miércoles, 2 de diciembre de 2015

PREDICAMOS UNA PALABRA QUE CALA HONDO Keith Bentson


Vivimos en una época en que todo tiene que ser rápido, instantáneo, y parece que las conversiones no escapan a esa corriente. Nos agrada una conversión rápida, y lógicamente las hay. Predicamos el evangelio y hacemos un llamado. Yo fui criado en círculos donde hasta se ha dicho que si no se hacía el llamado al final de la reunión se cerraba la puerta del cielo a los pecadores, es decir que se le daba una importancia grandísima al llamado.

No hace falta mencionar que es muy importante que haya una oportunidad para que los que oyen el evangelio se expresen y podamos tener contacto con ellos. Pero mi observación es cuando el llamado se transforma en una costumbre, sin querer, tanto los que hacemos el llamado como la congregación, esperamos resultados instantáneos.
Me alentó mucho escuchar, por primera vez en mi vida, las instrucciones que Carlos Annacondia dio a las iglesias en San Juan, él dijo que no pensáramos que la gente que pasa adelante está convertida. Escuchar algo así de un evangelista es para sacarse el sombrero. Popularmente para los evangelistas el punto fuerte son los que pasan adelante. Sin embargo, no hace falta mencionar otra vez que hay conversiones rápidas.
Pero lo que me hizo pensar en este otro aspecto fue Jesús. ¿Cómo predicaba Jesús? Él tenía fe en la semilla, creía en la vida contenida en la semilla y que llevaba tiempo que ésta germinara. No veo que estuviera apresurado para que la semilla prendiera. Vaya a saber, tal vez el joven rico haya terminado en el cielo, no sabemos si después decidió obedecer. No sabemos cómo obró la Palabra de Dios en él.


En definitiva, si pasan o no adelante, es secundario, lo que tenemos que entender que estamos predicando una palabra que cala hondo. Normalmente lleva tiempo para que esa palabra trabaje, quiebre y regenere.

A CONTINUACIÓN (To be continued)

Ahora estamos viviendo 500 años después de la reforma con Martín Lutero. Estamos agradecidos por lo que él hizo, pero no vemos la Iglesia...