EDITORIAL

“Médico, cúrate a ti mismo” Lucas 4:23

Un diagnóstico acertado determina el remedio adecuado.

Existen tres clases de personas, la primera es la que acusa algunos dolores sin embargo piensa que no tiene necesidad de médico; la segunda es aquella que, sabiendo su afección, niega la realidad y evita exponerse al tratamiento simulando buena salud, y la tercera es la que, enterada de su enfermedad, se aboca a obtener la sanidad y recuperación por todos los medios posibles.
Trasladando esta apreciación al terreno de la iglesia, me da la impresión que en el liderazgo cristiano también hallamos estos tres tipos de personas, las que nunca evalúan y por ende no descubren sus yerros; en segundo lugar los que conocen sus males pero no los admiten, dicen “paz, paz y no hay paz” (Jeremías 8:11), y aquellos que sabiendo sus errores y desviaciones, se someten a la intervención del Espíritu Santo  para ser curados. Éstos últimos, como el salmista, declaran: “en tu luz veremos la luz” (Salmo 36:9) El profeta Isaías al conocer su diagnóstico se expuso al doloroso tratamiento divino para obtener sanidad (Isaías cap. 6). Aún más, si observamos los periodos de avivamiento de la iglesia nos encontramos con cristianos que estuvieron dispuestos a que Dios extirpara lo que fuera necesario para salir del letargo y avanzar.
Para que una iglesia sea saludable necesita que sus dirigentes estén dispuestos a aceptar el diagnóstico del Señor que siempre es certero en cuanto a su verdadera situación, y el de sus profetas, que comúnmente pasan desapercibidos. Una vez determinada la enfermedad espiritual, no debemos temer al bisturí de Dios.












Oscar Gómez


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