DIACONÍA MAYOR Un llamado a los solteros. Keith Bentson



El espíritu de servicio –con sus consecuentes obras- determinarán hasta donde Dios será glorificado en nuestras vidas y en la iglesia. Jóvenes, los próximos cincuenta años son vuestros. No esperen hasta que sean grandes, o que hayan terminado los estudios, o se hayan casado. Hoy es día de la salvación, hoy es día de hacer las obras de Dios; la noche viene cuando nadie podrá trabajar. Mientras sean solteros y sin ansiedad por cambiar el estado civil, descubran y pongan por obra la vocación universal: El servir a Dios a través del servicio a los semejantes.
Aunque no viene del todo el caso para ustedes, deseo adelantar una advertencia. Cuando sean viejitos y jubilados, no se fosilicen pasando el tiempo en colas largas para cobrar la jubilación. Encuentren donde servir y confíen en Dios. Cuando sean abuelos, no dediquen su tiempo libre a los nietos propios, hay niños que no cuentan con abuelos ni padres. Hasta el fin de vuestras vidas, piensen en otros, vivan para otros; y descubrirán que a su lado está el Hijo de Dios.
Mi pensamiento no es una sugerencia, y menos un proyecto, pero quiero dejar con ustedes una inquietud mía y de otros, acerca de la necesidad y la factibilidad de crear una “Diaconía Mayor” (lo llamo así por falta de otro término), dentro de la cual solteros y solteras podrían trabajar en forma permanente, prácticamente de por vida, dedicados a una vida de servicio. No recibirán gran remuneración, trabajarían bajo un auspicio apostólico; serían asignados a un lugar y una función, pertenecerían a ese cuerpo de “Diáconos Mayores”, donde alcanzarían identidad y honra.

¿Para qué vivimos?

Por lo general, el joven trabaja en una oficina o tiene una profesión propia para ganarse la vida; al final de la jornada regresa a su departamento para vivir solo o con los padres ancianos. Ahora bien ¿Para qué vivimos? Vivimos para servir al Señor y para servir a otros. No pretendo ser negativo, pero no todos están felices en el matrimonio, tal vez, algunos no deberían haberse casado. Pero, en nuestros círculos, si uno no se casa ¿qué hace? Hace lo que dije antes, pasa su vida en algún trabajo o profesión, luchando para no aburrirse.
Es larguísima la lista de hombres y mujeres que a través de los siglos han sido ejemplo, sumamente útiles, que ha logrado metas y hecho hazañas, que si hubiesen estado casados y con carga de familia, difícilmente podrían haber logrado lo que hicieron. En su humanidad, nuestro Señor Jesús fue ejemplo, más los apóstoles Bernabé y Saulo de Tarso. También otros misioneros –tanto hombres como mujeres- que desde los albores de la extensión del evangelio salieron para lograr avances para el reino de Dios, quienes nos llaman para imitar su ejemplo. Un caso: Amy Carmichael, en el año 1901, inició una obra de rescate a favor de las niñas en el sur de la India que fueron escogidas para casarse con los dioses y luego degradadas como prostitutas. Amy tuvo que luchar contra misioneros y gobernantes, pues su amor y pasión sobrepasaron el celo de otros.
No todo el avance del evangelio se debe a los apóstoles y evangelistas. Verdaderos ejércitos de jóvenes han salido para servir, ayudar, educar, curar, testificando así de su fe y amor. En vez de tener tres o cuatro hijos, han engendrado para el reino de Dios docenas y centenares de hijos. El mundo no es digno de estas personas.
Alguien tiene que hacerse pobre para que otros sean enriquecidos, alguien tiene que ignorar para educar a otros, algunos tienen que enfermar para poder sanar, cansarse para que otros descansen, negarse una familia para que otros tengan buenas familias, sacrificarse para que otros disfruten de una vida normal. Esta es la gloria de los que escogen, bajo la guía de Dios, una vida de servicio.


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