REUNIRSE POR LAS CASAS Jorge Himitian




Según la forma tradicional de abrir una obra, el objetivo cercano era comprar un terreno y edificar un “templo” para desarrollar allí las actividades de la iglesia. El templo resultaba central en el funcionamiento de las congregaciones. Casi no se podía concebir que una congregación pudiera desarrollarse sin un templo. Es muy evidente que los apóstoles diferían en cuanto a ese modo de ver las cosas. Jamás construyeron templos. En los primeros siglos la iglesia creció y se extendió poderosamente por las casas, y cuando les resultaba posible, se reunían todos en algún lugar de concentración pública. Hemos hallado que lejos de ser esta una situación desventajosa para el crecimiento de la iglesia, resulta óptima. Al descentralizar las actividades del templo, llevándolas a las casas, hemos descubierto varias ventajas:

a) La obra se realiza mejor al integrar a los hermanos en grupos más pequeños en los hogares. En el ambiente natural de un hogar se da una relación más estrecha, se conoce y atiende mejor a cada uno, los inconversos acuden con menos prejuicios y la tarea del discipulado se logra sin tantos esquemas.

b) Las reuniones se vuelven más sencillas y espontáneas. Se pierde la formalidad, la religiosidad, hay mayor participación de los presentes y no se necesita un liderazgo profesional.

c) Al no tener enormes gastos para la construcción y mantenimiento de un templo, la iglesia cuenta con fondos suficientes para sostener dignamente a sus pastores y, tal como sucedía en el Nuevo Testamento, tiene recursos para ayudar a los necesitados de la congregación. Semanal, quincenal o mensualmente se puede alquilar algún salón o estadio para reunir a todos los grupos de hogar.

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