DANDO A LUZ LA IGLESIA QUE DIOS ANHELA



Oración con dolores de parto.

Necesitamos aprender a tocar el trono de Dios orando con dolores de parto. La primera iglesia nació por conducto de un grupo de 120 discípulos que se habían dedicado a la oración (Hechos 1:13-15). 

Las expresiones del Cuerpo de Cristo en las escrituras se forman de la misma manera, esto es, entrando en las agonías del Señor. 

Por lo común, el Señor responde a semejante oración proveyendo un obrero que establece iglesias que ayuda el nacimiento de una nueva comunidad o uniendo a varios creyentes de visión y carga análogas, que asistan a su concepción. 
No debemos olvidar nunca que la iglesia es un cuerpo vivo; por eso, no puede ser edificada con los precipitados impulsos del hombre natural. El nacimiento de una iglesia requiere la clase de oración con dolores de parto que caracterizó la vida de Nehemías y de Daniel. Fue sólo cuando estos hombres empezaron a sufrir dolores de parto orando respecto al presente desorden en que vivían, que Dios mostró su fidelidad en traer a otros para que estuviesen con ellos y en cumplir la visión que había depositado en el corazón de ellos (Nehemías 1—2; Daniel 9—10). 

Luego, la oración es un rasgo decisivo para recibir el poder del Espíritu Santo —un poder que es necesario para  traer a la existencia y alimentar el Cuerpo. La iglesia no se hace con las manos de arcilla humana, sino con el aliento del Espíritu eterno. Recordemos cómo edificaron el antiguo templo sin el ruido de maquinaria terrenal (1 Reyes 6:7). Aquel incidente establece un principio crucial. Concretamente, que la iglesia de Jesucristo no puede ser formada nunca con la obra laboriosa y el sudor del hombre natural; debe ser dada a luz desde el cielo. Leamos las palabras de Russell Lipton a este respecto: 

"Es tan sólo por medio del Espíritu Santo que la iglesia es edificada, no por la habilidad de nuestros proyectos, y planes, y comités, y campañas. Con frecuencia somos demasiado inteligentes como para admitir que estamos dependiendo de nuestra propia fuerza más bien que del Espíritu Santo... pero es así" (Does the Church Matter? [¿Importa la iglesia?]). 

Por consiguiente, si estamos dispuestos a involucrarnos hondamente en la batalla, por esos elementos que reflejan el objeto de Dios y el propósito de Dios para la iglesia, El será fiel en responder. La receta de Pablo para edificar la iglesia resume esto muy bien: "Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros" (Gálatas 4:19). Desde este punto de vista, John W. Kennedy hace la siguiente observación: 

"La medida en que Dios puede usarnos para el establecimiento de la iglesia, es la medida de nuestro sometimiento a El y de nuestra libertad de las ataduras de la tradición y de otras implicaciones humanas que obstaculizan el obrar de Dios. Entonces no será necesario traer la iglesia a la existencia mediante persuasión. El Espíritu Santo mismo hará surgir el impulso que hace nacer una asamblea... el hecho de erigir un edificio o establecer la observancia de la Mesa del Señor o de una cierta forma de congregarse, todavía no han constituido nunca una iglesia. Sin una ardiente visión del propósito del Señor y sin el apremio del Espíritu Santo para obedecer, cualquier modelo habrá de permanecer tan sólo como una ficción vacía" (Secret of His Purpose [El secreto de su propósito). 
  

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