LA TRIBUNA NOS ALIENTA Jorge Himitian



Todos estamos, de una manera u otra, en carrera. Corremos, nos esforzamos, intentamos alcanzar nuestras metas. Es la carrera de la vida, pero, ¿cuál es nuestro objetivo, tras qué cosas se nos va la vida? Te invito a levantar tus ojos y mirar esa tribuna invisible que nos alienta seguir con paciencia hasta el final.
Por tanto, también nosotros, que estamos rodeados de una multitud tan grande de testigos, despojémonos del lastre que nos estorba, en especial del pecado que nos asedia, y corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante. Fijemos la mirada en Jesús, el iniciador y perfeccionador de nuestra fe, quien por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios (Hebreos 12.1-3).
En el texto de Hebreos, el escenario de esta carrera es similar al de un circo romano. En Roma había dos circos que aún están allí. La nube de testigos que se menciona, es la multitud que está en las tribunas. Y a mí me da la impresión de que el autor habla de una carrera de postas. Como si el que acabara de terminar la carrera se sumase a la tribuna para alentar desde allí a los atletas de su equipo que siguen corriendo. Pensemos en aquellos que hoy ya no están entre nosotros, pero que corrieron esta carrera en el Señor. Es como si nos alentaran desde esa tribuna celestial.
Es la carrera de la vida. Todos corremos, pero detrás de qué. ¿Cuál es nuestra meta? Esta es la carrera de la fe. Por eso dice el apóstol Pablo: “He acabado la carrera, he guardado la fe”.

Una multitud de testigos  

Alcemos los ojos para ver cómo nos alientan aquellos que anduvieron antes que nosotros:  Abel, por la fe ofrendó lo mejor a Dios. Enoc, por la fe caminó con Dios. Noé, por la fe preparó el arca. Abraham, por la fe obedeció a Dios. Sara, por la fe recibió fuerzas para concebir en su vejez, Isaac, Jacob, José, Moisés, Esteban, Pedro, Pablo, Juan. Los santos de todos los siglos.
Pienso en mis abuelos, en mi madre, en mi padre, en mis suegros, en tantos otros que nos precedieron. Están en la hinchada, y nos alientan. “Sigan, no aflojen, vale la pena. Es la única carrera que cuenta”. Son los testigos de los que habla Hebreos. ¿Testigos de qué? Testigos de que Dios es real. ¡Atestiguan que es verdad todo lo que creímos! Nos aseguran que Dios es grande, es maravilloso, que vale la pena vivir para Dios. Que el cielo es real. Que vale la pena servir a Dios. Todo lo otro es vanidad. Es efímero…
Es como si nos pidieran: “Hagan tesoros en los cielos. Vivan enteramente para Dios. Prediquen la Palabra, hagan discípulos. Traigan a muchos aquí. Es lo único. No hay nada mayor, no hay nada mejor”.

¿Cómo correr esta carrera? 

Despojándonos de dos cosas: del lastre, es decir de los obstáculos, y del pecado que nos rodea.  Corriendo con paciencia y perseverancia. Poniendo nuestros los ojos en Jesús. Nuestra meta, nuestro modelo, nuestra inspiración, el autor de nuestra fe, y el que la completa. Y finalmente, por el gozo puesto delante, suframos la cruz y menospreciemos el oprobio.  Sigamos adelante, no nos detengamos, hagámoslo con paciencia, nuestro galardón y recompensa están adelante.

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