NUESTRA RESPONSABILIDAD COMO PADRES Jorge Himitian

                                                                                                 

Quiero felicitar y honrar a todos los padres en su día. Todos tenemos o hemos tenido un padre, honramos en este día a nuestros padres o la memoria de ellos. Sus enseñanzas, su ejemplo, su permanente presencia modelando nuestras vidas. 
En nuestro país celebramos un día al padre y otro a la madre, pero en la Biblia, generalmente, padre y madre son honrados en forma conjunta. El 5° mandamiento dice: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da”.   
Hoy quiero hablarles acerca de la principal responsabilidad de los padres, según la palabra de Dios.   En Deuteronomio 6.1-9 encontramos las instrucciones que Moisés le da a la nueva generación.   
Estos, pues, son los mandamientos, estatutos y decretos que Jehová vuestro Dios mandó que os enseñase, para que los pongáis por obra en la tierra a la cual pasáis vosotros para tomarla; para que temas a Jehová tu Dios, guardando todos sus estatutos y sus mandamientos que yo te mando, tú, tu hijo, y el hijo de tu hijo, todos los días de tu vida, para que tus días sean prolongados.  Oye, pues, oh Israel, y cuida de ponerlos por obra, para que te vaya bien en la tierra que fluye leche y miel, y os multipliquéis, como te ha dicho Jehová el Dios de tus padres. Oye, Israel (SHEMA ISRAEL): Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.  Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma,  y con todas tus fuerzas.  Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón;  y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa,  y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.  Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos;  y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.  
Los mandamientos de Dios son para ponerlos por obra, nosotros, nuestros hijos y nuestros nietos (v.2). Aquí está el gran mandamiento de la ley. Y junto al mayor de todos los mandamientos, y en forma inmediata, está este otro: “las repetirás a tus hijos”, en casa, por el camino, al acostarnos, al levantarnos…  
Por eso con toda propiedad podemos declarar que la tarea principal de los padres es enseñar -por repetición- la palabra de Dios a nuestros hijos, y transmitirles la visión acerca de Dios, sus grandes obras, su gran obra en Cristo, y sus mandamientos. Un dicho en latín dice: “Repetitud mater estudiorum” [La repetición es la madre de la enseñanza].   
En la Biblia encontramos una generación que cortó esta cadena de transmisión a sus hijos   Jueces 2.6-10:
Porque ya Josué había despedido al pueblo, y los hijos de Israel se habían ido cada uno a su heredad para poseerla. Y el pueblo había servido a Jehová todo el tiempo de Josué, y todo el tiempo de los ancianos que sobrevivieron a Josué, los cuales habían visto todas las grandes obras de Jehová, que él había hecho por Israel. Pero murió Josué hijo de Nun, siervo de Jehová, siendo de ciento diez años. Y lo sepultaron en su heredad en Timnat-sera, en el monte de Efraín, al norte del monte de Gaas. Y toda aquella generación también fue reunida a sus padres. Y se levantó después de ellos otra generación que no conocía a Jehová, ni la obra que él había hecho por Israel. 
Uno de los libros más tristes de la Biblia es de los Jueces. Todo el desastre y la degradación moral que fueron viniendo después, se debieron a una generación que falló al no transmitir a sus hijos la palabra de Dios. Esto siguió así hasta surgió el profeta Samuel. ¿Cómo surge este profeta? Una mujer estéril, llama Ana, pidió a Dios con lágrimas un hijo. Dios le respondió, y llamó a su bebé: Samuel. Cuando el niño tenía unos 7 años, lo entregó al sacerdote Elí. Y cada año visitaba al niño con su esposo. A pesar de lo mal sacerdote que era Elí, y a pesar de la nefasta conducta de sus dos hijos sacerdotes también, Samuel fue un hombre santo y recto ante Dios, e hizo volver a Israel a los caminos de Dios, y fue quien instituyó a David como rey de Israel.  Lo mismo podemos decir que hizo la madre de Moisés con él.   
Es muy importante darle continuidad a la cadena de la transmisión generacional.   
Salmos 78.1-8 dice: 
Pueblo mío, atiende a mi enseñanza; presta oído a las palabras de mi boca. Mis labios pronunciarán parábolas y evocarán misterios de antaño, cosas que hemos oído y conocido, y que nuestros padres nos han contado.  No las esconderemos de sus descendientes; hablaremos a la generación venidera del poder del SEÑOR, de sus proezas, y de las maravillas que ha realizado. Él promulgó un decreto para Jacob, dictó una ley para Israel; ordenó a nuestros antepasados enseñarlos a sus descendientes, para que los conocieran las generaciones venideras y los hijos que habrían de nacer, que a su vez los enseñarían a sus hijos. Así ellos pondrían su confianza en Dios y no se olvidarían de sus proezas, sino que cumplirían sus mandamientos. Así no serían como sus antepasados: generación obstinada y rebelde, gente de corazón fluctuante, cuyo espíritu no se mantuvo fiel a Dios.    
En este Salmo encontramos una firme determinación de un anciano:  
Salmos 71.17-18
Tú, oh Dios, me enseñaste desde mi juventud, y aún hoy anuncio todos tus prodigios. Aun cuando sea yo anciano y peine canas, no me abandones, oh Dios, hasta que anuncie tu poder a la generación venidera,  y dé a conocer tus proezas a los que aún no han nacido.
Es aun la responsabilidad de los abuelos. Además esto mismo es totalmente válido en nuestra responsabilidad para con nuestros hijos espirituales. Así lo vemos en 2 Timoteo 2.2:  
Lo que has oído de mí ante muchos testigos,  esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros.   
Disfrutemos de este día junto a nuestros hijos y cumplamos con esta alta tarea de encaminarlos en la palabra de Dios.

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