LOS PADRES COMO SUEGROS Y ABUELOS Keith Bentson


Para cuando el hijo se casa, no afirmamos que ya sea maduro del todo; aún le falta. Sin embargo, se ha casado y eso significa un gran cambio que requiere de parte de todos los afectados una nueva orientación y ubicación.

En primer lugar, lo más esencial es reconocer que el hijo ha dejado a su padre y a su madre; ya ha formado otro núcleo familiar. No está más bajo la autoridad directa de su padre; la madre ya no es responsable por atender a las necesidades del hijo. La pareja que no corta el cordón umbilical con sus respectivos progenitores – en lo que se refiere a autoridad y dependencia – acarrea para sí muchos problemas innecesarios. Los padres que pretenden preservar la otrora relación de la dependencia de ellos, no son sabios y comprometen lo que debería ser una nueva y hermosa relación con los hijos.

Ciertamente, lo ideal es que la nueva pareja viva en su propia vivienda. Es difícil mantener felices a dos reinas bajo el mismo techo (pero si tiene que ser así, normalmente es preferible que la hija casada esté con su marido en la casa de los padres de ella, que en la de sus suegros).

Los suegros tienen que aprender a callar respetuosamente cuando ven a los hijos hacer las cosas de otra forma que ellos.

Asimismo, los suegros deberían aceptar a la nueva adquisición (sea yerno ó nuera) como si fuera su propio hijo/hija. Tampoco darán lugar a hacer acepción de personas. Si surgiera un problema entre los nuevos cónyuges, en ninguna manera los padres de uno se inclinen a la posición de su hijo porque es su hijo; siempre han de inclinarse por el lado de la verdad y del buen juicio.

Con la llegada de los nietos, es bueno recordar que los mismos flamantes padres son los responsables por sus hijos, y no los abuelos. Y al mismo tiempo es bueno que los nuevos padres reconozcan que los abuelos no deberían ser cargados con la crianza de los nietos, ni se debe abusar de ellos usándolos desmedidamente como “baby sitters”.

Los abuelos, al mismo tiempo, cumplen una función muy importante: sirven de punto de referencia, tanto para sus propios hijos como para los nietos en una sociedad cambiante e insegura: Son pilares, columnas, cuando alrededor se tambalean y se fragmentan muchas instituciones veneradas. El mero saber que los padres y abuelos estén allí – estén presentes – inspira confianza en la nueva generación.

En cuanto a la ayuda material, una costumbre de nuestros días es que al morir los padres, recién se reparten los bienes entre los hijos, los herederos. Hay dos debilidades en esta práctica: desgraciadamente, en muchísimos casos, aún en la experiencia de cristianos, surgen malentendidos, celos, peleas y pleitos entre los hermanos. Es una gran vergüenza, pero así es. El otro mal es este: que en la mayoría de los casos, para cuando los padres ancianos hayan muerto, los hijos ya se han instalado en la vida y no les reporta de tanto bien necesario el recibir la herencia. Mejor hubiera sido haber recibido un sustancioso aporte cuando recién se habían casado, o al menos durante los primeros 5 a 7 años de su matrimonio, pues durante ese tiempo ellos pretendían conseguir su casa y así asentarse en la vida. Esto sí, es una buena práctica, y una que dará muchas satisfacciones a los padres que ya en vida no necesitan tanto para vivir.

Si es cierto que los nietos no están bajo la autoridad directa de los abuelos, no por eso la influencia y ascendencia espiritual de éstos sea poca cosa. Al contrario, Dios encomienda a ellos la sagrada tarea de enseñar a sus hijos y a sus nietos las cosas de Dios. (Deuteronomio 4:9). Mejores maestros no debería haber. Si uno piensa en una pareja anciana que ha vivido bien, ha temido a Dios, habiendo atravesado muchos lustros enjalonados con la fidelidad y gracia de Dios, y ya están en el ocaso de su vida con la conciencia limpia y la frente erguida ¡qué fuerza de predicación son sus vidas!. Dios pueble nuestras congregaciones de gente anciana, grande, fiel y robusta en su fe y amor. Enseñarán a sus nietos y a los de otros muchos.


Los niños tienen interés en la muerte. ¿Y quiénes mejor para enseñarles en palabra y ejemplo como los cariñosos abuelos, llenos de años, fe y esperanza?

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