GRUPOS QUE EXTIENDEN EL REINO 2ª Edición Afif Chaik

             



Hace algunos años sentí dentro de mi responsabilidad ministerial, la profunda necesidad de adquirir un verdadero sentido de misión en mi vida. Dios puso una pregunta en mi mente, la cual me golpeaba con fuerza: «¿Para qué vivimos?». Esta duda me obligaba a examinar todos los ámbitos de mi existencia: mi persona, familia, trabajo, congregación y otros. En ese proceso, me di cuenta de que cuando no existe una clara respuesta a esta pregunta se produce en nosotros un vacío, nacido de la falta de definición de un propósito en la vida.

No tengo problemas en confesar que esta crisis se produjo en mí cuando era pastor en Buenos Aires y un ingeniero que, por dicha profesión, viajaba en forma permanente por el mundo. Pude entender que la indefinición en cuanto a una meta práctica, sea esta consciente o inconsciente, trae como resultado una insatisfacción interior que le resta incentivo y motivación a la vida de servicio a Dios.

Los objetivos de Dios

Dios me llevó de vuelta a las bases, a las definiciones esenciales del ministerio que tenemos por delante todos los hijos de Dios: extender su Reino, haciendo discípulos a todos, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo lo que Jesucristo mandó. Esto me llevó a repasar y analizar los objetivos de Dios.

1.Que todo hombre en toda nación sea un discípulo de Cristo (Mt 28.1820) 
2.Que cada discípulo sea semejante a Cristo (Ro 8.29, Ef 4.13)
 3.Que todos los discípulos de Jesucristo formen una verdadera hermandad (Ro 8.29
4.Que todos los discípulos sean factores de transformación en nuestra sociedad (Mt 5.1314).

Este reconocimiento fue similar a lo que sentí cuando me vi en la obligación de repasar los objetivos de la empresa de la cual fui gerente. Pues tales objetivos debían conducir no solo mi acción gerencial sino también la de todos los integrantes de la compañía. ¡Qué experiencia especial resultó esto de volver a empaparme de la esencia de los «negocios del Padre» en los que estaba involucrado. El Espíritu de Dios trabajó profundamente en mí y me llevó a reordenar las prioridades de mi vida: ante todo, y en forma absoluta, el Reino de Dios, según lo indicado en pasajes como Mateo 6.33 y Lucas 14.33.

De pronto, las palabras de Jesús a sus discípulos el día de su ascensión, « me seréis testigos...», cobraron nueva fuerza en mi mente. Descubrí cómo Dios, quien había amado y entregado a su Hijo para mostrar todo poder y también para morir por nosotros, ahora entregaba a los suyos la tarea de continuar con su obra y los movilizaba como testigos suyos.

Hoy día, cuando observo a la iglesia a veces quieta, otras hiperactiva en sus programas noto que al parecer no entiende que la gran oportunidad de su avance reside en poner en acción la capacidad de sus miembros para que sean testigos obedientes y discipuladores.

Los recursos indispensables para nuestro llamado

Descubrí entonces que tenemos a nuestra disposición todo lo necesario para cumplir esta misión de extender el Reino: Entre otros elementos, él nos ha dado:
1.     El evangelio del Reino (Marcos 1.1415). Nos ha llamado no solamente a entenderlo en todas sus dimensiones, sino también a vivirlo en toda su plenitud, para proclamarlo.
2.     El Espíritu Santo (Hechos 1.8; 2.38). La vida espiritual consiste en ser llenos de su persona y darle el espacio para que él actúe a cada paso del camino que nos marca en su estrategia.
3.     La Palabra de Dios (Romanos 10.17; Hebreos 4.12). Nos la ha entregado no solamente con la consigna de que la conozcamos bien, sino también que la practiquemos en la vida diaria y la demos a conocer.
4.     La oración (1 Tesalonicenses 5.17; Efesios 6.18). Es esa magnífica posibilidad de poder entrar en contacto directo con el Padre. Debe ser un hábito que caracterice la vida de sus hijos, aquellos que cumplen Su voluntad.
5.     Los dones y ministerios (Marcos 16.17 y 18; Romanos 12.48; 1 Corintios 12.27 y 28). Hemos sido capacitados para la tarea por delante y tenemos la responsabilidad de usar lo que hemos recibido.

Entrar en acción

El poseer una conciencia actualizada y fresca de los objetivos de Dios y de los recursos que todos disponemos comenzó a ser una experiencia relevante que transformó mi vida personal, familiar y congregacional. Esta transformación se ha dado en una forma verdaderamente asombrosa, pues nunca imaginé que esto fuera posible. He sentido una verdadera dinamización de la vida, pasando a una experiencia absolutamente nueva para mí, la cual afectó en forma permanente toda la trama de mi existencia.

La propuesta partió de Romanos 12.1 y 2 en donde, maravillosamente, se me planteaba una invitación divina de renovar mi mente por medio de un ejercicio de reflexión, oración y acción que le permitiera a Dios transformar mi vida, no de mal para bien sino de bien para mejor. Me gusta la expresión de la versión popular: «Cambiar de manera de pensar para cambiar de manera de vivir».

En resumen, esta renovación de la mente la describo como una actitud transferida a un ejercicio, concertado con otros, de considerar de otra manera la esencia, la dimensión, la presencia, la vigencia, el poder, el amor y la gracia de Dios. Es también un llamado a considerar sus planes, actualizando la comprensión de sus objetivos y de la misión a la que nos llamó, otorgándole a estos el carácter de prioridad absoluta en la vida. Es examinar sus recursos, los cuales han sido provistos para que hagamos la obra que nos encomendó y luego convertirlos en nuestros recursos, necesarios para la acción de avanzar su Reino. Es cultivar una expectativa constante, desarrollando un espíritu de fe, para ver acontecimientos sobrenaturales, con señales y milagros que Dios puede y quiere realizar hoy. Se trata de conectar mente y espíritu con el Espíritu Santo, el gran estratega, el que traza planes, establece vocaciones, llama a los dispuestos, incomoda a los dormidos y convence al mundo. Considero que a esto se refiere Pablo cuando habla de «andar en el Espíritu».

En mi corazón percibo que Dios quiere hoy movilizar a cada cristiano, proponiéndole una transformación de vida y ministerio, para que así resulte movilizada su Iglesia y el Reino se extienda. Por supuesto, esta es una propuesta que cada uno debe aceptar y tiene además un costo: «el que no renuncia a todo lo que posee...» (Lucas 14.33). Para mí, esto fue renunciar a mis criterios, al manejo de mi ministerio, a mi estilo personal, etcétera. Esto no significó arrojar todo por la borda, sino negarme a mí mismo. La palabra más fuerte que recibí en mi mente y en mi corazón, cuando pregunté a Dios el «por qué», fue esta: «si el grano de trigo no cae en la tierra y muere...» (Juan 12.24). Entendí, al examinar el relato bíblico, que tanto en el accionar del Señor como en el del apóstol Pablo y otros, el cumplir «la gran comisión» involucra sencillez, concentración, intensidad y constancia.

En la práctica

El lado práctico de esta experiencia ha venido a ser y sigue siendo vivir y desarrollar el tremendo valor de la concertación en este movimiento de los hijos de Dios. Descubrí que es verdad lo dicho por el Señor en Mateo 18 acerca de ponernos de acuerdo y pedirle a Dios justamente lo que él quiere dar. A la misma vez, comprendí que entrar en acción es comprobar que también cada uno de nosotros debe ser un protagonista en aventuras similares a las que encontramos en la misión de los doce y los setenta y dos, cuando fueron enviados respectivamente por Cristo.

En mi caso esta concertación tomó forma en mi oficina, con dos amigos, así como en el barrio, con mi esposa. Nos pusimos en acción en pequeños grupos de «dos o tres», formando así verdaderos equipos de oración y acción para evangelizar. No se trataba de un método, plan o programa de evangelización sino de la incorporación de una verdadera dinámica, dispuesta a producir transformación de vida y fruto a lo largo de todo un proceso el cual, sin duda, tomó su tiempo.

Una vez armados estos pequeños grupos de acción, comenzamos a entrar en la dinámica de clamar a Dios por aquellos que deseábamos alcanzar con el evangelio, ya fuera en la empresa o en la vecindad. Percibimos así la obra de Dios y la manera como se estaba moviendo, mientras nosotros nos preparábamos y nos manteníamos dispuestos para la acción. De este modo, comenzamos a experimentar la incorporación de nuevas vidas al Reino, pues ahora estábamos trabajando en la misma dirección que el Espíritu Santo. ¡Los resultados prometidos y garantizados en Mt 18.19 comenzaban a aparecer! Hemos visto cómo estas pequeñas células cuyo fin es cumplir con la función de extender el Reino no solamente transforman dramáticamente la vida de sus participantes, sino que también producen conversiones en cadena en los lugares donde realizan su accionar.

La experiencia de más de diez años, profunda y dramática, me permite realizar la siguiente descripción de la dinámica de estos pequeños grupos:
  • Comunión, en forma de un verdadero compañerismo con un propósito definido. Constituye una experiencia de comunicación y ayuda mutua en una relación firme y comprometida.
  • Oración, como la clave de todo, centrada en las personas que deseamos evangelizar. Es también la oportunidad para la mutua intercesión.
  • Preparación, es decir, la necesidad de capacitarse en testimonio personal fijando las verdades que se desean proclamar a la luz de los objetivos de Dios y de la incorporación de los recursos existentes.
  • Acción, destinada a compartir y atender los casos que se presentan, actuando en el poder del Espíritu Santo.
Toda esta dinámica tiene lugar en los pequeños grupos de acción y oración, los cuales establecen así una especie de rutina, con al menos un encuentro semanal. Esta continuidad de encuentros le da oportunidad al Espíritu Santo para producir en nosotros la transformación tan anhelada. De esta manera, no hay verdadera acción sin auténtica transformación.

Los frutos de este cambio

Los pequeños grupos son el ámbito adecuado, en la sociedad de hoy, para «contener» a quienes consideran seguir a Cristo como discípulos. El compañerismo y la intimidad en ellos se tornan en una respuesta a las necesidades personales, especialmente en estos tiempos, en cualquier parte del mundo. Hemos visto una y otra vez que esta estrategia de Dios de movilización de todos sus hijos, conduce a penetrar el mundo y a actuar en medio de él como «sal y luz».

Los frutos de este esfuerzo fueron nuevos discípulos de Cristo, quienes comenzaron a compartir la vida de los grupos. En ellos se comenzó la labor de discipulado la cual los llevó al bautismo en agua, en el Espíritu Santo y a la preparación para que ellos también comenzaran a hacer discípulos de otros.

En estos maravillosos años de aventura he visto, y sigo viendo, extraordinarias consecuencias de volver a la «normalidad». El retorno a las bases, según la Palabra, ha revalidado nuestra función de testigos, dando nueva fuerza a la iglesia de Jesucristo. A la misma vez, ella sigue cumpliendo con sus programas. Hemos sido testigos de un verdadero avance del Reino, hemos visto fluir nuevas vidas que se incorporan al cuerpo de Cristo, a la familia de Dios. Gracias a ello, percibo el desarrollo de la dinámica bíblica de la iglesia: 1) evangelizar, 2), bautizar, 3) capacitar, 4) enviar, tan sencilla y maravillosamente descripta en la experiencia del apóstol Pablo en Éfeso (Hch 19.112). Esto se torna en un renacer a esa vida de servicio a Dios de los primeros tiempos de la Iglesia, algo que deseamos nunca más dejar atrás.

Una estrategia para todos lados

Desde 1999 me encuentro, junto con mi esposa, cumpliendo con esta misma visión, avanzando con la misma práctica y viendo los mismos resultados en Suecia. Este país es considerado como el más secularizado de la tierra, y la iglesia cristiana casi no crece (en algunos casos decrece), a pesar de su gran «actividad». ¡Qué gloria es ver que los principios, contenidos en todo lo aquí descrito, son totalmente válidos también en esos ámbitos! Habitualmente dedicamos unos cinco meses por año a la tarea en ese país, y combinamos estos viajes con la continua labor en Argentina. Tanto en un lado como en el otro hemos sido testigos de extraordinarias manifestaciones del Espíritu, no solamente en la vida de quienes se convierten, sino también en aquellos que forman estas pequeñas células de evangelización.

El toque de un espíritu profético me habla de un nuevo tiempo que ya llegó, lleno de promesa para nuestra labor ministerial. Veo, con más realismo que nunca, el cuadro de una Iglesia que entra a una plena acción evangelizadora, mediante la movilización de todos sus miembros. Con una nueva conciencia y un nuevo anhelo, mi corazón arde, al orar a Dios hoy: «Venga a nosotros tu Reino...».


El autor trabajó por largo tiempo como reconocido ingeniero en la industria papelera y desde hace muchos años, desarrolla su tarea pastoral en congregaciones de Buenos Aires. Durante la última década, el Señor lo ha llamado a desafiar a muchas congregaciones para unirse al proyecto de Dios de hacer discípulos a todas las naciones. En la actualidad dedica al menos cinco meses por año a realizar en Suecia la misma tarea que en Argentina.


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