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EL PODER DE DIOS Víctor Rodríguez


La normalidad de la vida cristiana es un fenómeno extraordinario por los cambios que se producen a causa de la irrupción del Espíritu Santo en una persona. Lo que habita la Trinidad, ahora mora en los hombres. Sin esta llenura también es posible vivir, pero no la vida cristiana en su hermosura y plenitud.
El apóstol Pedro en la conclusión de su mensaje en Pentecostés, después de proclamar que al que crucificaron “Dios le ha hecho Señor y Cristo”, señaló la entrada al Reino por la puerta estrecha: “Arrepentíos y bautícense cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hechos 2.36-38).
Se destacan los pasos que marcó el apóstol Pedro: Arrepentimiento, bautismo en agua y la llenura del Espíritu Santo. ¿Cuál de estos pasos es el más importante? Según este mensaje del apóstol, ninguno en particular, es un paquete, van juntos, no son opciones.
La aclaración del Señor a sus discípulos antes de su ascensión es muy significativa: “quedaos en Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto” (Lucas 24.49). Él no dijo: “Ya se arrepintieron, ya se bautizaron, es suficiente”. De ninguna manera, la llenura del Espíritu es lo que hace posible el caminar en la voluntad de Dios.
¿Qué sucesos ocurren cuando acontece este bautismo de Espíritu Santo y fuego?
Se abren cinco canales de poder:

Poder para relacionarnos con Dios

Hechos 1.8 nos dice: “recibiréis poder y me seréis testigos…”. Es el poder para ver a Dios, primero en el hecho de Cristo, en esta gran salvación, para luego contemplarlo, amarlo, siendo seducidos por él.
De allí en más la oración no es una carga, una disciplina o un deber que cumplir, sino un deseo y un hambre de estar con él. No para conseguir o pedirle cosas, sino para pasar tiempo con Dios.
Esta expresión “me seréis testigos” aparece porque también contemplaremos sus movimientos en nosotros, en otros, en las distintas situaciones, en la iglesia, en el planeta, en el universo, en los tiempos para participar juntamente con él. Aun en las cosas más simples tenemos esta relación con él, entonces se convierten en acontecimientos.
“Me seréis testigos” no tiene que ver con repetir automáticamente algo que nos contaron, sino algo que vimos. ¿Quién puede quitarle a una persona lo que vio?

Poder para enfrentar a Satanás

Luego de que Jesús fue bautizado y el Espíritu descendió sobre él como paloma, fue impulsado al desierto para enfrentarse al diablo, y aquí comenzó el conflicto hasta el día de hoy.
Las personas llenas de Espíritu son las que invaden, establecen el reino de Dios y echan fuera demonios. El libro de los Hechos nos muestra que era imposible frenar a los discípulos aun ante  ataques e impedimentos del enemigo.
Los que permanecen llenos del Espíritu también son tentados como lo fue Jesús, pero a causa de esta plenitud, el diablo no tiene lugar por donde introducir sus maquinaciones.
El conflicto es grande pero: “mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo”, y hemos sido hechos “más que vencedores por medio de aquel que nos amó”.
El poder del Espíritu no solo es para la defensa, sino especialmente para el ataque. “Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” (1 Corintios 10.4,5).

Poder para edificar la iglesia

Y para esto fueron dados por el Señor los ministerios: “Y él mismo constituyó a unos apóstoles; a otros profetas; a otros evangelistas; a otros pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo”, Efesios 4.11-12.
Estos ministerios en el poder del Espíritu equiparán al cuerpo de Cristo de manera que cada hijo de Dios, lleno de este poder, ministre al resto con la gracia que el Señor le dio a él. Dicho de otra manera, la iglesia edificando a la iglesia.

Poder para evangelizar al mundo

El llamado que el Señor hace en Pentecostés es a personas llenas del Espíritu Santo para que vayan a las naciones, partiendo de Jerusalén (Hechos 1.8).
Este poder en aquellos discípulos se manifestó de distintas maneras: En el fluir del fruto del Espíritu, en el denuedo para presentar a Cristo con persecuciones, en los milagros, prodigios y señales, en las distintas expresiones del amor, en la unidad de la iglesia, en el testimonio atractivo de la iglesia, en llegar por la oración a lugares no alcanzados por el evangelio para luego concretarlos, en levantar obreros para la extensión del reino de Dios, en el crecimiento extraordinario de la iglesia por un mover maravilloso del Espíritu entre los no alcanzados. Sin duda esta lista está incompleta, pero el mismo Espíritu que operó en Hechos está hoy en y entre nosotros para hacer lo mismo.

Poder para esperar la venida del Señor

Este poder del Espíritu nos hace conscientes del fin de los tiempos y del juicio eterno. Y se cumple   la parte final del evangelio que predicamos: La vida eterna, junto a Cristo, en el cielo al que otros se nos adelantaron.
Nos hace conscientes de las señales antes de su advenimiento. Entendemos esa parábola de mirar la higuera cuando florece, pues quiere decir que el verano está cerca.
Nos anima a estar preparados para el encuentro con el Señor, porque seremos arrebatados, y en un abrir y cerrar de ojos nuestro cuerpo será como el cuerpo glorificado de Jesús después de la resurrección.
La llenura del Espíritu le da al cristiano una identidad que le hace decir que él no es de aquí, que es un ciudadano del cielo.
Y por supuesto, imprime una nota de urgencia para alcanzar al hombre para Cristo, y que se salve no solo del pecado sino del castigo eterno.
El apóstol Pablo habla de la llenura del Espíritu en tono imperativo, como un mandamiento: “Sed llenos del Espíritu” (Efesios 5.18). Nuestro ser está diseñado para ser habitado por Dios y nuestra personalidad no se completa sin esta llenura. Así lo dice también Pablo: “¿O ignoráis que vuestro cuerpo es el templo del Espíritu Santo? (1 Corintios 6.19).

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