PATERNIDAD ESPIRITUAL Oscar Marcelino


Engendrar hijos espirituales

El apóstol Pablo encuadra la predicación de la palabra en la dimensión simbólica de  concebir  hijos  espirituales  en  Cristo  Jesús,  por  medio  del  evangelio; estableciendo una filiación en el Espíritu en la cual reconocemos haber sido engendrados en la vida espiritual por un padre con quien establecemos una relación de pacto, cuya identidad jamás se perderá.

La evangelización es definida así, no como una conscripción de socios para formar un club religioso, sino como un parto espiritual que inaugura una relación permanente de filiación basada en el amor, que no podrá ser mellada por el tiempo o la distancia.

Continuamente Pablo expresa el liderazgo espiritual en términos de paternidad.

“No os escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como hijos amados. Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré  por medio del  evangelio”. 1ª Corintios 4: 14-14

Los ayos eran aquellos tutores que cuidaban de la crianza y educación de los niños pero no tenían el amor ni los derechos del padre. Muchos maestros podrán intervenir en nuestra formación espiritual pero solo tendremos un padre que nos ama en el Señor y por ello nos lleva en forma permanente al trono de la gracia, e intercede por nosotros de noche y de día.

Cuando Pablo se dirige a los Gálatas:

“Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros,” Gálatas 4:19

En casi todas las ocasiones se refiere a sus discípulos como hijos espirituales y jamás utiliza términos o títulos institucionales.

Encabeza su primera epístola a Timoteo con el saludo paternal y amoroso:

“Pablo, apóstol de Jesucristo por mandato de Dios nuestro salvador, y del Señor Jesucristo nuestra esperanza, a Timoteo, verdadero hijo en la fe: Gracia, misericordia y paz, de Dios nuestro Padre y de Cristo Jesús nuestro Señor”. 1º Timoteo 1-2.

Lo mismo hace en su segunda epístola a Timoteo:

“Pablo, apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios, según la promesa de vida que es en Cristo Jesús, a Timoteo, amado hijo: “Gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y de Jesucristo nuestro Señor” 2ª Timoteo 1:1-2

Refiriéndose de nuevo a Timoteo les dice a los Corintios:

“Por esto mismo os he enviado a Timoteo, que es mi hijo amado y fiel en el Señor, el cuál os recordará mi proceder en Cristo, de la manera que enseño en todas partes y en todas las iglesias”. 1ª Corintios 4: 17

Timoteo es recomendado a los Filipenses del mismo modo:

“Espero en el Señor Jesús enviaros pronto a Timoteo, para que yo también este de buen ánimo al saber de vuestro estado; pues a ninguno tengo del mismo ánimo, y que tan sinceramente se interese por vosotros.

Porque todos buscan lo suyo propio, no lo que es de Cristo Jesús.

Pero ya conocéis los méritos de él, que como hijo a padre ha servido conmigo en el evangelio” Filipenses 2:19-22

En la epístola dirigida a Tito escribe de modo similar:

“… a Tito, verdadero hijo en la común fe. Gracia, misericordia y paz, de Dios Padre y del señor Jesucristo nuestro Salvador.” Tito 1:4

También vemos que sin hacer ninguna distinción de clase o rango hace mención del esclavo Onésimo como su hijo espiritual.

“… te ruego por mi hijo Onésimo, a quien engendré en mis prisiones, el cuál en otro tiempo te fue inútil, pero ahora a ti y a mí nos es útil,” Filemón 10-11

Estas expresiones indican que hacía la obra evangelizadora y cuidaba de los hermanos con la ternura y el amor de un padre, actitud que se revela en la primera carta a los Tesalonicenses:

“Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos.

Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos.

Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; como trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios.

Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con  vosotros los creyentes, así como también sabéis de qué modo, como el padre a sus hijos, exhortábamos y consolábamos a cada uno de vosotros,..” 1ª Tesalonicenses 7-11

De estas citas se desprende que el acto de concebir espiritualmente es al igual que en el plano natural, un acto de amor, que implica entrega, sacrificio, embarazo y dolor; sufrimiento que encuentra  su resarcimiento en el nacimiento de  un  hijo  para  el  Señor  y  Padre  Celestial,  como  una  ofrenda  deseada consagrada en el altar.

Significa el sacrificio de la propia vida, la muerte por el hijo, en imitación de Cristo quien dio su vida por cada uno de nosotros.

En ese sentido Pablo realiza declaraciones sublimes de su intenso amor, con palabras tales como trabajo, fatiga, gastar lo propio, gastarse uno mismo, no esperar retribución aunque amando más sea amado menos, agolpar cada día sobre si la carga de todas las iglesias y celar con celos de Dios hasta  lograr presentar a sus hijos espirituales como una virgen pura para Cristo.

La entrega de la vida se expresa en el servicio, siendo este uno de los pilares que fundamentará el discipulado en los comienzos de la vida cristiana. Por ello Pablo siempre procuro no ser gravoso ni de carga para sus hijos espirituales afirmando que no deben atesorar los hijos para los padres, sino los padres para los hijos.

El padre espiritual es además,  un sacerdote que cubrirá permanentemente a sus hijos con oración intercesora, de modo que siempre estén sostenidos y protegidos por la gracia de Dios.

Para realizar esta tarea se requiere un marco de compañerismo y aceptación, brindando a los hijos cobertura, socorro oportuno, estímulo, ánimo, consuelo en los tiempos de prueba y exhortaciones adecuadas.

La autoridad paternal se origina en esta entrega de la vida por parte del padre y en su servicio de amor en el modelo de la jerarquía de servidores, establecidas por el Señor Jesucristo, por ello la clara advertencia apostólica de no ejercer señorío. En una relación sana ningún hijo tendrá problemas en sujetarse y respetar la autoridad de un padre amoroso.

El objetivo de la paternidad espiritual es el desarrollo de los hijos de modo que cada uno de ellos alcance la medida de la estatura de la plenitud de Cristo, para lo cual será necesario un amor paciente y sufrido, sumado a un velar constante.

La paternidad espiritual se ejerce primeramente mediante el ejemplo; o sea, la transmisión de la vida de Cristo que existe en nosotros, la cobertura espiritual, el magisterio y el ejercicio de autoridad de modo de exhortar, corregir y disciplinar cuando fuere necesario. Ello debe hacerse con espíritu de mansedumbre y amor, usando al decir de Pablo    la vara, solo cuando fuere estrictamente necesario (1ª Corintios 4:21).

Hemos visto ya la importancia de la paternidad espiritual. No todos podemos ser maestros, pero todos podemos ser padres, ya que el único requisito para serlo es el amor.

La paternidad es uno de los pilares que sostiene la guía espiritual. Es imposible ser un consejero infalible, no equivocarnos nunca o saberlo todo, pero si ejercemos una paternidad responsable estaremos cumpliendo una parte vital en el proceso de edificar la iglesia. Los hermanos necesitan ser cubiertos con oración intercesora, consolados y sostenidos cuando se encuentran sometidos a las pruebas, como así también ser exhortados y estimulados a alcanzar la meta.

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