LA NECESIDAD DE UN AVIVAMIENTO CONTINUO Ivan Baker



A veces nos encontramos con obras en los hogares que tuvieron un principio con gran bendición y fruto, pero que al pasar el tiempo la obra fue perdiendo su eficacia hasta detenerse.

Al principio no fue así. No había discípulos. ¿Cómo fueron ganados? Había oración ferviente: “señor, danos discípulos. Alumbra nuestros ojos, haz arder nuestro corazón con el mensaje, danos sabiduría……..¡danos discípulos o nos morimos!”

Fuimos a buscarlos. Nuestros pies eran bienaventurados. Dios había dado una visión nueva, un denuedo, una valentía, un sentido de urgencia, un valor por los perdidos que pasaban a nuestro lado.

Toda circunstancia era propicia para hablar y dar el testimonio. Antes no hablábamos con nadie; ahora nos habíamos convertido en “charlatanes”. En un minuto ya estábamos hablando. Algún comentario: “¡Qué bueno es el Señor en darnos este día!”; “Yo creo en el Señor, ¿y usted?”; “¿Usted lee las Sagradas Escrituras?” O, cuando nos pusimos más osados: “Dios manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan…..”, etc.

Alguno aquí y allá nos escuchó. Cuando vimos el más leve interés, nos emocionamos. Dábamos nuestra dirección, poníamos nuestra casa a su disposición. Era tal nuestro fervor que la persona quedaba conmovida. Nos daba su dirección. Lo invitábamos al cafecito. Le brindábamos nuestra amistad. Nuestra familia estaba electrizada cuando dimos la noticia en casa.

Orábamos por ellos. Hicimos una lista. Toda la familia oraba todos los días por la lista.

Cuando los primeros vinieron a casa, era un acontecimiento. Todos en la casa andaban en punta de pie mientras papá y mamá hablaban con ellos. Juancito fue a orar a solas en su habitación.

Cuando se fueron, todos vinieron corriendo: ¿Cómo les fue? ¿Aceptaron la palabra? ¿Creen que se van a convertir? Todo era así: expectativa, gozo; todo era importante, divino, celestial. Todo estaba vestido de honor y de gloria.

Se convirtieron los primeros. Algunos de los primeros trajeron a otros. Algunos más se convirtieron y también trajeron algunos parientes y amigos. Se llenó la casa. Para ese entonces, nos acomodamos en el sillón y nos dedicamos a instruirles, llenarles de mensajes y de consejos. Nos sentimos realizados. Sin duda, esto era necesario hacer, pero sin descuidar lo otro.

¿Resultado? Se detuvo la multiplicación y se detuvo la formación de nuevos líderes. Ningún nuevo grupo se formó. ¿Por qué?

a)    Faltaba la punta de lanza de la primera línea en la acción de ganar a nuevos. La evangelización estaba ya en manos de los nuevos.

b)    Todo se transformó en mensajes, palabras, consejos, pero faltó ejemplo. 

EL EJEMPLO ES LA ÚNICA MANERA EN QUE PODEMOS IR A FONDO CON LA ENSEÑANZA, CON GARANTÍA DE DEJAR HUELLAS DURADERAS.

Solución: 

Necesitamos estar en continuo avivamiento. 

Avivar las simples premisas del comienzo. Solemos volver a perdernos fácilmente en el bosque de mil consideraciones. Llenamos el barquito de tantas cosas que ya nos sentimos incapaces de seguir remando. 

Necesitamos aligerar.

La situación que he planteado se asemeja a una nebulosa. En todo el ámbito del grupo parece no haber un solo elemento fuerte, concreto, que apunta bien y da buen ejemplo.

Debemos introducir este elemento: un grupo pequeño (dos o tres) concertados como compañeros, con la visión restaurada, metas claras y una voluntad para orar, creer y hacer lo que el Señor manada.

Esto es lo que llamaría fermento de renovación que restaurará la fe, la visión, el fruto y engendrará la formación de otros grupos similares hasta que todo el grupo quede renovado.

¡Necesitamos un avivamiento continuo!

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