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SENTIDO DE PERTENENCIA Jean Vanier



                                                     Jean Vanier

Cuando veo los pueblos africanos, constato que a través de sus ritos y tradiciones, viven profundamente la vida comunitaria. Cada cual tiene la convicción de pertenecer a los otros; el que es de la misma etnia o pueblo es verdaderamente un hermano. Me viene a la memoria monseñor Agré, obispo de Man que se encontró a un aduanero en el aeropuerto de Abidjan; se abrazaron como si fueran hermanos pues eran del mismo pueblo. De cierta manera se pertenecían el uno al otro. Los africanos no tienen necesidad de hablar de la comunidad, la viven intensamente.

Me han dicho que los aborígenes de Australia no apetecen ningún bien material, salvo los coches que les permitan ir a visitar a sus hermanos. Para ellos, lo único importante son los lazos de fraternidad que los alimentan. Hay, al parecer, tal unidad entre ellos que saben cuándo muere alguno; lo sienten en sus entrañas.
René Lenoir en su libro Les exclus, habla de los indios de Canadá. Si ante un grupo de niños se promete un premio al primero que responda una pregunta, todos se ponen a buscar la solución juntos y cuando están de acuerdo responden gritando todos al mismo tiempo. Para ellos sería intolerable que ganara uno y perdiera la mayoría; el que ganara se separaría del resto de sus hermanos. Habría ganado el premio pero habría perdido la solidaridad.
Nuestra civilización occidental es una civilización competitiva. Desde el colegio el niño aprende a «ganar»; sus padres están encantados cuando es el primero. De esa manera, el progreso material individualista y el deseo de subir de grado en el prestigio pisotean el sentido de la comunión, de la compasión, de la comunidad. Se trata ahora de vivir más o menos solo en casita, guardando celosamente los bienes y tratando de adquirir otros, con un papel en la puerta donde está escrito «cuidado con el perro». Por esto, el occidente ha perdido el sentido de la comunidad que pequeños grupos que surgen aquí y allá, tratan de recuperar.
Tenemos mucho que aprender de Africa y de la India, que nos recuerdan que lo esencial de la comunidad es un sentimiento de pertenencia. Hay que reconocer que el sentido de su propia comunidad les impide mirar con amor y objetividad a las otras comunidades. Y entonces aparece la guerra entre tribus. A veces también la vida comunitaria africana se basa en el miedo. El grupo, la tribu, dan a la vida un sentido de solidaridad, protegen y dan seguridad pero no son verdaderamente liberalizadores. Si el individuo no se separa de ellos es sólo por sus miedos y su propia herida, frente a fuerzas adversas a los genios malos y a la muerte. Estos miedos se concretizan en torno a ritos o fetiches que tienen un poder de cohesión. Pero la verdadera comunidad es liberalizadora.

Me gusta ese pasaje de la Escritura: «Y diré: Tú eres mi pueblo, y él dirá: Tú eres mi Dios» (Os. 2, 25).
Siempre me recuerda a Jessie Jackson, uno de los discípulos de Martín Lutero King, diciendo a una asamblea de muchos miles de negros: «Mi pueblo es humillado». La madre Teresa dice: «Mi pueblo tiene hambre».
Mi pueblo, es decir, mi comunidad, la pequeña comunidad de los que viven juntos pero también la comunidad más grande que está a su alrededor y por la que ella existe. Esos son los que están inscritos en mi carne como yo estoy inscrito en la suya. Ya estemos lejos o cerca, mi hermano, mi hermana, permanecen. inscritos en mi interior. Los llevo y ellos me llevan y cuando nos encontramos nos reconocemos. Estamos hechos los unos para los otros, hechos de la misma tierra, miembros de un mismo cuerpo. El término «mi pueblo» no quiere decir que en relación con ellos yo esté en un grado de superioridad, que yo sea su pastor y me ocupe de ellos. Quiere decir que ellos son para mí como yo soy para ellos. Todos somos solidarios. Lo que les toca a ellos, a mí me toca. El término «mi pueblo» no implica que rechace a otros. No, «mi pueblo» es mi comunidad constituida por los que me conocen y me llevan. Puede y debe ser un trampolín hacia la humanidad entera. Pero no puedo ser un hermano universal si no amo en primer lugar a «mi pueblo» y a partir de él, a todos los demás.

No se va personalmente hacia la unidad interior más que cuando se agranda y profundiza el sentido de pertenencia. Y no sólo de pertenencia a una comunidad sino al universo, a la tierra, al aire, al agua, a todos los vivientes, a toda la humanidad. Si la comunidad da a la persona un sentimiento de pertenencia, la ayuda también a asumir su soledad en un encuentro personal con Dios. Por esto también está la comunidad abierta al universo y a todos los hombres.

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