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LA SENCILLEZ DE JESÚS Ivan Baker


EN TODO MOSTRÓ SU SENCILLEZ

En cuanto a la sencillez de Jesús, lo primero que tenemos que destacar es que:

A) Era humilde.

Como discípulos de Jesús, los que hemos encarnado su mismo ministerio, debemos oír su mandamiento: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón…” Mateo 11.29. Nos damos cuenta que no puede haber nada más contrario a Cristo que un espíritu orgulloso. Al menos hay expresiones bien definidas en que se manifiesta el espíritu de orgullo:

a) Querer ser alguien, tener dotes espirituales, ser brillante, sobresalir.
b) Querer ser servido, mandar, tener autoridad, procura de liderazgo.
c) Querer ser honrado, buscando posición, dinero, posesiones, etc.

Si es que nuestro carácter no ha sido debidamente tratado por Dios, tenemos que tener cuidado. Porque siendo obreros que aspiran a cargos de responsabilidad en la Iglesia, muy fácilmente esa aspiración puede transformarse en una intención carnal, apeteciendo alcanzar liderazgo. En realidad la iglesia ofrece el más alto de los liderazgos porque allí actuamos de parte de Dios mismo, y tenemos influencia sobre las almas y los espíritus. Nos miran como representantes de Dios y nos brindan el más alto amor y respeto. Y debe ser así. Dios manda que se ame y respete a sus obreros. Pero Dios también pone mucho cuidado en amonestarnos, no sea que de repente nos apropiemos de alguna gloria que sólo corresponde al Señor; que nuestra carne comience a gustar y a beber de la fuente de orgullo. Ejemplo: Diótrefes 3º Juan 9; Pablo y su aguijón 2º Corintios 12.7

Por eso nos conviene marcar claramente este aspecto en la vida de Jesús: su humildad e imitarlo. A través de Jesús se manifiesta la humildad de Dios. La cuna en el pesebre, la modesta casa de Nazaret, la carpintería de José y la modesta vida de Jesús; no fueron circunstancias que se dieron al azar sino que obedecieron a una deliberada situación de Dios. Fue el entorno adecuado que escogió para su Hijo. Él tenía que ser ejemplo de humildad como eficaz antídoto del orgullo del hombre. Evidentemente el dueño del universo ha querido dejar bien marcada la lección de la modestia. No cabe en un discípulo de Cristo el afán por alcanzar posición, fama entre los hombres o riquezas materiales.

Pero no sólo nos dio el ejemplo, sino también el mandamiento: “… sea el mayor entre vosotros como el más joven, y el que dirige como el que sirve”. Lucas 22.26

B) No era pretencioso.

La sencillez de Jesús también se notaba en que para hacer la obra no echaba mano a ningún recurso especial. Al adoptar este modo de obrar, lejos de limitarse, se le abrían todas las posibilidades. Cualquier lugar o circunstancia era recurso adecuado para cumplir su ministerio. Esto hacía que él estuviera permanentemente en contacto con la gente y que fuera accesible a todos. En la imitación de Jesús todo el andamiaje mundano y ostentoso se desploma y la iglesia vuelve a su imagen primitiva de la humildad.

La iglesia deja sus posesiones, grandes edificios e instituciones e invierte su dinero en misiones, obreros y los pobres y necesitados de la grey. Para la predicación y el ministerio adopta los recursos comunes que se dan naturalmente. La iglesia deja de estar escondida cómodamente en sus edificios y se vuelca a las calles, las avenidas, las plazas buscando los grandes lugares de  aglomeración para predicar y ganar a los pecadores. Los hogares vuelven a ser los centros donde se forman los discípulos.

Veamos algunas cosas más que hacen a la sencillez en la imitación de Jesús:

a) Ubicarnos como instrumentos de Dios y no como los que hacemos la obra.

Cristo es la vid, nuestro Padre es el labrador, nosotros somos los instrumentos en las manos del labrador. Nosotros predicamos, él, por medio del Espíritu Santo convence de pecado y convierte. Nosotros no somos responsables de la conversión de los pecadores, sino sólo de la predicación. A veces hemos tenido temor de predicar a alguno “porque después nos vamos a sentir responsables de seguirle hasta que se convierta”. También hemos dicho alguna vez: “No voy a hablar a muchos porque después no podré dormir de noche pensando en mi responsabilidad de hacer un seguimiento de cada caso”. Otras veces hemos señalado por nuestra cuenta a alguno y hemos declarado que se va a convertir. De ahí en adelante hemos trabajado e insistido sin resultado positivo. Eso también nos ha frustrado.

Debemos ser más modestos y dejar a Dios la parte que le corresponde a él. Nuestra parte debe ser descubrir aquellos en los cuales vemos que el Espíritu Santo está obrando. Jesús dijo:
“Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no le trajere”. Juan 6.44. Aprendamos a usar el evangelio como si fuera un radar para descubrir a los que tienen sed de Dios.

b) Aprender a hacer la obra con los recursos que se nos dan en la mano.

Para nuestra función como obreros debemos valorar mucho lo que se nos da, lo que tenemos, nuestras circunstancias, nuestra esposa, nuestros hijos, nuestra casa, nuestro barrio, el lugar de nuestro trabajo, lo lugares que nosotros frecuentamos. Lo fundamental no es buscar otro lugar y otra circunstancia sino transformar las circunstancias por nuestra presencia y por nuestra palabra. Lo fundamental es estar fortalecidos e iluminados por el Espíritu Santo. Así que uno de nuestros más grandes aciertos será hacer buen uso de las circunstancias comunes que se nos dan.
Luego ser diligentes en seguir a los que manifiestan sed.

c) Saber ser “heraldos” y no eruditos polemicistas

No dijo Dios que tenemos que contestar todas las preguntas. Nuestra mejor respuesta será insistir en explicar y repetir lo que hemos predicado.

d) Que no nos perdamos más entre las muchas páginas de la Biblia sino que sepamos “trazar bien la Palabra de verdad…”  Yo diría que redescubramos “la pequeña Biblia de los apóstoles”. Es decir, los mandamientos de Cristo. Lo que llamamos “la Carpeta de las Enseñanzas” es precisamente esa palabra de Cristo. Cuando la completemos queremos que contenga todos los mandamientos del Señor que son los que él mandó a predicar. Mateo 28.19-20

e) Que la plenitud del Espíritu sea algo presente, accesible, vigente y no algo misterioso y lejano.

f) Que la oración sea fácil, hablando con nuestro Padre como un amigo, un compañero. Que sea fácil, constante, eficaz por causa de una fe basada en un amor sincero donde todo se cree, todo se espera, todo se puede en Cristo.

g) Que nuestra predicación sea sencilla, constante, saturada de humildad, gracia y misericordia, que usemos mucho nuestro testimonio y experiencia, que no nos preocupemos en saber muchas cosas “sino sólo a Jesucristo y a éste crucificado”. Que lo declaremos con lenguaje sencillo no pretendiendo afectar mayor sabiduría cuando estamos con gente más ilustrada. Con ellos seamos igualmente sencillos. Así fue Jesús.

h) Que no tengamos temor de repetir. No nos cansemos de repetir. La repetición es la que ayuda a los que escuchan a comprender y a nosotros a quedar más claros y poseídos de la Palabra.
No procuremos novedades. No hay novedades. Dios está repitiendo las mismas cosas desde la eternidad pasada. La novedad, lo nuevo, es el vigor espiritual que el Espíritu da a la Palabra. Cada vez que lo repetís tendrá una nueva gracia, una nueva profundidad, si lo das en fe el Espíritu dará vida a la palabra. Con Dios las cosas viejas se hacen nuevas constantemente. El buen levita es el que saca de sus tesores cosas nuevas y viejas. Pero es que las viejas son hechas nuevas por Dios.
Como Juan que dice que nos da un mandamiento nuevo, y luego aclara que es el viejo mandamiento. 1º Juan 2.7-8

En todo esto imitemos la sencillez que había en Cristo.

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