EL OCASO DEL PODER CENTRALIZADO Oscar Gómez



Para que la iglesia pueda crecer y expandirse en los próximos años deberá cambiar el  concepto de poder.

“Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”  Mateo :25-28

Aquí Jesús nos enseña el verdadero ejercicio de autoridad. No se trata de dominación, concentración o absolutización, sino que su rasgo predominante es el servicio y el sacrificio. La palabra “enseñorear” que refiere el texto proviene del original “katakurieuo”, significa ejercer o conseguir dominio sobre, enseñorearse. Se aplica al dominio de los demonios sobre los hombres (Lucas 8:29). También destaca el uso incorrecto de autoridad de los ancianos al enseñorearse de los santos que están bajo su cuidado (1º Pedro 5:3)

Una nueva característica del poder.

Moisés Naím, en su libro “El fin del poder” expresa lo siguiente:

“El poder es cada vez más débil, más transitorio, más limitado ¿De qué manera estas nuevas características del poder están configurando el mundo actual, tanto para los más poderosos como para la mayoría de la población? Podemos mencionar tres grandes revoluciones que afectan al poder centralizado: 1) la revolución del más, referida al aumento de todo: niveles de vida, educación, salud, países, esperanza de vida, información, relaciones con otras personas, etc.; se trata de cambios que hacen que muchos de los factores que permitían ejercer un poder hegemónico dejen de ser eficaces; 2) la revolución de la movilidad significa que todos estos cambios se expanden y circulan cada vez más; más gente, dinero, productos, tecnología, información, estilos de vida se mueven a menor coste y a más lugares; los migrantes transfieren más remesas a sus lugares de  origen, pero también transfieren ideas, aspiraciones, técnicas e incluso movimientos religiosos y políticos que minan el poder y el orden establecido en sus lugares de destino; 3) Finalmente, la revolución de la mentalidad, referida a los grandes cambios en la forma de pensar, las expectativas y aspiraciones que acompañan a las transformaciones mencionadas; podemos llamarla la revolución de las expectativas crecientes entre lo que la gente espera y lo que sus gobiernos pueden darle. Otro vector del análisis es la fragmentación del poder que resulta en la confrontación de los grandes poderes tradicionales con los múltiples micropoderes. El poder de los micropoderes reside en su capacidad de vetar, contrarrestar y limitar el margen de maniobra de los grandes actores, y tienen la ventaja de que al ser más pequeños son más ágiles, además de que su estructura es menos rígida que la de los grandes poderes, por lo general, estos micropoderes están en manos de actores progresistas y bien intencioniados que buscan el bien común, pero también de aquellos que persiguen solo sus propios intereses. Todos tienen el poder suficiente para impedir las iniciativas de los demás, es difícil imponer una línea de actuación y en consecuencia las decisiones no se toman, se toman demasiado tarde o se diluyen resultando ineficaces. Las nuevas características del poder quedarán a merced de las transformaciones demográficas y económicas, con los cambios políticos y con la ampliación de las expectativas, los valores y las normas sociales. Cada vez más las minorías mandan. Cada vez menos gobiernos disfrutan de la mayoría en los Parlamentos. Uno de los síntomas más evidentes y problemáticos de la degradación del poder es la capacidad de veto por parte de los actores pequeños. Esta tendencia irá en aumento. No obstante, esta fragmentación excesiva del poder y la incapacidad de los principales actores de ejercer el liderazgo son tan peligrosas como la concentración del poder en unas pocas manos. Urge  cambiar nuestra forma de pensar el poder para poder enfrentar una oleada de innovaciones que empezará desde abajo, será caótica y lenta pero inevitable”

La lección de la primera iglesia en Jerusalén.

“…y todos fueron esparcidos por las regiones de Judea y Samaria, excepto los apóstoles” (Hechos 8:1)

“Pero los que fueron esparcidos, iban por todas partes predicando la palabra” (Hechos 8:4).

La iglesia naciente había experimentado un crecimiento cuantitativo y cualitativo fenomenal. Miles se habían convertido al Señor, lo que trajo como consecuencia concentración del poder, masificación, la necesidad de estructurar, sendos conflictos entre las diversas razas y culturas que conformaban esa comunidad (Hechos 6) y otras cuestiones en el liderazgo. Hasta que el Espíritu Santo los dispersó. Si algún tenía la idea de formar una “mega-iglesia” o un especie de “imperio del evangelio” de acuerdo a los patrones que hoy conocemos, Dios mismo se encargó que esto no sucediera.

“Micro-comunidades” clave de expansión para un nuevo tiempo.

La masificación de los creyentes produce inevitablemente un poder concentrado, monopólico y monolítico, aquello que la gente resiste cada vez más. La renovación del Espíritu Santo sin lugar a dudas trajo aparejada una nueva comprensión de autoridad y de ser iglesia. Aquellos que anhelamos el progreso de la obra del Señor y el establecimiento de su reino en la tierra necesitamos entender estas cosas.  
Una comunidad que vive en sencillez, conformada por servidores, reunida en grupos cuyo tamaño pueda ser atendido sin inconvenientes ni grandes erogaciones, será la respuesta para un mundo que no responde al concepto tradicional de poder. Para que esto llegue a ser una realidad, la iglesia requerirá practicidad y humildad, ser pequeña en su tamaño funcionando como “micro-comunidades” establecidas en cada barrios y ciudad.






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