línea,
apuntan al mismo objetivo: la realización del proyecto eterno de Dios.

LAS TRES CARACTERÍSTICAS ESENCIALES DE LA IGLESIA:

CALIDAD – UNIDAD - CANTIDAD

1. CALIDAD.

En términos bíblicos equivale a santidad
Efesios 1.4: según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos
santos y sin mancha delante de él,
En el Nuevo Testamento la palabra “santos”, referido a los hijos de Dios, se repite
unas 60 veces.
El apóstol San Pedro, en su primera epístola, escribe: “Como aquél que os llamó es
Santo, también vosotros sed santos en toda vuestra conducta” ( 1 Ped.1.15)
SANTO significa separado del pecado y consagrado a Dios.
Ser santo es vivir de acuerdo a la voluntad de Dios, de acuerdo a las enseñanzas de Jesús.
Ser santo es amar al prójimo como a nosotros mismos; es ayudar al necesitado; es ser el
primero en servir.
Ser santo significa no mentir, no insultar, no ofender, no decir malas palabras. Ser
santos en nuestra conducta significa no robar, no llevarnos del trabajo lo que no es nuestro -
ni siquiera una hoja de papel. Y cuando alguien por error nos da un vuelto de más, es
devolverlo.
Ser santo significa no tener relaciones sexuales fuera del matrimonio, ni antes del
matrimonio. Ser santo significa no coimear a nadie ni recibir soborno. No hablar mal del
ausente. No faltarles el respeto a los padres. No guardar rencor. No ser avaros.
Santo es el empleador que paga los mejores sueldos que puede; es el obrero o el
empleado que trabaja con esmero y excelencia; el gobernante que no se corrompe, el
legislador o juez que no se vende. Santo es el empresario o profesional que pone su
capacidad para promover el desarrollo y el progreso de los que menos tienen.
Ser santo no significa ser perfecto, sino querer serlo. Si un santo peca, lo confiesa; si
ofende, pide perdón; si lo ofenden, sabe perdonar; si se equivoca, lo reconoce.
Santo es el que ama a Dios y obedece sus mandamientos. Ama a su prójimo.
Comparte sus bienes con los carentes. Se interesa por los demás. Siente el dolor ajeno como
propio. Consuela a los tristes. Ser santo es pensar en los demás, ayudar a los débiles, visitar
a los enfermos.

Esta es la iglesia que Dios se ha propuesto tener desde antes de la creación del
mundo, una iglesia santa sin mancha ni arruga, ni cosa semejante. Dios nos llama a
manifestar al mundo con nuestra conducta cotidiana que somos un pueblo santo, como lo
es nuestro Dios.
Para ser esta calidad de iglesia no es suficiente que seamos evangélicos, necesitamos
convertirnos en verdaderos discípulos de Cristo y vivir llenos del Espíritu Santo.

2. Unidad

Efes. 1.9-10: dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito,
el cual se había propuesto en sí mismo,
de reunir todas las cosas en Cristo,
en la dispensación del cumplimiento de los tiempos,
así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.
La palabra clave que revela aquí es el verbo re-unir. Este verbo en el griego es
anakefalaiosastai y significa: Volver a unir todo bajo una cabeza. Es decir, Dios se propuso
volver a unir todo bajo Cristo como cabeza.
Esta expresión griega se usaba antiguamente cuando un ejército derrotado, diezmado y
esparcido se volvía a reunir, reagrupar y reorganizar bajo la autoridad de un nuevo
comandante en jefe.
Esto presupone por lo menos tres cosas:
1. Que originalmente en el universo todo estaba unido y ordenado armónicamente bajo
la autoridad de Dios.
2. Que algo sucedió en el mundo y se rompió esa unidad.
3. Que Dios de antemano por su gracia se propuso volver a unir todo bajo la autoridad
de Cristo como cabeza.
Justamente la raíz de la palabra universo es uno. Todo en el universo conformaba una
unidad bajo el reinado de Dios.
¿Cuál era el plan original de Dios?
La unidad de todo y de todos. Un mundo unido, hermoso, armonioso en el que el
hombre viviera en unidad y comunión con Dios. La unidad del hombre con su prójimo. La
unidad del matrimonio, de la familia, y de toda la raza humana. El proyecto eterno de Dios
era, y es, una sociedad unida, solidaria, sin egoísmos, ni rivalidades; una humanidad que
viva en paz y amor; donde cada uno, imbuido del amor de Dios, amara a su prójimo como a
sí mismo.
Desafortunadamente el hombre se rebeló contra el Señor y, aceptando la propuesta
del enemigo de Dios, pecó. Así entró en el mundo el pecado, y por el pecado la muerte.

Muerte significa separación, división. Se rompió la unidad entre el hombre y Dios, del ser
humano consigo mismo y con su prójimo. Surgieron los celos, las envidias, las peleas, los
homicidios, las guerras, las injusticias, los divorcios, la avaricia, la injusta distribución de
las riquezas, los conflictos sociales, la discriminación racial. La historia de la humanidad se
convirtió en una historia de guerras, sangre, odios, violencias, crímenes y muerte. ¡Tan lejos
del modelo de sociedad proyectado por Dios!
Operativo “RESCATE
Pero Dios, en su gran amor y misericordia, no abandonó al mundo a su propia suerte.
Ya tenía previsto un operativo rescate. En la plenitud de los tiempos, envió a su Hijo para
llevar a cabo su plan redentor. Cristo pagó con su muerte el precio de nuestra redención,
mató en su cuerpo nuestras enemistades, nos reconcilió con Dios y con nuestros
semejantes. El Padre lo resucitó de los muertos y lo exaltó hasta lo sumo. La voluntad de
Dios es volver a unir a todos los hombres bajo la autoridad de Cristo.

¿Qué es la iglesia?

La iglesia es la realización del sueño de Dios. Es su proyecto eterno para la
humanidad. Ese proyecto fue consumado potencialmente en la cruz. “Él es nuestra paz, que
de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación … para crear
en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz
reconcilió con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.” (Efesios
2.14-16).
En un mundo dividido, enemistado, donde reina el individualismo, la injusticia, el
egoísmo, la competencia y las guerras, la iglesia es aquella parte de la humanidad que, en
Cristo, nuevamente se ha reencontrado con Dios para ser una con él, es la humanidad
reconciliada. La iglesia, en su naturaleza esencial, es perdón, paz, reconciliación, amor,
servicio. La iglesia es comunidad, familia, unidad. Es ósculo santo, abrazo fraterno, pan
compartido, comunión de bienes, afecto entrañable. Es el fin de la soledad, del
individualismo, de las divisiones y de las guerras. La iglesia es el “shalom” de Dios instalado
entre los hombres para manifestar al mundo el más grande de todos los milagros: la unidad.
La división actual de la iglesia es una caricatura grotesca de la nueva creación, atenta
contra la misma esencia y naturaleza de la iglesia. Es una incoherencia. Y contradice el
proyecto de Dios.
En la iglesia no cabe ningún tipo de división. Pablo dice: “Ya no hay judío ni griego;
no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer… (y contextualizando sus palabras,
decimos: Ya no hay argentino ni boliviano, bautista ni pentecostal, hermano libre ni
metodista, católico ni evangélico) … porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.
(Gálatas 3.28).
Esa es la visión que Dios nos ha dado a los que conformamos el Consejo de Pastores
de la Ciudad de Buenos Aires. En Buenos Aires hay una sola iglesia. Muchas
congregaciones, pero no muchas iglesias. Somos la iglesia de la ciudad. Somos un solo
cuerpo, y tenemos una sola cabeza que es Cristo Jesús, nuestro Señor.
Jesús, en Juan 17, oró para que todos seamos uno para que el mundo crea Y está oración
de Jesús será respondida por el Padre plenamente. Seremos uno y Argentina, y el mundo
creerá que Jesús es el Hijo de Dios. Amén.

3. Cantidad

Esta es la tercera característica del proyecto de Dios. La cantidad.
Cabe la pregunta: ¿A quiénes incluyó Dios en su proyecto eterno?
 La Biblia declara que todos los hombres y las mujeres fueron creados por Dios y
para Dios (Colos.1.15).
 Dios le dijo a Abraham: “Serán benditas en ti todas las familias de la tierra”
(Gen. 12.3).
 También le dijo: “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra”
(Gén.22.18).
 Juan el Bautista proclamó que Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo. (Juan 1.29).
 Jesús resucitado ordenó a sus seguidores a ir por todo el mundo y predicar el
evangelio a toda criatura y a hacer discípulos a todas las naciones. (Marcos 16.15-
16, Mateo 28.19-20).
 La Biblia declara que Dios quiere que todos sean salvos y vengan al conocimiento
de la verdad (1 Timoteo 2.4)
Es decir, Dios quiere ¡CANTIDAD!
Efes. 1.4-6: en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados
hijos suyos por medio de Jesucristo, según el puro afecto de
su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos
hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre,
el perdón de pecados según las riquezas de su gracia,
Cabe preguntarnos:
¿A quiénes predestinó el Padre para adoptarlos como hijos suyos por medio de
Jesucristo?
„Predestinar‟ no es lo mismo que „destinar‟. Los musulmanes creen en el destino.
“Nadie muere en la víspera”, no es una frase de la Biblia, es una frase de los musulmanes.
Ellos creen en un destino cerrado, determinado, fijo.
En cambio la Biblia habla de „predestinación‟. Pre-destinar significa asignar un
destino de antemano (Como pre-asignar). Todos fueron pre-destinados para ser hijos de
Dios. El proyecto de Dios incluye a todas las personas que él creo.
Pero Dios no impone su proyecto a nadie. La voluntad de Dios es que todos sean
salvos; pero Dios no obliga a nadie a convertirse. El evangelio es una propuesta, no una
imposición.

Por eso Dios nos llama a compartir con todas las buenas noticias del reino de Dios.
Todos necesitan y merecen saber que Dios los ama y que tiene un plan maravilloso para sus
vidas.
No todos responderán positivamente al llamado del Señor. Pero hay muchos en este
país que tienen hambre y sed espiritual. Cada uno de nosotros al ver a nuestro vecino,
compañero de trabajo o de estudio, al ver a un conocido o desconocido debemos decirle:
Dios es tu Creador. Él te conoce muy bien, y te ama mucho. Dios tiene un plan
maravilloso para tu vida. Vos no naciste para pecar. Naciste para ser santo, para
ser un vencedor. Para ser como Jesús.
Hay tantos a nuestro alrededor que están lejos de Dios. Están heridos, atados,
engañados. Viven practicando el pecado. Están destruyendo sus vidas. Están perdidos … y
no lo saben. ¿Cómo nos podemos callar?
En el nombre de Jesús, ¡No me voy a callar! Les voy a dar lo que tengo: JESÚS.
Dios quiere CANTIDAD, con CALIDAD y en UNIDAD.
Efesios 3.20-21:
Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas
mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos,
según el poder que actúa en nosotros,
 a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús
 por todas las edades, por los siglos de los siglos.
 Amén.

EL DISCIPULADO Jorge Himitian


Este es otro de los temas que el Señor nos reveló en su Palabra en los primeros años
de la renovación. El primer tema fue la adoración; el segundo, el Señorío de Cristo y el
evangelio del reino de Dios; y el tercer tema, el discipulado.
En las últimas décadas la palabra discipulado se ha incorporado a la jerga evangélica.
Hoy son muchos los que hablan del discipulado, pero la mayoría aún no entiende su
verdadero significado.

LA GRAN MISIÓN

El mundo evangélico prefirió por muchos años usar la versión de Marcos al hablar de
“la gran comisión” (como lo titulan algunas traducciones; a mí me gustaría titularla “la gran
misión”), Marcos (16.15): Id por todo el mundo, y predicad el evangelio a toda criatura.
Este fue el pasaje más usado por los predicadores evangélicos. Yo pertenecía a un
grupo evangelístico de jóvenes, y Marcos 16.15 era nuestro versículo lema.
Pero cuando Dios nos visitó con su Espíritu Santo nos ayudó a entender la parte que
nos faltaba de la gran comisión, llevándonos a Mateo 28.18-20. En realidad Mateo dice lo
mismo que Marcos, pero con otras palabras. Los cuatro evangelios son complementarios.
Pero nosotros nos habíamos quedado únicamente con el enfoque de Marcos. Si sumamos lo
que está escrito en los cuatro evangelios, tendremos una visión completa de la misión de la
iglesia en el mundo. Nosotros no habíamos tenido en cuenta los detalles de Mateo, y eso es
lo que el Señor nos hizo comprender en aquellos años.
Mateo lo relata así:
Y Jesús se acercó y les habló diciendo:
Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.
Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones,
bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;
enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado;
y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.
Amén.
En Marcos 16, yo solo mencioné el versículo 15. Pero en el versículo 16 Jesús siguió
diciendo: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será
condenado”. Esta segunda parte tampoco la tomábamos muy en cuenta.
Los que veníamos del sector evangélico no-pentecostal, hasta que Dios nos bautizó
con el Espíritu Santo, tampoco tomábamos en cuenta los dos versículos subsiguientes
(Marcos 16.17-18):

Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios;
hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa
mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán.
El movimiento pentecostal puso mucho énfasis en estos dos versículos, lo que les dio
un gran impulso evangelístico y un significativo crecimiento numérico.
Pero la visión de hacer discípulos fue la revelación y el énfasis al que el Espíritu
Santo nos llevó a partir de la década de los sesenta.
¿Qué significó para aquellos discípulos de Jesús esta orden: “Id, y haced
discípulos a todas las naciones?”
La única referencia que ellos tenían era lo que Jesús había hecho con ellos. Si un
padre le dice a sus hijos: Quiero que se casen, que tengan hijos, que los críen…
La referencia es lo que su padre hizo con ellos.
Jesús les dice a sus discípulos: Todo poder y autoridad me ha sido dada en lo cielos y
en la tierra, por lo tanto ahora ustedes vayan y hagan discípulos a todas las naciones; no
solamente aquí en Israel, sino en todas las naciones. Lo que yo hice con ustedes es lo que
ustedes tienen que hacer a otros.
Sobre estas palabras del evangelio de Mateo, Dios nos dio luz. Nos dimos cuenta de
que en nuestros programas como iglesia teníamos reuniones de todo tipo: reunión de
evangelización, reunión de la cena del Señor, reunión de enseñanza, reunión de oración,
escuela dominical, reunión de jóvenes, reunión de adolescentes, reunión de mujeres,
reunión de bautismos, y hasta de casamientos y entierros. Pero, ¿hacer discípulos? No
sabíamos que era eso.
Recuerdo que alguien nos preguntó:
¿Cuántas reuniones tienen en la semana?
-Muchas, y de diferentes clases.
Y ¿cuántos discípulos están formando?
No sabíamos qué responder.
La luz principal que recibimos sobre el discipulado vino a través del hermano Iván
Baker (ya con el Señor). Iván se había reunido con un grupo de obreros y hermanos de su
congregación de Isidro Casanova (Zona Oeste del Gran Buenos Aires), para buscar al Señor
en oración. Allí Dios les habló sobre el llamado de Jesús a Simón Pedro y a Andrés, y la
promesa de hacerlos “pescadores de hombres”. Iván comprendió la radicalidad del llamado
de Jesús al decir: “Sígueme”, a fin de que cada convertido fuera un discípulo de él. Y luego el
Señor los llevó al pasaje de Mateo 28.18-20. Era a mediados del año 1968. Iván nos fue
compartiendo esta revelación.
Esto produjo un gran cambio en nuestra comprensión de la gran comisión, y gradualmente
cambió nuestro ministerio y nuestra metodología de trabajo en la edificación de la iglesia.
Antes nuestras actividades principales estaban centralizadas en la reunión
congregacional. Considerábamos al púlpito el eje central de nuestro ministerio.
Descubrimos que Jesús muy pocas veces usó el púlpito. Jesús se concentró en construir
relaciones permanentes con determinadas personas, a quienes llamó discípulos. Les enseñó,
los conoció profundamente, fue ejemplo cercano para ellos, los corrigió, los entrenó, y los
envió.
Para nosotros esto fue una revolución. Cambió el eje de nuestra forma de trabajo
pastoral. Tuvimos que comenzar a relacionarnos con algunos personalmente para entablar
una relación de discipulado, de paternidad espiritual, como lo hacía Jesús.
Uno puede predicar a cien personas, a mil o a diez mil; pero no puede tener cien, mil o diez
mil discípulos y formarlos responsablemente. El discipulado es igual a la paternidad, a los
hijos hay que criarlos, conocerlos, amarlos, educarlos, corregirlos y formarlos como
hombres.
Vimos que Jesús era para sus discípulos un padre, un amigo, alguien que gastaba
tiempo en estar con ellos. Él predicó a las multitudes, sanó a muchos enfermos, alimentó a
miles; pero sabía muy bien que su tarea principal era estar con un círculo menor: sus doce
discípulos.
Todo esto nos llevó nuevamente a las Escrituras, y pudimos constatar que esta nueva
comprensión provenía de Dios. Usando la Concordancia Bíblica descubrimos que la palabra
„discípulo‟ es la que más se usa en el Nuevo Testamento para referirse a los hijos de Dios
- La palabra „creyente‟ -la más empleada por el mundo evangélico- aparece en el Nuevo
Testamento solo 12 veces.
- La palabra „cristiano‟ -que nos gusta mucho usarla- aparece en todo el N.T. solo 3 veces.
- La palabra „convertido‟ no aparece ni una sola vez. La Biblia habla de la conversión, pero el
término „convertido‟ o „inconverso‟ no aparecen nunca.
- La palabra „evangélico‟ o „católico‟, ni una sola vez.
- ¡En cambio la palabra „discípulo‟ se menciona más de 250 veces en el N.T.!
No es que los números lo definan todo, pero algo nos quieren mostrar.
Jesús dijo claramente: “Vayan y hagan discípulos”. No dijo: Vayan y hagan evangélicos, o
católicos; ni siquiera creyentes, sino discípulos.
¿QUÉ ES UN DISCÍPULO?
Para que haya un discípulo, debe haber alguien que lo discipule o le enseñe. Por eso
Jesús dijo: “Hagan discípulos… bautizándolos… enseñándoles que guarden todas las cosas
que yo os he mandado”.
Y esto trajo cambios fundamentales entre nosotros:
1. Hay que enseñar lo que Jesús enseñó. No estamos autorizados a enseñar otra cosa.
Nuestra responsabilidad es enseñar los mandamientos de Jesús, pues no son nuestros
discípulos sino de Cristo.
2. Hay que enseñarles que guarden; esto significa que obedezcan, que cumplan, que vivan
de acuerdo a los mandamientos de Jesús. Esta comprensión produjo un gran cambio en
todo lo que tiene que ver con la educación cristiana. En occidente el objetivo de la
enseñanza ha sido transmitir información, conocimiento. En una escuela, después de
enseñar a los alumnos se les toma un examen para ver si saben, si recibieron bien la
información que se les transmitió. Si el estudiante sabe, es aprobado. Si no sabe, es
reprobado.(*)
En cambio en el discipulado el objetivo es que guarden. Esto tiene que ver con la vida, la
manera de vivir. El propósito es que el discípulo viva de acuerdo a la palabra de Dios, a los
mandamientos de Jesús.
 Todo lo que tenía que ver con educación cristiana, (llámese Escuela Dominical,
seminarios, estudios bíblicos, u otros formatos de enseñanza) tomó el estilo y el objetivo de
enseñanza imperante en occidente, que era mayormente transmitir información.
 En cambio el discipulado toca la vida, la conducta, el comportamiento, el carácter, la
familia, la manera de hablar, la manera de trabajar. Tiene que ver con lo cotidiano, para que
los discípulos vivan de acuerdo a la voluntad de Dios.
Al principio todo esto parece lento porque tenemos la impresión de que avanzaríamos más
si le predicáramos a mil personas. No descartamos para nada el predicar a mil o a cien mil,
pero eso solo no es suficiente. Es necesario tener una relación cercana con algunos, para que
luego estos, estando bien formados, puedan hacer lo mismo con otros, y así sucesivamente.
(*) Aunque en la actualidad ha habido cambios, y en los centros de educación más
actualizados hay un enfoque que se va asemejando cada vez más al del discipulado en
cuanto a objetivos de la enseñanza que ya no solo tienen que ver con saberes, sino con
competencias, es decir con el saber hacer; sin embargo en la década del sesenta el sistema
que se utilizaba era como el que señalamos.
Primero tuvimos que entender bien qué es un discípulo según Jesús. Porque si él nos
ordenó hacer “discípulos”, el que tiene la autoridad para definir qué es un discípulo es el
mismo Jesús. Entonces fuimos a Lucas 14, donde Jesús define claramente qué es un
discípulo. En este pasaje pudimos confirmar nuevamente el evangelio del reino y el señorío
de Cristo. Solo predicando el evangelio del reino se puede lograr un discípulo. Predicando
un evangelio sin reino, proponiendo que la gente acepte a Jesús como Salvador es posible
lograr un evangélico pero no un discípulo.
Lucas 14.25-33:
25 Grandes multitudes iban con él; y volviéndose, les dijo:
26 Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y
hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo.
27 Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.
28 Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y
calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla?
29 No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los
que lo vean comiencen a hacer burla de él,
30 diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar.
31 ¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y
considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil?
32 Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, le envía una embajada y le pide
condiciones de paz.
33 Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede
ser mi discípulo.
1. Es importante observar que Jesús dirige estas palabras a la multitud.
2. No los anima a hacerse sus discípulos en base a una decisión superficial o al entusiasmo
del momento, sino que les pide que hagan bien la cuenta antes de tomar tal decisión.
Tres características que señala Jesús de un discípulo:
(1) Versículo 26:
Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y
hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo.
La palabra aborrecer en la Biblia tiene dos significados. Uno es sinónimo de odiar. Y
el otro, de poner en segundo lugar. ¿En cuál de estos dos sentidos Jesús está usando la
palabra aborrecer?
El sentido común nos diría: poner en segundo lugar, pues Jesús nunca nos mandaría
a odiar a nadie; menos a nuestros seres queridos. Pero, aún más importante que nuestro
sentido común es la versión de Mateo que en el pasaje paralelo dice: “El que ama padre o
madre más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10.37).
Entonces, según Jesús, un discípulo es aquél en cuya vida Jesús es el número uno; antes
que padre, madre, esposa o esposo; antes que hijos, hermanos, y aun antes que su propia
vida.
(2)Versículo 27:
Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.
Según Jesús, un discípulo es alguien que lleva su cruz y sigue a Jesús.
¿Qué significa llevar la cruz y seguir a Jesús?
Para responder correctamente debemos preguntarnos: ¿Qué significó para Jesús llevar la
cruz? Pues lo que significó para él debe significar también para nosotros.
Vayamos al pasaje bíblico que lo explica muy bien: Filipenses 2.8:
“… y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose
obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”.
Así que para Jesús llevar la cruz significó hacerse obediente a la voluntad del Padre
hasta las últimas consecuencias, hasta la muerte de cruz.
Para Jesús llevar la cruz significó decir: “Padre, si quieres, pasa de mí esta copa;
pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22.42).
Tomar la cruz es renunciar a hacer mi voluntad y aceptar la voluntad del Padre aunque
tenga que morir. Ser obediente hasta las últimas consecuencias. Eso es ser un discípulo.
(3)Versículo 33:
Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee,
no puede ser mi discípulo.
¿A cuánto debemos renunciar? A todo lo que poseemos.
Entonces, según Jesús, un discípulo es aquél que renuncia a todo lo que posee. Todo
es todo. Ropa, muebles, artículos del hogar, casa, auto, dinero, empresa, propiedades,
tiempo, familia, proyectos, planes. Sin olvidarnos nada.
Jesús es nuestro gran modelo. Él renunció a todo lo que tenía e hizo la voluntad del
Padre en todos los aspectos de su vida. Y sus discípulos debemos seguir su ejemplo.
Todo esto es una confirmación del evangelio del reino y el señorío de Cristo sobre
nuestras vidas. Si Jesús es nuestro Kyrios, debemos obedecerlo y reconocer que todo lo que
somos y tenemos le pertenece a él.
Esto cambió el objetivo de nuestro ministerio, y nos llevó a reenfocarnos hacia lo que
nos ordenó Jesús, hacer discípulos. Para ello tuvimos que relacionarnos personalmente con
algunos y dedicarnos a su formación.
Comprendimos que la palabra discípulo en la práctica significa alumno. Un alumno
es alguien que va a la escuela para aprender. Tenemos un libro de texto que son las
enseñazas y los mandamientos de Jesús, que están registradas en las Sagradas Escrituras.
Entonces un discípulo es uno que se sujeta a todas las enseñanzas de Jesús.
EL ANDAR EN LUZ
Otro aspecto importante a tener en cuenta para que el discipulado funcione es que
haya una comunión transparente entre el discípulo y su discipulador. Comprendimos la
necesidad de andar en luz, tal como lo señala el apóstol Juan.
1 Juan 1.6:
Este es el mensaje que hemos oído de él, y os anunciamos:
Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él.
Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas,
mentimos, y no practicamos la verdad;
pero si andamos en luz, como él está en luz,
tenemos comunión unos con otros,
y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado.
Para que haya comunión debemos andar en luz unos con otros. Esto significa una
relación de sinceridad, de transparencia. Es una relación de confianza en la que podemos
abrir nuestro corazón y confesar nuestros pecados, tentaciones o debilidades; podemos
pedir consejo, orar unos por otros sobre nuestras necesidades específicas. Una relación de
amor y verdad, desechando la apariencia y el fingimiento. Es entonces que la sangre de
Cristo nos limpia de todo pecado. Y esto es más que perdón, es limpieza, es santificación.

POR LAS CASAS

Con esta nueva comprensión, al leer los primeros capítulos de Hechos de los
Apóstoles, pudimos entender por qué la iglesia se reunía en grupos pequeños por las casas,
y no se contentaba solo con tener reuniones multitudinarias.
El reunirse por las casas hace posible tener círculos más pequeños de comunión
donde podemos conocernos y tener una relación personal con cada uno de los discípulos. La
idea no es simplemente tener una reunión casera con el mismo formato que la reunión
congregacional. La esencia y la razón de ser de un grupo en el hogar es que sea un grupo de
discipulado; esto significa que un hermano más crecido en el Señor es el responsable de un
grupo de discípulos para la edificación y formación de ellos.
De este modo la iglesia crece no solo numéricamente sino también espiritualmente. Y
los nuevos discípulos, además de sumarse a la reunión congregacional, son integrados en
grupos más pequeños de comunión en donde son conocidos, amados, ayudados,
ministrados, enseñados, aconsejados; recibiendo allí una atención y una formación
personalizada. A la vez son animados e instruidos a ser obreros del Señor, a evangelizar y a
discipular a otros en la medida que vayan creciendo en el conocimiento de la palabra de
Dios.
Las reuniones multitudinarias son buenas y hermosas pero no son suficientes para la
debida edificación de cada discípulo a la imagen de Cristo.
En los primeros años, a estos grupos pequeños que se reunían por las casas las
llamábamos “células”. Pues una célula es la parte mínima de un cuerpo. Las células tienen
vida, nacen, crecen y se multiplican, tienen un núcleo; y ese término describía bien el
funcionamiento y crecimiento de los grupos pequeños. Pero luego cuando llegó el gobierno
militar a Argentina (años 70), como la palabra “célula” era muy usada por los guerrilleros,
para evitar confusión vimos conveniente evitar el término “células” y comenzamos a
llamarlas “grupos de hogar”.

¿QUÉ DEBEMOS ENSEÑAR A LOS DISCÍPULOS?

Muy pronto tomamos conciencia de que para la debida formación de los discípulos
necesitábamos un programa de enseñanza.
Jesús al decir: “Vayan y hagan discípulos…”, explicó también el cómo:
“Bautizándolos… y enseñándoles a que guarden todas las cosas que yo os he mandado”. Allí
estaba el programa de enseñanza: Enseñar a los discípulos todos los mandamientos de
Jesús.
Esta clara instrucción de Jesús nos ayudó a entender qué es la didaké. Didaké es una
palabra griega, y se refiere a la totalidad de los mandamientos de Jesús y de los apóstoles en
el Nuevo Testamento. En las versiones españolas está traducido por “doctrina” o
“enseñanza”. En griego: “didaké” o “didaskalía”.
En el seminario donde yo estudié, a una de las materias que nos enseñaban se la
llamaba „Doctrina Cristiana‟, pero en realidad, según su contenido era „Teología
Sistemática‟, que no tiene nada que ver con lo que el Nuevo Testamento llama „doctrina‟.
El que nos ayudó a entender lo que es la doctrina fue el hermano Keith Bentson.
Con su estilo práctico de enseñar, Keith nos contó que cierta vez alguien le preguntó:
“¿Cuál es la doctrina de ustedes?”
Él le respondió: “Nuestra doctrina es que los hijos obedezcan a los padres; que el marido
ame a su esposa, y no sea áspero con ella; que ayudemos a los pobres en sus necesidades;
que perdonemos al que nos ofende…”
- No, hermano, usted no entendió mi pregunta.
- Sí, lo entendí perfectamente. Usted quiere preguntarme acerca nuestro Credo o de
nuestros dogmas. Pero doctrina no es eso. La doctrina son los mandamientos de Jesús y de
los apóstoles.
¿Qué es doctrina?
Según el Nuevo Testamento, doctrina es lo que Jesús enseñó en el Sermón del Monte
(Mateo 5, 6 y 7); pues al concluir sus enseñanzas Mateo 7.28 dice: Y cuando terminó Jesús
estas palabras, la gente se admiraba de su doctrina (didaké).
A estos tres capítulos, Mateo 5 al 7, más que “Sermón del Monte” habría que titularlo:
“La doctrina de Jesús”. Doctrina no es teología ni el credo particular de una determinada
denominación.
El texto de Mateo 5 comienza así:
Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos.
Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo…
Aquí el verbo “enseñar” en griego es “didaskein”. De allí viene el sustantivo didaké o su
sinónimo didaskalía. Por eso a veces también se traduce por “enseñanza”. Lo importante es
el contenido de la doctrina o enseñanza. Son mandamientos que nos revelan la voluntad de
Dios para todos los hombres.
En Juan 7.16-18, Jesús dice:
Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. El que quiera hacer la voluntad
de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta. El
que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria
del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia.

En el discipulado no tenemos derecho a enseñar nuestras propias enseñanzas o
nuestros propios métodos de multiplicación. Discipular es enseñar con toda fidelidad la
doctrina de Jesús, que es la doctrina del Padre. Son los mandamientos que nos enseñan a
vivir según la voluntad de Dios.
Jesús se vació de sí mismo y se sometió en todo al Padre. En Juan 17.8, le dice al
Padre: porque las palabras que me diste, les he dado; y ellos las recibieron.
Hechos 4.42, hablando de los tres mil nuevos discípulos en Jerusalén, dice:
Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles,
en la comunión unos con otros,
en el partimiento del pan y en las oraciones.

La doctrina de los apóstoles era la doctrina de Jesús. Ellos fueron fieles a las
instrucciones de Jesús: “enseñándoles a que guarden todas las cosas que yo os he
mandado”.

EL KERIGMA APOSTÓLICO

Algunos años después comprendimos que en la formación de los discípulos, junto
con la didaké, es indispensable el kerigma.
Jesús, antes de su pasión y muerte, les dijo a sus discípulos (Juan 16.12-14):
Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar.
Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no
hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber
las cosas que habrán de venir.
 Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber.
Según Jesús, la función del Espíritu Santo sería revelar a los discípulos la VERDAD
COMPLETA acerca de Jesús. Pablo dice que el misterio de Cristo fue revelado a los
apóstoles y profetas por el Espíritu (Efesios 3.5).
Durante el ministerio terrenal de Jesús los doce tuvieron algunos chispazos de
revelación acerca de la persona de Jesús. Por ejemplo, cuando Pedro, ante la pregunta de
Jesús: “Y vosotros ¿Quien decís que soy?”, respondió: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios
viviente” (Mateo 16.15-16).
Inmediatamente Jesús le aclaró: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te
lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.
Es decir, esto no salió de ti sino de mi Padre.
El kerigma revela la persona de Cristo
La comprensión que ellos tenían de Jesús era parcial y hasta fluctuante. A veces
creían y otras veces dudaban. Pero la revelación cabal, total acerca de Jesús no la tuvieron
hasta que recibieron el Espíritu Santo en el día de Pentecostés. Recién entonces, el velo les
fue quitado, y tuvieron el conocimiento pleno de quién es Jesús. El misterio de Cristo les fue
revelado. A la proclamación de esta verdad el Nuevo Testamento lo define como Kerigma.
Al español está traducido como “predicación”.
La palabra “predicación” en castellano no tiene la misma fuerza ni el significado
completo que tiene la palabra griega kerigma. El diccionario de la lengua española dice:
“Predicación: acción de predicar”. Pero kerigma no se limita a la acción de predicar, se
refiere también al contenido de la predicación.
Hoy hay muchos predicadores que predican sus propios sermones, sus propias ideas,
y hasta predican cosas contrarias al kerigma revelado a los apóstoles. ¡Cuidado!
Así como la didaké consiste en mandamientos que nos revelan la voluntad de Dios, el
kerigma consiste en la verdad que nos revela quién es Jesús. El kerigma tiene un propósito
definido: revelar a Cristo proclamando la revelación que le fue dada a los apóstoles y
profetas por el Espíritu Santo.

Debemos predicar el kerigma, y enseñar la didaké.
La función del Espíritu es revelarnos a Cristo para que conozcamos cabalmente quién
es Jesús. El Espíritu vino para glorificar a Cristo, para dárnoslo a conocer.
Cuando en el día de Pentecostés Dios derramó el Espíritu sobre los ciento veinte, se
reunieron miles de personas; muchos se preguntaban “¿qué es esto?”; otros decían: “estos
están borrachos”. Se levantó Pedro y proclamó a viva voz:
“Varones hermanos, estos no están borrachos como algunos suponen, no ven que son las
nueve de la mañana. Esto es lo que dijo el profeta Joel: En los postreros días, dice Dios,
derramaré mi Espíritu sobre toda carne…”, y Pedro les explicó el fenómeno que ellos
acababan de presenciar. Pero a continuación les proclamó el kerigma (Hechos 2.22-36):
Varones israelitas, oíd estas palabras:
Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas,
prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él,
como vosotros mismos sabéis;
a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios,
prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole;
al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte,
por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.
Porque David dice de él [en el Salmo 16]:

Porque no dejarás mi alma en el Hades,
Ni permitirás que tu Santo vea corrupción.

Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y
fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy.
Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su
descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo (al Mesías) para que se
sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma
no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción.
A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.
Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa
del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.
Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice [Salmo 110]:
Dijo el Señor a mi Señor:
Siéntate a mi diestra,
Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.
Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel,
que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis,
Dios le ha hecho Señor [Kyrios, Adonai] y Cristo [Mesías].
Esto es kerigma: Proclamar a Cristo, anunciar quién es Jesús.
Ante semejante revelación los judíos reunidos se desesperaron. ¿Entonces ese
hombre, por quien hace 53 días gritamos: “¡Crucifícale, crucifícale!” era el Mesías?
Varones hermanos, ¿qué haremos?
Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo
para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hechos 2.38).
El kerigma revela también la obra de Cristo
El kerigma revela no solo la persona de Cristo sino también y la obra de Cristo.
- La obra de Cristo por nosotros, en su muerte y resurrección.
- La obra de Cristo en nosotros, por el Espíritu Santo.
- La obra de Cristo entre nosotros, haciéndonos iglesia.
- La obra de Cristo a través de nosotros, nuestra misión en el mundo.

Los discípulos necesitan conocer, vivir y comunicar a otros toda la didaké y todo el
kerigma. Ambas cosas son indispensables para la transformación de nuestras vidas,
familias, comunidades, y para la transformación de las naciones.

EL SEÑORÍO DE JESUCRISTO y EL EVANGELIO DEL REINO DE DIOS Jorge Himitian



En la reunión anterior vimos como Dios al derramar su Espíritu sobre nosotros a
partir de finales de los sesenta, nos introdujo a la dimensión del Espíritu y a la adoración.
A partir de esta experiencia la Biblia se transformó para nosotros en una “nueva”
Biblia. Pues una cosa es leer la Biblia procurando entenderla intelectualmente, y otra muy
distinta es leerla bajo la inspiración y la revelación del Espíritu Santo. De este modo fuimos
recibiendo en aquellos primeros años, una nueva visión de Dios, del reino de Dios, de su
señorío, de la iglesia, de la unidad de la iglesia, del propósito eterno de Dios, de la vigencia
de todos los ministerios, de la misión de la iglesia en el mundo. Un nuevo panorama
espiritual se abría ante nosotros.
Se produjo lo que Pablo menciona en Efesios 1.16-18:
No ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones,
para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de
sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro
entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado…
Una cosa es leer la Biblia con las limitaciones propias de nuestra mente humana, y otra
muy distinta cuando se produce en nosotros esa operación del Espíritu llamada revelación,
cuando los ojos de nuestro entendimiento (en el griego dice: corazón) son alumbrados para
que conozcamos más a Dios y lo que él nos revela en su Palabra.
Cuando en el año 1967 Dios nos llevó a la experiencia del bautismo del Espíritu y de
experimentar la presencia de Dios de un modo más sensible en nuestras reuniones,
pensamos que eso era todo lo que necesitábamos para ser la iglesia que Dios quiere.
Estábamos muy lejos de imaginar todo lo que vendría a partir del año siguiente.
La palabra revelación viene de la palabra “velo”. Revelación es la acción de quitar el velo.
En el año 1968 se abrió el velo por primera vez para nosotros sobre el evangelio del reino de
Dios. Hasta ese entonces, en años de ministerio, jamás habíamos predicado ni escuchado
predicar acerca del evangelio del reino.
Ángel Negro me pidió que en forma testimonial les compartiera cómo recibimos esa
revelación.
Era un domingo del mes de enero de 1968, yo tenía 26 años, era soltero y pastor de una
congregación que con un grupo de jóvenes habíamos iniciado hacía tres años en Villa
Soldati (un barrio al sur de Buenos Aires). Yo estaba preparando el mensaje que iba a
predicar esa noche en nuestra congregación. Aunque vivía con mis padres y cuatro
hermanas, felizmente ese domingo no había nadie en casa. Tenía la soledad ideal y todo el
tiempo para orar y preparar mi sermón.

El pasaje al que me guio el Señor fue Filipenses 2.5-11:
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús,
el cual, siendo en forma de Dios,
no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse,
sino que se despojó a sí mismo,
tomando forma de siervo,
hecho semejante a los hombres;
y estando en la condición de hombre,
se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte,
y muerte de cruz.
Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo,
y le dio un nombre que es sobre todo nombre,
para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla
de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra;
y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor,
para gloria de Dios Padre.
Todo el mundo evangélico, católico u ortodoxo cree que Jesucristo es Señor, es Dios.
Esta es la piedra angular de nuestra fe cristiana. Todos creemos que Cristo siendo Dios se
hizo hombre y fue obediente hasta la muerte de cruz. Y que por eso Dios exaltó a Jesús
hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre.
¿Para qué le dio ese nombre?
Aquí mismo está la respuesta: “para que en el nombre de Jesús se doble toda
rodilla… y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor”.
¡JESUCRISTO ES EL SEÑOR!
Jesús es su nombre histórico. Cristo es su nombre profético, significa Mesías (Mashía
en hebreo. En griego es Xristos, Ungido).
Que toda lengua confiese que Jesucristo –esta persona histórica, que es el cumplimiento de
todo lo profético- es el SEÑOR (KYRIOS en el griego).
Esta orden del Padre abarca a todos los seres del universo: los que están en los cielos,
en la tierra y debajo de la tierra. Es decir, todos los ángeles y demonios, y todos los seres
humanos, vivos o muertos, obedezcan a esta orden del Padre, doblen sus rodillas y
confiesen con su boca que Jesucristo es el Señor, el Kyrios.
Cuando Dios creó a Adán le dio una orden: Puedes comer de todos los árboles del
huerto, pero del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás. Esta era
una orden universal. Y el hombre comió, y pecó. Ahora hay una nueva orden universal: que
todos los seres doblen sus rodillas delante de Cristo y confiesen con sus bocas que Jesús es
el Señor. Y el que no lo hace es un rebelde; y sella su condenación. Pero el que dobla sus
rodillas ante Jesús, y lo confiesa como Señor, recibe la salvación.
Esto se nos hizo muy claro cuando, de Filipenses 2, el Señor nos llevó a Romanos 10.8 y
9:

Esta es la palabra de fe que predicamos:
que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor,
y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos,
serás salvo.
Para nosotros esto fue revolucionario. Porque por años, y siglos, los evangélicos
habíamos predicado que el pecador para ser salvo debía aceptar a Jesús como su Salvador.
Y por supuesto que Jesús es el Salvador, el único Salvador, el bendito, el glorioso y poderoso
Salvador; y es muy claro que fuera de él no hay salvación. Pero este es el punto central de la
cuestión:
¿Cuál es la condición establecida por Dios para que un pecador sea salvo?
Que confiese con su boca que Jesús es el Señor,
y crea en su corazón que Dios lo levantó de los muertos.
Durante años habíamos predicado que la condición para ser salvo era aceptar a Jesús
como Salvador. ¿Por qué? Nos faltó revelación, seguíamos la tradición evangélica,
repetíamos lo que habíamos aprendido. Y lo repetíamos como si fuese un versículo bíblico:
Si quieres ser salvo debes aceptar a Jesucristo como tu único y suficiente Salvador
personal. Cuando Dios abrió nuestros ojos, nos dimos cuenta de que no existe un solo
versículo en la Biblia que afirme que somos salvos cuando aceptamos a Jesús como nuestro
Salvador. Todo el Nuevo Testamento enseña lo mismo que Pablo declara en Romanos 10.9.
En el día de Pentecostés, Pedro termina su predicación presentando a Jesús como
Señor.
Hechos 2.36:
Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel,
que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis,
Dios le ha hecho Señor y Cristo.
Saulo se convierte en camino a Damasco, diciéndole a Jesús: “Señor (Kyrios), ¿qué quieres
que haga?” (Hechos 9.6).
Pedro, en la casa de Cornelio, presenta a Jesús como el “Señor (Kyrios) de todos” (Hechos
10.36).
Los esparcidos por causa de la persecución en Jerusalén llegaron a Antioquía “anunciando
el evangelio del Señor (Kyrios) Jesús. Y la mano del Señor (Kyrios) estaba con ellos, y
gran número creyó y se convirtió al Señor (Kyrios)” (Hechos 11.20-21).
Cuando el carcelero de Filipos le preguntó a Pablo y Silas: “¿Qué debo hacer para ser salvo?
Ellos le dijeron: Cree en el Kyrios Jesucristo, y serás salvo tú y tu casa” (Hechos 16.30-31).
En 2 Corintios 4.5 el apóstol dice: “porque no nos predicamos a nosotros mismos, sino a
Jesucristo como KYRIOS”.
Según 1 Corintios 1.2, Pablo dice que la iglesia está formada por “todos aquellos que en
cualquier lugar invocan el nombre del KYRIOS Jesucristo, KYRIOS de ellos y nuestro”.

El término “KYRIOS”, con referencia a Cristo, aparece en el Nuevo Testamento más de 600
veces, mientras que el término “SOTER” = SALVADOR sólo se encuentra 16 veces referido a
Cristo.
KYRIOS SOTER
En los evangelios 130 2
En Hechos 170 2
En las epístolas de Pablo 260 6
Resto del Nuevo Testamento 50 6
---------------------------------------------
TOTAL 610 16
¿Es esto una mera cuestión de términos? De ningún modo. Es una cuestión
fundamental en nuestra doctrina soteriológica y requiere nuestra más seria revisión.
Los apóstoles no mutilan el evangelio presentado a Jesucristo solamente como
Salvador. El kerigma apostólico lo presenta como el Hijo de Dios que murió, resucitó y es el
Señor. Para ser salvo, el pecador debe creer y reconocerlo como SEÑOR con todo lo que ello
implica.
Aceptar a Cristo meramente como Salvador sería pretender recibir el perdón, la
salvación, la paz, la felicidad y la vida eterna sin una verdadera sujeción a su Señorío, y tal
cosa no coincide con las enseñanzas del Nuevo Testamento. Cristo me salva y me da todos
los beneficios de la salvación cuando doblo mis rodillas delante de él y lo reconozco como
Señor. Esto indica el fin de mi rebelión y la aceptación de su gobierno y autoridad sobre mí.
Es la entrega total de lo que soy y tengo, incluyendo mi familia, mi casa, mis bienes, mi
dinero, mi tiempo, mis planes, todo, absolutamente todo.
Aceptar a Cristo como Señor es reconocerlo como jefe, dueño, amo y máxima
autoridad sobre mi vida. Cuando lo confieso como Señor, creyéndolo en mi corazón, recibo
la salvación. Es decir, Jesús llega a ser mi Salvador cuando lo reconozco como mi Señor.
Esto es lo que el mundo evangélico no entendió.
¿Los predicadores evangélicos predicaban el Señorío de Cristo? Sí. Aunque bastante
poco, y como un segundo paso optativo de consagración. Primero debías aceptar a Jesús
como tu Salvador, él te perdonaba tus pecados, y te daba la salvación y la vida eterna. Y
después como una segunda experiencia de consagración podías reconocerlo como Señor.
Esto no es lo que enseña la Biblia.
Como evangelista juvenil y luego como pastor, hasta mis 26 años de edad, siempre
terminaba mis mensajes evangelísticos de la misma manera, hacía un llamado diciendo:
¿Cuántos ahora quieren aceptar a Jesucristo como su Salvador? Incluso muchas veces
terminaba mis mensajes leyendo Romanos 10.9: “Si confesares con tu boca que Jesús es el
Señor…” Pero le hacía la adaptación evangélica y decía: “Si confesares con tu boca que Jesús
es tu Salvador…”
¿Por qué? Porque estaba con el velo. No lo veía. No tenía luz. Solo repetía lo que
había recibido por mi tradición evangélica.

Permítanme traer un ejemplo acerca de la importancia de confesar con la boca
a Jesús como Señor.
Cuando yo tenía 28 años de edad, en una reunión, delante mucha gente, un pastor
me preguntó (ese día yo estaba vestido mejor que nunca):
¿Jorge Himitian, recibes a Silvia Palacio como tu legítima esposa?
Y yo confesé con mi boca: Sí.
Luego le preguntó a ella, que también dijo: Sí.
Esa simple confesión cambió mi vida. Ese pastor era Keith Bentson.
Si él me hubiera preguntado: ¿Recibes a Silvia como tu amiga? O, ¿La recibes como una
hermana en la fe? Hubiera sido todo muy diferente. Lo que me preguntó es si la recibía
como mi esposa. Allí se hizo una alianza, un pacto entre Silvia y yo.
Con esto quiero mostrar que este tema no es un simple cambio de términos, sino que
establece una relación muy diferente con una determinada persona, es un compromiso
definitivo.
Muchos lo tienen a Jesús como su Sanador; y él es bueno y los sana. Otros lo tienen
como su consejero, y de hecho él da buenos consejos. Otros lo tienen como su protector,
como su ayudante; y le piden que los ayude, que los cuide, que les dé éxito en su trabajo, en
sus estudios… Pero es muy diferente recibir a Jesús como Señor.
Como ya vimos, la palabra griega Kyrios significa dueño, amo, autoridad absoluta
sobre mi vida.
En el primer siglo se les llamaba Kyrios a los amos que tenían esclavos. Reconocer a
Cristo como Kyrios significa que yo soy su esclavo, que mi vida le pertenece a él, que ya no
puedo hacer lo que yo quiero, debo vivir como él quiere; que ya no vivo para mí, sino para
él.
Pablo inicia la epístola a los Filipenses diciendo: Pablo y Timoteo esclavos (doulos)
de Jesucristo.
Muchos han aceptado a Jesús como Salvador, pero no como Señor; por eso siguen
mintiendo, engañando a su mujer, diciendo malas palabras. Los hijos no respetan a sus
padres. Hay jóvenes que tocan instrumentos o cantan en las reuniones, pero luego tienen
relaciones sexuales con sus novias. Cuando les va mal en el matrimonio, se divorcian y se
casan de nuevo. La esposa no reconoce a su marido como su cabeza, no se sujeta a él. El
marido trata mal a su esposa, la ofende, le grita, le falta el respeto. En el matrimonio hay
peleas, insultos, aun delante de los hijos.
Muchos al hablar siguen usando malas palabras, como la gente del mundo; guardan
rencor, no quieren perdonar al que los ofendió; no confiesan sus pecados; son avaros,
egoístas, viven para sí mismos. En realidad, Jesús no es su Señor.
Jesús dijo:
“No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la
voluntad de mi Padre que está en los cielos”.
Y para hacerlo más claro, agregó:

Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu
nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?
Sí, los dones funcionaron, los enfermos se sanaron, los demonios salieron, los
milagros ocurrieron, las profecías se cumplieron… pero Jesús les dice: “Nunca os conocí”.
Y para que no quedara ninguna duda, Jesús trajo un ejemplo contundente:
Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre
prudente, que edificó su casa sobre la roca.
Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y
no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.
Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre
insensato, que edificó su casa sobre la arena;
y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella
casa; y cayó, y fue grande su ruina.
¿Cuál fue la diferencia? Uno edificó sobre la roca, y el otro sobre la arena.
¿Qué es edificar sobre la arena? Oír la palabra de Cristo y no obedecerla.
Oye que hay que perdonar, pero no perdona. Oye que hay que amar al prójimo, y no
lo ama. Oye que no debe codiciar a la mujer de su prójimo, no solo la codicia, sino que se
acuesta con ella.
Edificar sobre la roca es reconocer a Jesús como Señor y vivir en obediencia a su
palabra en el poder del Espíritu Santo.
Estar sobre la roca no significa que uno es perfecto y que nunca peca, pero si Jesús es
mi Señor, cuando peco, lo reconozco, lo confieso y me aparto del pecado. Porque el que
manda en mi vida es Jesús.
¿Qué significa doblar las rodillas ante Jesús Señor?
Significa arrepentirse, cambiar de actitud ante Dios; humillarse ante él; dejar la
rebeldía, sujetarse al Señor, entregarle mi vida, reconocerlo como mi autoridad. A partir de
allí la vida cambia. Mi vida comienza a ser gobernada por Jesús.
Ante la luz del Señorío de Cristo comprendimos que pecado es vivir como se me da la
gana, vivir como yo quiero. Comprendimos que la verdadera conversión es reconocer a
Jesús como Señor. Que somos justificados por la fe por medio de nuestro Kyrios Jesucristo.
¿CÓMO EVANGELIZABA JESÚS?
Cuando esta revelación me llegó, se imaginarán que quedé grandemente impactado.
Era una revolución, y al principio dudé mucho, pues el cambio era muy fuerte. Pensé
seriamente si no estaba siendo engañando por el diablo metiéndome una doctrina de error.

Entonces, esa misma tarde, me hice estas preguntas: ¿Cómo evangelizaba Jesús?
¿Cuál era el mensaje que él predicaba? ¿Cómo llamaba a las personas a la conversión?
Con urgencia fui a los evangelios. Y allí recibí el shock final. Al leer y estudiar los
evangelios descubrí que Jesús predicaba un evangelio que yo nunca había predicado antes,
ni jamás había escuchado predicar a ningún predicador.
Comencé con el Evangelio de Mateo. En el capítulo 4, se relata el comienzo del
ministerio de Jesús.
Mateo 4.17:
Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos,
porque el reino de los cielos se ha acercado.
Yo ya llevaba diez años predicando el evangelio. Pero nunca había usado la palabra “reino”
en mis predicaciones.
Seguí leyendo, y llegué al versículo 23 del capítulo 4:
Y recorrió Jesús toda Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos,
y predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad
y toda dolencia en el pueblo.
Y noté que en toda Galilea Jesús predicó el mismo mensaje: el evangelio del reino.
Sí, yo predicaba “el evangelio”. Pero ¿qué significa “evangelio”? Buenas noticias.
Pero ¿cuáles son esas buenas noticias? Es necesario definirlas.
Son las buenas noticias del reino de Dios.
Buscando qué predicaba Jesús, llegué al capítulo 9, versículo 35:
Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, y
predicando el evangelio del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia en el
pueblo.
Nuevamente quedé impactado en saber que no solo en toda Galilea sino también en
todas las ciudades y aldeas del país Jesús predicaba el evangelio del reino.
Como soy muy desconfiado, dudé un poco, y pensé: ¿No será que Mateo le puso este
aditivo, o le dio este tinte especial del mensaje de Jesús en su Evangelio?
Fui a Marcos. ¿Y qué encontré?
- Exactamente lo mismo.
Marcos 1.14-15:
Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino
de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado;
arrepentíos, y creed en el evangelio.
Yo no sabía lo que era el reino de Dios.

Nací en un hogar evangélico. Desde pequeño en casa siempre se nos había leído la
Biblia. Asistíamos a las reuniones de la iglesia y a la Escuela Dominical. A los 15 años de
edad tuve mi experiencia de conversión. A los 16 comencé a predicar. Escuché a
predicadores muy famosos, tanto de nivel internacional como nacional. Participé en como
predicador juvenil en muchas campañas. Estudié cuatro años en un seminario. Allí solo
escuché hablar del reino de Dios en una materia llamada Teología Sistemática, en el último
capítulo, que trata sobre „escatología‟. En un subtema de ese capítulo se mencionaba acerca
del reino que vendría, según se enseñaba, en el milenio. La verdad, no entendí nada.
Pero ahora estaba impresionado con el hecho de que en todas partes el único mensaje
de Jesús era el reino de Dios.
En mi búsqueda llegué al Evangelio de Lucas 4.43:
Pero él les dijo: Es necesario que también a otras ciudades anuncie el evangelio del reino
de Dios; porque para esto he sido enviado.
Lucas 8.1:
Aconteció después, que Jesús iba por todas las ciudades y aldeas, predicando y
anunciando el evangelio del reino de Dios, y los doce con él,
En Lucas 9.2, Jesús envía a los doce:
Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos.
En Lucas 10 envía a los setenta, y les dice (v.9):
y sanad a los enfermos que en ella haya, y decidles: Se ha acercado a vosotros el reino de
Dios.
¿Cuál es la relación entre el reino de Dios y el Señorío de Cristo?
La palabra reino tiene una raíz, es la palabra rey. El rey es la máxima autoridad de un
país, es el que manda. Reino y Señorío son sinónimos. El Rey es la autoridad máxima; y el
Kyrios, el Señor, es la autoridad máxima.
Cuando el evangelio se extendió por el Imperio Romano, Pablo prefirió usar la
palabra Kyrios para referirse a Jesús, y no la palabra Rey. ¿Por qué?
Porque en el Imperio Romano la autoridad máxima no era el rey sino el Kyrios.
Todos los ciudadanos debían saludarse diciendo: “El César es el Kyrios”. Era la máxima
autoridad, el dueño de todo el Imperio. El Imperio abarcaba muchas naciones, y en muchas
de esas naciones tenían un rey, que estaba bajo la autoridad del emperador romano. Por
ejemplo, en Israel estaba Herodes como rey. En Hechos se habla del rey Agripa, y así por el
estilo. Y entonces hablar de Cristo como rey, o hablar del reino de Dios, pondría a Cristo por
debajo del Kyrios César, y al reino de Dios por debajo del Imperio Romano. Por eso Pablo
tuvo la lucidez de hacer una adaptación cultural sin debilitar en nada la verdad.
La palabra Kyrios, además de significar dueño y máxima autoridad, también quería
decir Dios. La palabra hebrea Adonai (uno de los tres nombres más usados en el A.T. para
referirse a Dios) se la tradujo como Kyrios. Los emperadores tenían pretensiones de

divinidad. Había que adorarlos, postrarse ante ellos. Querían ser dioses. Exigían que se les
rindiese la máxima pleitesía.
Por eso Kyrios era conocido en el Imperio Romano como máxima autoridad y Dios.
¿Qué es el reino de Dios?
Es muy sencillo como Jesús nos lo enseñó en el Padrenuestro:
Mateo 6.10:
Venga tu reino.
Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
¿Qué significa “venga tu reino”?
- La frase que sigue lo explica.
Sea hecha tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.
¿CÓMO EVANGELIZABA JESÚS?
Nos surgió entonces una segunda pregunta: ¿Cómo evangelizaba Jesús? ¿De qué
modo llevaba a las personas a la conversión?
[Yo tenía una fórmula para guiar a la gente a la conversión. Les decía:
Tú tienes que saber cuatro cosas:
1 – Que Dios te ama
2 – Que tú eres pecador
3 – Que Cristo murió por tus pecados
4 – Si aceptas a Cristo como tu Salvador personal serás salvo.]
Por eso fue grande mi curiosidad al querer descubrir cómo evangelizaba Jesús.
¿Cómo llamaba a las personas a la conversión? ¿Qué les decía? ¿Qué les proponía?
La palabra que mejor sintetiza el modo en que Jesús invitaba a las personas a
convertirse era diciéndoles: “Sígueme”.
Fue lo que le dijo a Mateo (Leví) cuando lo encontró trabajando en aquella oficina en
la que se recaudaban impuestos para el Imperio Romano. Con una sola palabra lo puso
frente a la puerta del reino de Dios, del Señorío de Cristo: Sígueme.
¿Qué entendió Mateo al oír esa orden de Jesús?
El reino es todo o nada. Lo tomas o lo dejas. Te sujetás a la autoridad de Jesús o
seguís en la tuya. Mateo se levantó y siguió a Jesús. Se convirtió en su discípulo. Detrás de la
escena, y más allá de las palabras, lo que se ve claramente es que Mateo, en ese momento,
reconoció a Jesús como su Señor. Renunció a todo y lo siguió. Se puso incondicionalmente
bajo la autoridad de Jesús. Esa es la verdadera conversión.
¿Qué les dijo Jesús a Simón y a Andrés?

Ellos también estaban trabajando. El escenario era diferente. Eran pescadores,
estaban a la orilla del mar lanzando la red al agua.
Jesús les dice: “Vengan en pos de mí, y los haré pecadores de hombres”.
Y relata el evangelio que: “Ellos entonces, dejándolo al instante las redes, le siguieron”
(Mateo 4.19-20).
Si le preguntáramos a Simón: ¿Qué sucedió ese día en tu vida?
Nos diría: “Hasta ese momento yo mandaba en mi vida, desde entonces manda Jesús”
El joven rico, no aceptó el Señorío de Cristo sobre su vida y sus bienes.
A la mujer sorprendida en adulterio, después de protegerla de los que la querían
apedrear, le anunció el evangelio completo, al decirle: “Ni yo te condeno; vete, y no peques
más” (Juan 8.11).

Así evangelizaba Jesús. Les acercó el reino a Mateo, a Simón, a Andrés, a Zaqueo, y
todos ellos entraron en él. ¿Cómo? Aceptando a Jesús como Señor, como autoridad y dueño
de sus vidas. En cambio el joven rico no entró.
Jesús no obligaba a nadie, pero él era claro; usaba su autoridad; daba una orden y el
que se sujetaba a él, era salvo, se convertía en discípulo de Jesús.
Cuando comprendí el evangelio del reino me di cuenta de que el primero que tenía
que terminar de convertirse era yo, aunque ya era pastor. Eso cambió mi vida, mi conducta,
el manejo de mis finanzas. Todo.
Luego comenzamos a re-evangelizar nuestras congregaciones. Como estábamos
viviendo en una visitación del Espíritu Santo, todo esto se hizo posible por la gracia de Dios
que se derramaba abundantemente. Por más que eran fuertes y totales las demandas de
Dios, la gente respondía con alegría y fe. Las congregaciones se fueron transformando en
comunidades de discípulos.
Aún nos quedaba una duda. ¿Si predicando un evangelio sin reino eran pocos los que
se convertían, predicando el evangelio del reino con todas sus demandas, no se convertirían
muchos menos?
Nos sorprendimos al ver todo lo contrario. Cierta vez que le prediqué a un joven el
evangelio del reino me dijo así: “¡Uy, pero Jesucristo pide mucho!” A lo que yo le respondí:
“Todavía no lo entendiste, él no pide mucho, él pide todo”. Y ese joven se convirtió.
¿QUÉ EVANGELIO PREDICABAN LOS APÓSTOLES Y EVANGELISTAS DEL
PRIMER SIGLO?
Hechos 8.12: (En Samaria)
Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre
de Jesucristo, se bautizaban hombres y mujeres.
Hechos 19. 8: (En Éfeso)
Y entrando Pablo en la sinagoga, habló con denuedo por espacio de tres meses,
discutiendo y persuadiendo acerca del reino de Dios.

 Hechos 20.25: (En Éfeso por tres años, 20.31)
Y ahora, he aquí, yo sé que ninguno de todos vosotros, entre quienes he pasado
predicando el reino de Dios, verá más mi rostro.
Hechos 28.23: (En Roma)
Y habiéndole señalado un día, vinieron a él muchos a la posada, a los cuales les declaraba
y les testificaba el reino de Dios desde la mañana hasta la tarde, persuadiéndoles acerca
de Jesús, tanto por la ley de Moisés como por los profetas
Hechos 28.30-31: (En Roma)
Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él
venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo,
abiertamente y sin impedimento.
CONCLUSIÓN
Jesús, hablando de los tiempos finales profetizó:
Mateo 24.14:
Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las
naciones; y entonces vendrá el fin.
No tengamos la más mínima duda de que lo que él dijo se cumplirá.
La nuestra es una generación privilegiada. La iglesia por siglos había perdido la
visión del evangelio del reino de Dios. Hemos tenido el gran privilegio, y a la vez, la gran
responsabilidad de ser los receptores de esta revelación de Dios. Lo que importa no es por
medio de quién o quiénes llegó esta revelación, sino para quiénes.
El evangelio del reino de Dios es, en primer lugar, para toda la iglesia. No es
solamente para las congregaciones que nosotros pastoreamos sino para todo el cuerpo de
Cristo en Argentina y en todas las naciones del mundo. Un evangelio sin reino, nunca
producirá la calidad de iglesia que Dios quiere. Pero tengamos cuidado de que el mensaje
del reino no se diluya entre nosotros, o se vuelva un conocimiento teórico.
En segundo lugar. El evangelio del reino es lo que el mundo necesita en nuestros días
imperiosamente. Esto se percibe mucho más hoy que hace 47 años cuando nos llegó esta luz
del Señor. Hoy la sociedad está cada vez más desquiciada; más confundida y desorientada.
Los hogares se destruyen. Los jóvenes y niños son inducidos cada vez más temprano al
desorden sexual, a la promiscuidad. La violencia familiar, el flagelo de las drogas, la
prostitución, la corrupción desde los más altos niveles del poder, el crimen organizado y
callejero, las mafias despiadadas, la injusticia social, y tantas cosas más, nos llevan a clamar
cada día: “Venga tu reino, sea hecha tu voluntad en la tierra, como en el cielo”.
Solo la predicación del evangelio del reino, en el poder del Espíritu Santo, puede
cambiar vidas, salvar familias, transformar pueblos y naciones. El reino de Dios es la única
solución. No se puede curar el cáncer con una aspirina. Es necesario extirpar del corazón de
los hombres el tumor del pecado radical, que es la rebelión contra Dios. Y el único que tiene
el poder necesario para salvar al pecador y hacerlo un hombre nuevo es Jesucristo el
Que cada uno de nosotros podamos decir junto al apóstol Pablo:
Esta es la palabra de fe que predicamos:
que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor,
y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos,
serás salvo.
Porque con el corazón se cree para justicia,
pero con la boca se confiesa para salvación.
Pues la Escritura dice:
Todo aquel que en él creyere, no será avergonzado.
Porque no hay diferencia entre judío y griego,
pues el mismo que es Señor de todos,
es rico para con todos los que le invocan;
porque todo aquel que invocare el nombre del Señor,
será salvo.
(Romanos 10.8-13)
AMÉN.

lunes, 28 de marzo de 2016

LA ADORACIÓN Y LA DIMENSIÓN DEL ESPÍRITU Jorge Himitian



TESTIMONIO de lo recibido de Dios en el derramamiento del Espíritu Santo en Argentina a partir del año 1967

Cuando en la década de los sesenta Dios nos visitó con su Espíritu Santo, después de la novedad del bautismo del Espíritu, el hablar en lenguas, las profecías, los dones del Espíritu, lo primero que el Señor instaló entre nosotros fue la adoración. Lo cual era algo nuevo aun para las iglesias pentecostales. Por esa razón este será el primer tema que nos hemos propuesto abordar en esta serie de reuniones mensuales para pastores y esposas.

Mi presentación no será un estudio bíblico sobre el tema, sino un testimonio de lo que Dios hizo en nuestra generación. Mi objetivo es compartirles con mucha sencillez lo que recibimos de Dios, a fin de que las nuevas generaciones reciban de primera mano y no pierdan la esencia de la que vino de parte de Dios.

Introducción

Proverbios 29.18 dice: "Sin profecía el pueblo se desenfrena".
O como dice la NVI: "Donde no hay visión, el pueblo se extravía".
Por eso desde tiempos antiguos Dios se comunicó con su pueblo. Hebreos 1.1 y 2 dice:

 "Dios habiendo hablado muchas veces y de mucha maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo… "

El Hijo es la revelación plena de Dios. Darse a conocer a sí mismo como el Mesías, el Hijo del Dios viviente, fue lo más importante que Jesús reveló a sus discípulos (Mateo 16.16). Y esto conlleva la maravillosa revelación de Dios como Padre. El Unigénito del Padre vino a fin de que su Papá llegue a ser nuestro Papá.

Además, mediante su ejemplo y sus enseñanzas les comunicó la doctrina (didaké) del Padre, la voluntad del Padre para todos los hombres.

Después de estar tres años con sus discípulos, en sus últimos días les dijo:

"Todavía tengo muchas cosas que decirles, pero ustedes no las pueden comprender ahora. Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad, porque no hablará por sí mismo, sino que dirá lo que ha oído y les anunciará lo que irá sucediendo. El me glorificará, porque recibirá de lo mío y se lo anunciará a ustedes". (Juan 16.12-14 – BPD)

Y así sucedió. Cuando vino el Espíritu Santo los apóstoles recibieron la visión completa del Hijo de Dios, y del propósito eterno de Dios. El Espíritu comenzó a revelarles el misterio de Cristo y de la iglesia. En Efesios 3.5, Pablo escribe:
"Misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: "

Por eso cada vez que acontece un avivamiento, una irrupción del Espíritu en la historia, el Espíritu generalmente trae revelación. No una nueva revelación que no haya sido dada a los apóstoles y profetas del primer siglo, sino que Dios derrama espíritu de sabiduría y revelación para que comprendamos lo que ya había sido revelado por Cristo y por el Espíritu Santo a los profetas y apóstoles del primer siglo; revelación que, gracias a Dios, la tenemos registrada en las Sagradas Escrituras, principalmente en el Nuevo Testamento.

Los dos grandes derramamientos del Espíritu en el siglo XX

El primero ocurrió a comienzos del siglo pasado, lo que dio lugar al surgimiento del movimiento pentecostal, que llegó a ser el movimiento religioso de más rápido crecimiento en la historia contemporánea. Luego, en la década de los 60, hubo un nuevo derramamiento del Espíritu en muchos lugares del mundo, con características un poco diferentes al anterior. Fue conocido como movimiento carismático o de renovación. Esta vez abarcó a casi todas las denominaciones tradicionales evangélicas, y aun a los católicos.

Ese segundo derramamiento también ocurrió entre nosotros en Argentina. Algunos de los que estamos hoy aquí, por la gracia de Dios, somos de los primeros que fueron alcanzados por esa ola del Espíritu.

El cuadro de las iglesias evangélicas en la década del 60’

Isaías 44.3, describe muy bien lo que sucedió en nuestra generación.

"Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida; mi Espíritu derramaré sobre tu generación y mi bendición sobre tus renuevos".

En aquellos años en Argentina los evangélicos éramos aproximadamente el 1% de la población. Las iglesias, que se habían establecido gracias a la bendecida y fecunda labor de los misioneros, al desaparecer la mayoría de esos pioneros, estaban pasando un tiempo de sequedad y aridez espiritual. En general se había entrado en una cierta rutina, siempre se oraba de la misma forma, se cantaban de la misma forma, se predicaba de la misma forma, prácticamente se sabía como iba a ser cada reunión.

Sin embargo, en un considerable número de hermanos había sed espiritual. Aunque hubo algunos brotes por aquí y por allí, en general se sentía la necesidad de un avivamiento. Por eso pegó muy fuerte ese coro que decía:

Hazme volver al río de Dios.
Hazme beber de tu río, Señor.
Hazme vivir por el río de Dios.
Hazme volver, hazme beber, hazme vivir.

En 1964, yo tenía 23 años de edad, y estaba muy activo en la obra, pero tenía una gran sed espiritual, buscaba casi desesperadamente ser lleno del Espíritu Santo. Mi búsqueda duró 18 largos meses. Y una noche, frustrado y queriendo dejar todo, orando con lágrimas en mi cuarto, Dios me habló. Me dijo -como quien le sopla un secreto a un amigo al oído- : “Es un don”. Yo había equivocado el camino, pues estaba buscando el premio del Espíritu Santo, que como resultado de mi auto-santificación llegaría el día en que Dios me premiaría con la llenura del Espíritu. ¡Qué revelación fue cuando Dios me dijo: “Es un don”! Estaba de rodillas orando al borde de mi cama, y me invadió tanta paz que me quedé dormido. A la mañana siguiente al despertar, le dije: Señor, si es un don (un regalo), ahora mismo lo voy a recibir. Y allí en mi cuarto aquella fría mañana de Julio 1963, el Señor me llenó con su Espíritu Santo.

Y así, aquí y allá, de diferentes modos y circunstancias, otros hermanos y pastores iban siendo llenos del Espíritu. Keith Bentson y su esposa, Alberto Darling, Iván Baker, Augusto Ericsson, Jorge Pradas, y muchos otros. Al principio la mayoría eran de los hermanos libres; y luego se extendió a pastores y hermanos de todas las denominaciones. Y alabábamos a Dios en nuevas lenguas. A pesar de haber tenido la mayoría de nosotros una fuerte formación anti-pentecostal.

Yo solía leer la Biblia de corrido en mis devociones personales, y recuerdo que en esos días estaba leyendo los profetas menores. ¡Uf, los profetas menores… qué aburrido! Estaba deseando llegar cuanto antes al N.T. Pero cuando recibí la unción del Espíritu, ¡los profetas menores se transformaron para mí en el Nuevo Testamento! La palabra cobró vida. Dios me hablaba. ¡Cómo se transformó mi tiempo de oración! Allí comprendí que para orar no era necesario cerrar los ojos. Aprendí a orar con los ojos abiertos y con la Biblia abierta. Orar la palabra, proclamarla, alabar con la palabra. Y así comencé a recibir revelación sobre la palabra. Se encendían las luces. Todo era nuevo. Era tal el gozo que después de un par de semanas comencé a hablar en nuevas lenguas, sin saber que eso era hablar en lenguas. No lo supe por meses. Desde mi interior brotaban alabanzas a Dios que sobrepasaban mi entendimiento y toda expresión conocida. Era un río. La comunión con Dios se volvió algo apasionante.

Lo mismo les sucedía a otros pastores y hermanos; y cuando nos juntábamos compartíamos la revelación que cada uno iba recibiendo de parte de Dios.
Se abrió así una nueva dimensión en nuestras vidas: LA DIMENSIÓN DEL ESPÍRITU.

La dimensión del Espíritu

Antes de esta experiencia nuestras reuniones habían caído en una rutina. Siempre de la misma forma. Se comenzaba cantando un himno; luego una oración; después otro himno; los anuncios, el mensaje, otro himno, la oración final, y a casa.

Cuando le damos libertad al Espíritu cada reunión es diferente. Pero lo más importante en cada reunión es experimentar aquello inefable que es la presencia de Dios.

Yo recuerdo que antes solíamos usar el versículo de Mateo 18.20 en las reuniones donde asistía poca gente, como un consuelo, diciendo: Hermanos aunque hoy seamos pocos, el Señor dijo: "donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos".

En cambio una reunión en la dimensión del Espíritu se transforma en un encuentro con Dios; porqué el Señor está presente y cada corazón lo siente, lo experimenta, lo vive. La fe se vuelve viva. La palabra cobra vida. El Espíritu se mueve.

Antes estábamos dominados por la dimensión de la mente. Occidente se caracterizaba por la dimensión racional, el conocimiento intelectual. La mente prevalecía sobre el Espíritu. Pero el derramamiento del Espíritu nos llevó a otra dimensión, a la dimensión del Espíritu; nuestro espíritu lleno del Espíritu de Dios. Y todo fue cambiando, todo fue transformándose.

Cantar en el espíritu

Aprendimos a cantar en el espíritu. Coros muy sencillos. Uno de esos coros decía:

 Oh, Dios es bueno.
Oh, Dios es bueno.
Oh, Dios es bueno.
Dios es bueno para mí.

Recuerdo que Orville tomaba el acordeón y nos enseñaba a cantar en el Espíritu y adorar al Señor. Nos decía: El Señor está aquí. Cántale a él. Cierra tus ojos, o ábrelos, si quieres, pero cántale a él. Canta con el corazón. No simplemente con tus labios. Lo que cantas que fluya desde tu espíritu. Por allí se veía a una hermana que después de cantar una, dos o tres veces la misma canción, comenzaba a decir con sus propias palabras: ¡Señor tu eres bueno para mí…! y se le caían las lágrimas. Y otro más allá de rodillas diciendo: ¡Señor, siento tu amor, siento tu amor en mí...! Y así las reuniones fueron cambiando su formato, y entrando en otra dimensión: LA DIMENSIÓN DEL ESPÍRITU.

O este otro coro:

Maravilloso es él, maravilloso es él,
Maravilloso es él, Cristo el Señor…

Cuando aprendimos a cantar en el espíritu, Orville, algún tiempo después, nos enseñó a cantar los grandes himnos que la iglesia cantó en años y siglos anteriores.

A ti, Señor, Omnipotente Dios,
Con humildad alzamos hoy la voz;
- - -

¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! Señor Omnipotente,
Siempre el labio mío loores te dará…
- - -

De Jesús el nombre mis labios nunca callen;
El lirio es del valle, estrella del albor,
Es el Rey de gloria, y en mi corazón
De su amor la historia, por siempre es mi canción.

Es un canto de libertad…
- - -

Oh, Dios eterno, tu misericordia
Ni una sombra de duda tendrá;
Tu compasión y bondad nunca fallan,
Y por los siglos el mismo serás.

¡Oh, tu fidelidad! ¡Oh tu fidelidad!
Cada momento la veo en mí,
Nada me falta, pues todo provees.
¡Grande, Señor, es tu fidelidad!

Cantar la Palabra

En esta nueva dimensión del Espíritu surgió una nueva himnología. Comenzamos a cantar la palabra. Cantar las gloriosas verdades de la palabra de Dios.

Salmo 23.
Jehová es mi pastor nada pues me faltará…

Isaías 44.6
Así dice Jehová.
Así dice tu Redentor:
Yo soy el primero,
Yo soy el postrero,
Y fuera de mí no hay Dios.

Efesios 1.3-14
Bendito sea el Padre, de nuestro Salvador,
Que nos ha bendecido con toda bendición.

¿Qué es lo que acciona el espíritu? La fe. La fe en la palabra.
Cuando yo creo la palabra con todo el corazón, y la canto, es entonces que entró en la dimensión del espíritu. Porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación.

¿Creo que Jehová es mi pastor, y que nada me faltará?
¿Creemos que el Padre nos ha bendecido con toda bendición espiritual?
Si lo canto sin creer, no pasa nada. Pero si lo canto creyendo cada palabra, me fortalezco, soy renovado en el espíritu de mi mente, soy transformado.

Y llega un momento que ni las palabras nos alcanzan. Desbordamos, nos brotan nuevas lenguas, queremos danzar, queremos volar… casi somos transfigurados.
Y en este ambiente de fe, de presencia de Dios, vienen las profecías, se manifiestan los dones, ocurren milagros, visiones, revelaciones. Sabemos que adoramos a un Dios vivo, real, cercano, presente. Que habla, que sana, que liberta, que salva, y que hace maravillas.

Adoración

Antes sabíamos cantar, orar, predicar, enseñar. Pero no sabíamos lo que era adorar. Yo pensaba que adorar era cantar algún himno que incluyera la frase “Te adoramos…” No tenía idea. Dios es espíritu, y los que le adoran es necesario que lo hagan en espíritu y en verdad. Solo se puede adorar en la dimensión del Espíritu. Adorar es postrarse delante de alguien que está presente, es postrarnos ante la majestad de Dios. Adorar es encontrarse con Dios y rendirle máxima reverencia, gloria, honra, amor; es entregarnos por completo; es darle todo a él. Es reconocer que todo es suyo, y entregárselo de corazón. Es reconocer su grandeza y humillarnos ante Él reconociendo nuestra pequeñez. Adorar es besar el suelo, el polvo, reconociendo que somos polvo, nada, y que todo viene de él.

Tuya es, oh Jehová, la magnificencia y el poder.
Tuya también la gloria, victoria y el honor.
Tuyos los dominios, oh Jehová,
Y tú eres excelso sobre todo. (1 Crónicas 29.11)
La antesala de la adoración es la contemplación, y la contemplación nos lleva a la admiración, nos quedamos embelezados por él, maravillados por su majestad, su poder, su reino, su fidelidad, su firmeza. Somos conmovidos por su amor, su misericordia, su gracia, su fidelidad, su hermosura. Vienen las lágrimas, el gozo. Experimentamos lo inexplicable, lo inefable, en la adoración entramos en la esfera de la eternidad.

 Cristo, Cristo, Cristo,
Nombre sin igual para mí que encanta el corazón.
Cristo, Cristo, Cristo,
A tu amor me rindo en sincera adoración.
- - -

 Cristo, Cristo, Cristo es tu nombre sin igual.
Amo, Maestro, Cristo; cual fragancia tras la lluvia.
Cristo, Cristo, Cristo; te proclame todo ser.
/Reyes y reinos pronto pasarán,
Mas tú permanecerás. /

El Espíritu es creativo, siempre es nuevo, crea nuevas canciones, nuevas expresiones. Pero hay veces que para expresar lo que sentimos usamos una sola palabra: ¡Aleluya! Y la repetimos no se cuántas veces. Es que no es simplemente una palabra, con los ojos de la fe estamos viendo a Dios en su trono, en su majestad, en su gloria, y le decimos: ¡Aleluya! ¡Aleluya! ¡Aleluya! Cada nuevo ʹAleluyaʹ, no es una repetición, es un nuevo ¡Aleluya! Es como el río. Es el mismo río, pero las aguas que corren no son las mismas, son siempre nuevas.
El que no conoce la dimensión del Espíritu, no entiende esto, piensa: Qué aburrido… Repiten y repiten la misma palabra. Pero al que está viendo a Dios, no le resulta nada aburrido, más bien quiere que ese momento no se acabe nunca. El Espíritu nos conecta con la dimensión celestial, con el trono de Dios, con la multitud de ángeles que le alaban en la dimensión eterna.

La esencia que no podemos perder.

Luego vinieron nuevos coros y también nuevos instrumentos. Al acordeón le agregamos una guitarra; después el órgano electrónico, la trompeta... Más adelante, con el avance de la tecnología vinieron los teclados, sintetizadores, baterías, guitarras eléctricas, bajos, etc. Todo está bien. El Salmo 150 cobró vida, "alabadle con cuerdas y flautas, alabadle con címbalos resonantes…"

Pero hay un peligro sutil: quedarse con las nuevas formas, el nuevo estilo, la nueva himnología, y perder la esencia.
¿Cuál es la esencia? La presencia de Dios; el Espíritu; el encuentro con Dios.

Si está la esencia, y queremos agregarle 120 instrumentos y armar una orquesta sinfónica, podemos. Sería maravilloso. A mí me encanta. El peligro es que una buena orquesta o una banda con 5, 10 ó 15 buenos músicos y buenas voces, suena muy bien, y casi pareciera que no necesitamos al Espíritu Santo. Es muy fácil quedarse con la forma y perder la esencia.

Hoy la mayoría de las Iglesias Evangélicas de América Latina y del mundo ha renovado sus instrumentos y su himnología. Hoy hay más profesionalidad, canciones muy lindas y modernas, ejecutantes y cantantes excelentes en muchos casos, pero ¿Dónde está el Espíritu; el mover del Espíritu Santo en la reunión? ¿Qué lugar le damos al Espíritu para hacer y decir lo que Dios quiere a su pueblo?
Eso es lo que no podemos perder, lo que no podemos dejar. Eso es lo que Dios ha restaurado, su presencia en medio de su pueblo, la gloria de Dios llenando su casa.

En el lugar santísimo

Qué maravilloso es saber que el velo ha sido roto; que tenemos libertad para entrar al lugar santísimo, a la misma presencia de Dios.

Uno de los primeros coros que cantábamos en la casa de Alberto Darling fue:

Aleluya, aleluya,
Tras el velo penetré y su gloria allí hallé.
Aleluya, aleluya,
Hoy yo vivo en la presencia de mi Rey.
Antes el sacerdote solo podía entrar hasta el lugar santo. Pero cuando Cristo murió el velo se rompió.

En el A.T. el santuario era algo visible, algo material; ya sea el tabernáculo o el templo. La gente lo podía ver con los ojos físicos. Todo lo cual era una mera figura del santuario invisible: el santuario celestial, de la verdadera presencia de Dios.

Hebreos 12 dice: "Ustedes no se han acercado al monte que se podía palpar, al fuego, al sonido de la trompeta… ustedes se han acercado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalén la celestial…"

Es decir, no se han acercado a la dimensión material, sino a la dimensión espiritual…

Todo eso que en A.T. se podía ver, palpar, oler, percibir por medio de los cinco sentidos era solo una maqueta del verdadero santuario.

En cambio ahora tenemos acceso a ese santuario que está en la dimensión del espíritu. Ahora por la fe vemos al Invisible; contemplamos al Rey de los siglos; entramos al santuario celestial en plena certidumbre de fe; y vemos a Aquel que está sentado en el trono, y al Cordero. Nos unimos al coro celestial y con ellos adoramos cantando:

Al que está sentado en el trono,
Y al Cordero, sea la alabanza,
Y la honra, y la gloria y el poder,
Por los siglos de los siglos. Amén.
La letra de esta alabanza esta tomada literalmente de Apocalipsis 5.13. La música la compuse yo; pero en realidad yo no la compuse, yo la escuché en mi espíritu mientras adoraba a Dios en la sala de mi casa con la Biblia abierta en este capítulo, estaba leyendo y adorando, cuando escuché esta melodía cantada con las palabras del versículo 13. Tomé la guitarra y comencé a cantarla yo también.

Espíritu de sabiduría y de revelación

Pablo escribiendo a los efesios dice: Les escribo esta carta, pero mientras lo hago, ruego a Dios, "el Padre de gloria, que les de espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro corazón para que sepan cuál es la esperanza a la que él los ha llamado…" (Efesios 1.17-18). Era importante escribirles la carta, pero no era suficiente; por eso oraba pidiendo que ocurriera en ellos esta obra sobrenatural que se llama ʹrevelaciónʹ.

Cuando en el espíritu entendemos a Dios, lo conocemos, comprendemos su voluntad, se abre en nuestras vidas y en la vida de la iglesia una nueva dimensión de las abundantes riquezas de gloria y del poder sobrenatural que tenemos en Cristo Jesús.
Así la palabra se torna viva; y por la revelación vemos lo que Dios ve; oímos lo que Dios dice; experimentamos los que Dios nos ha dado; y somos transformados a su imagen y semejanza.

La iglesia de occidente había quedado atrapada, limitada a la dimensión de la mente, del conocimiento intelectual, pero este mover del Espíritu vino para introducirnos a esta esfera del conocimiento espiritual, que no es nada extra bíblico, sino por medio de la Palabra registrada en la S.E. No queremos nada fuera de la Palabra, menos contra la Palabra, pero la Palabra con el Espíritu se hace luz, cobra vida; y nuevamente el Verbo (la Palabra) se hace carne, esta vez en nosotros.

Conclusión

El primer punto de la visión es este: ʹla dimensión del Espírituʹ. Todo lo demás va a funcionar, si funcionamos en esta dimensión.

Yo soy del siglo pasado, disculpen los más jóvenes que he usado himnos y canciones de hace varias décadas, es que son los que domino y conozco. Para nada estoy pretendiendo que volvamos a las canciones de hace 30, 40 ó 50 años, -aunque el buen maestro saca de su tesoro cosas viejas y cosas nuevas-. Lo importante es que no perdamos la esencia; y si la perdimos, procuremos recuperarla. Que volvamos a la sencillez, al primer amor, al Espíritu, a la presencia de Dios.

La esencia siempre se expresará en formas concretas y exteriores; pero quedarnos con las formas, aunque sean más lindas y agradables, sin la esencia, es solo apariencia. Y todo lo religioso y litúrgico suele correr ese riesgo.

Prioricemos al Espíritu Santo en todo.

Hazme volver al río de Dios,
Hazme beber, de tu río, Señor,
Hazme vivir por tu río, Señor,
Hazme volver, hazme beber, hazme vivir.

A CONTINUACIÓN (To be continued)

Ahora estamos viviendo 500 años después de la reforma con Martín Lutero. Estamos agradecidos por lo que él hizo, pero no vemos la Iglesia...