EL PERDÓN: UN TRÉBOL DE TRES HOJAS Jorge Guerrero



Cuando el trébol crece entre el pasto de las praderas, los pastores conducen allí a sus rebaños. Es una hierba con ingredientes valiosos que potencia el alimento para cualquier ganado y enriquece los suelos poco fértiles.
Encuentro una similitud entre el trébol y el maravilloso regalo del perdón. Cuando nutrimos nuestra vida completa con este alimento celestial y abonamos almas estériles con enseñanzas sobre él, obtendremos vidas saludables y lozanas, además de fértiles y fructíferas.
Actualmente, para los especialistas en salud física o psíquica, no es una sorpresa el poder curativo del perdón. Han demostrado científicamente que el único remedio para algunas personas enfermas de cáncer en el cuerpo combinado con resentimiento en el alma, fue perdonar. Cuando perdonaron, limpiando sus almas del rencor, el cáncer del cuerpo fue desapareciendo. Lo mismo sucedió con otras enfermedades diagnosticadas como psicosomáticas (enfermedades del alma cuyos síntomas se manifiestan en el cuerpo).
Encuentro otra similitud entre el trébol y el perdón. En esta planta, desde un mismo punto del tallo se abren tres hojas redondeadas, además de las flores y frutos que desarrolla más arriba. El perdón es igual. Su tallo común es la sangre virtuosa que Cristo derramo cuando lo mataron en la cruz. De esa sangre brota el perdón en tres direcciones, alimentando y fertilizando su relación con Dios, consigo mismo y con los demás.

1- El perdón que nos reconcilia con Dios.

La primera hoja de nuestro perdón se llama reconciliación. Esta palabra tiene un sentido comercial en el idioma griego. Es un intercambio compensatorio o conciliatorio. Si alguna vez realizó conciliaciones entre los registros de una empresa con los informes bancarios, entenderá de lo que hablamos. Si no, intentaré explicarlo. El conciliador encuentra diferencias entre ambos informes, rastrea comprobantes que justifiquen tanto extracciones como depósitos, ubica conceptos que la empresa registró separados pero el banco reunió en un solo valor, y, por supuesto, regresa con un fuerte dolor de cabeza a su hogar. El único objetivo de un conciliador es hacer coincidir los movimientos de la empresa con los registros del banco. Generalmente el banco no se equivoca. ¡Nunca se equivoca!
Eso mismo ocurre con nosotros y Dios. Dios nunca se equivoca al registrar los pecados suyos. El identifica aún los pensamientos escondidos e irrelevantes, que jamás consideraríamos. Aquella mirada lujuriosa en internet; un sentimiento envidioso con el jefe, el enojo pasajero contra el cónyuge; ese comentario irónico sobre un compañero para ganarse el favor otros; aquel sobrante en el vuelto que no reintegramos. Centavos intrascendentes según nosotros. Sumatorias que agigantan la deuda según Dios al finalizar cada mes. Mejor no hablemos de los pecados groseros que elevan la deuda al rojo vivo como relaciones sexuales prematrimoniales, estafas, infidelidad matrimonial, vicios destructivos como el alcohol, las drogas y el tabaco, o involucrarse en espiritismo, magia blanca, negra o cualquier práctica ocultista.
Muchos salen corriendo buscando justificar los centavos de pecado con excusas irrelevantes, y las deudas groseras compensarlas con depósitos de acciones caritativas. Sin embargo, a Dios no le alcanza.
“Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. Y ahora, que hemos sido justificados por su sangre, ¡con cuánta más razón, por medio de él, seremos salvados del castigo de Dios! Porque si, cuando éramos enemigos de Dios, fuimos reconciliados con él mediante la muerte de su Hijo ¡con cuánta más razón, habiendo sido reconciliados, seremos salvados por su vida! (Rom 5:8-10, NVI).
¡Cuánto alivia ese “pero” reconciliador! Cuando la deuda era impagable, Dios se ocupó de la reconciliación haciendo morir a su Hijo Jesucristo. Así nos muestra un amor que prima la relación a la ofensa, y elige perdonarnos en vez de castigarnos.
“En otros tiempo ustedes, por su actitud y sus malas acciones, estaban alejados de Dios y eran sus enemigos. Pero ahora Dios, a fin de presentarlos santos, intachables e irreprensibles delante de él, los ha reconciliado en el cuerpo mortal de Cristo mediante su muerte, con tal de que se mantengan firmes en la fe, bien cimentados y estables, sin abandonar la esperanza que ofrece el evangelio…” (Col 1:21-23ª).
Las deudas pecaminosas en rojo de nuestro documento, se hacen ilegibles entre la gran cantidad de sangre roja que Dios derrama sobre el registro del que tiene fe en la muerte de Jesús. Esa fe que abraza el evangelio de Cristo completamente, creyendo todas sus promesas llenas de esperanza y se mantiene firme, bien cimentada y estable, cumpliendo todos sus mandamientos.
Con esta conciliación, Dios borra los pecados pasados que nos alejaban de él, y logra que nuestro anhelo sea presentarnos santos, intachables e irreprensibles delante de él.
¡El perdón que reconcilia nos deja sin deuda y de acuerdo con Dios! 
  
2- El perdón que limpia nuestras conciencias.

Lucía es una joven que, como el hijo pródigo, se alejó del Padre. Vivió según las costumbres sexuales del mundo y sencillamente su alma no se sació. Retornó al Señor avergonzada y frustrada.
Ahora adora a Dios agradecida por el perdón y la gracia que le manifiesta. Comprobó que los hermanos de la congregación la aceptaron luego de su arrepentimiento. Pero no logra despuntar de su banco, desenvolverse dignamente en la casa de Dios, desarrollar sus dones y evangelizar el mundo. Es una mujer perdonada que no se perdonó a sí misma. Su espíritu sabe que Dios olvidó sus pecados. Sus sentimientos perciben el afecto de los demás. Pero su conciencia guarda memoria de los pecados hechos. Su auto imagen no responde a los códigos con que su conciencia fue programada.
Veamos: “Porque si la sangre de machos cabríos y de toros, y la ceniza de la becerra, rociada a los inmundos, santifica para la purificación de la carne, ¡cuánto más la sangre del Mesías, quien mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará nuestras conciencias de las obras muertas para servir al Dios viviente! (Heb 9:13-14, Biblia Textual).
La conciencia limpia por la sangre de Jesús, pone en cero el contador de pecados. Además, la sangre reprograma el sistema. Agrega un reloj para contabilizar los servicios hechos a Dios. En esas condiciones, la persona evitará acumular obras muertas, manteniendo el marcador en cero, pero también deseará servir, aumentando el número de obras buenas.
Cuando el marcador de obras muertas aumente, retornará humildemente al Señor para ser perdonado, limpiado y sanado. La conciencia sana reseteará otra vez el marcador de obras muertas a cero, para seguir sirviendo al Dios vivo que solo aumenta. ¡Maravillosa sangre, que nos limpia de todo mal!

3- El perdón que nos acerca a los demás.

Es sencillo mantenerse lejos unos de otros cuando cada uno tiene su propio código de pecados, costumbres de raza, formas temperamentales, o ideas políticas. Cuando estamos de acuerdo en las costumbres, nos pelearemos por las ideas políticas.
Si alguien transgrede mis códigos de pecado, desaprueba mis costumbres raciales, se opone a mis formas temperamentales o mis ideas políticas, entonces ¡pecó contra mí! Y a usted le pasa lo mismo que a mí con las personas que lo rodean.
“Pero ahora en Cristo Jesús, a ustedes que antes estaban lejos, Dios los ha acercado mediante la sangre de Cristo. Porque Cristo es nuestra paz: de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando mediante su sacrificio el muro de enemistad que nos separaba, pues anuló la ley con sus mandamientos y requisitos. Esto lo hizo para crear en sí mismo de los dos pueblos una nueva humanidad al hacer la paz” (Efe 2:13-15, NVI).
Entre gentiles y judíos ocurría lo mismo, hasta que la sangre de Jesús se derramó. Entonces las enemistades por asuntos temporales desaparecieron. Han perdido relevancia. Nuestros propios códigos y leyes terrenales carecen de valor ante la sangre del que murió por usted y por mí. Mirando la misma sangre derramada, olvidamos las transgresiones a nuestros reglamentos propios, para admirar, agradecer, y sujetarnos al código de santidad, costumbres del reino de Dios, formas del carácter de Jesús, e ideas fraternas del pueblo de Dios. Sólo Cristo brilla y todo lo personal cae.

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