viernes, 1 de enero de 2016

LA META A NUESTRO ALCANCE Daniel Divano




Al decir el apóstol pablo, “prosigo por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús”, muestra que está consciente de que Dios le alcanzó con un propósito específico. Sabe, además, que esta no es una meta inalcanzable, una utopía de Dios, sino un objetivo perfectamente accesible para todos los hijos de Dios. Cuando Dios nos ordena algo, nos da los recursos de su gracia, puestos a nuestra disposición para que hagamos su voluntad. Cristo Jesús no solo murió y resucitó por nosotros, sino también nos dio su misma vida y todos los recursos necesarios para conformarnos a su imagen. Nadie puede decir a Dios: “señor, me pusiste una meta tan alta que no la puedo alcanzar”. Pablo afirma:“El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” (Romanos 8: 32).

De modo que la meta no es inalcanzable. Dios ha hecho todas las provisiones para que nos desarrollemos a la imagen de su Hijo. No nos debe extrañar, por lo tanto, cuando las Escrituras nos hablan de ser “perfectos” como nuestro Padre es perfecto. A nada menos está llamando Dios a su pueblo.

Vivir con una meta definida nos ayuda a hacer la voluntad de Dios. Consideremos lo que Pablo escribió a los corintios:

“¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis. Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible. Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”.
1 Corintios 9: 24-27

Aquí Pablo manifiesta claramente que él corre hacia un objetivo perfectamente definido. Uno de los grandes beneficios de percibir con claridad la meta que Dios nos propone es que nos marca un rumbo claro para la vida.

Esto puede ilustrarse de la siguiente manera: Si estoy en la Plaza de San Martín y quiero ir a Chacarita, tengo que moverme de acuerdo con mi objetivo. Aunque hace mucho frío, y está lloviznando, no me muevo de la parada porque tengo algo definido que hacer. Para lograrlo, necesariamente debo esperar el colectivo (autobús) correspondiente.

Viene el de la línea, lleno de pasajeros. No lo puedo tomar. Más tarde viene otro, también lleno; no puedo subir. Tengo que seguir allí teniendo frío, esperando que aparezca algún otro colectivo.

De pronto se para delante de mí un colectivo de otra línea; uno de esos micros nuevos de servicio diferencial –con vidrios polarizados, ambiente climatizado, música funcional, asientos reclinables-  que va casi vacío. Arriba tiene un cartel grande que dice: A LINIERS. Pues, yo no tengo que agarrarme del poste de la parada diciendo: Señor, dame fuerzas para no tomar este colectivo, porque va a Liniers y yo tengo que ir a Chacarita”. ¡Para nada! Sigo en la parada sin alterarme porque la meta que tengo es diferente de la de ese colectivo último modelo.

Del mismo modo, Pablo dijo: “No golpeo el aire; no corro a la ventura. Me abstengo de todo con tal de alcanzar aquello para lo cual fui alcanzado por Cristo”. Vivir todos los días conscientes de la meta que Dios nos ha propuesto, conscientes de que la imagen de Cristo tiene que verse reflejada en nosotros, nos ayudará a tomar con toda naturalidad decisiones firmes en el trabajo, en la casa, en el colegio, en todas las esferas de nuestra actividad cotidiana. La base de las mismas estará en relación con la meta que tenemos por delante: si nos ayudan a alcanzarla, o si significan una traba.

A CONTINUACIÓN (To be continued)

Ahora estamos viviendo 500 años después de la reforma con Martín Lutero. Estamos agradecidos por lo que él hizo, pero no vemos la Iglesia...