EL ESPOSO Y PADRE


La crisis de la humanidad es una crisis provocada por los varones. Desde Adán hasta hoy el hombre no se responsabiliza por lo que ocurre a su alrededor. La búsqueda de poder de las mujeres tiene su contrapartida en la renuncia sistemática del hombre a la posición de responsabilidad y gobierno que Dios le dio en el mismísimo jardín del Edén. El hombre fue constituido por Dios responsable. Pablo nos enseña que Dios es cabeza del varón y el varón cabeza de la mujer y en Génesis Dios nos muestra que la mujer fue creada por él como ayuda idónea del varón.

Dios delegó en el hombre una función de gobierno sobre la tierra y creó a la mujer como colaboradora de esa función. El hombre no tiene autoridad propia, sino una autoridad delegada. Esto quiere decir que al hombre no le fue concedida la prerrogativa de establecer «su» gobierno propio, sino que Dios le cedió una función de gobierno para que estableciera la voluntad divina, y con la ayuda de su esposa llevara a cabo lo que Dios se había propuesto.
En otras palabras, Dios creó al hombre para llevar a cabo un plan, y le dio una mujer como colaboradora para que ese plan pudiera ser alcanzado.

El hombre hoy tiene, entre otras, tres actitudes que rompen este esquema establecido por Dios:
* Muestra irresponsabilidad

* Ejerce un gobierno centrado en él mismo

* Ejerce un gobierno místico

La irresponsabilidad se manifiesta en la omisión absoluta de su rol, y en delegar esa responsabilidad en su esposa o en otros. Una manera en que esto se vuelve visible es cuando el varón limita su gobierno al sustento económico. Trabaja, ausente de su responsabilidad de esposo y padre, y se contenta con que se paguen las cuentas y la manutención de los miembros de hogar. Si bien esto no es poco, no resulta suficiente. Esta actitud hace que el hombre se auto-confine dentro de una posición reducida en relación con su posición creacional.  Aunque la mujer procure compensar esta actitud.

Un gobierno centrado en el propio varón se manifiesta en que el hogar gira alrededor de sus intereses personales, de sus gustos, de sus ideales. Este varón establece egoístamente su parecer y su propio gobierno, que puede coincidir o no en algunos de sus aspectos con los intereses de Dios, pero no deja de perseguir un fin propio. La sociedad llama a esta actitud del varón «machismo». El machismo hace que el hogar se oriente hacia los intereses egoístas del hombre y que la mujer y los hijos deban servirlo a él y perseguir los fines que él desea alcanzar.
Ante estas dos posibles actitudes, el varón que entiende cuál es el lugar genuino que Dios le ha dado busca establecer la voluntad de Dios en su hogar y no la propia. Discierne el lugar que Dios le ha dado a su esposa y el fin que ambos deben alcanzar. Discierne también que sus hijos no son propios sino herencia de Dios, que deben ser criados según el deseo del Creador. Se levanta a la mañana con este plan, con esta intención, y busca la guía del Señor. No importa cuán ocupado esté con sus tareas laborales, mantiene una visión panorámica de los objetivos a largo alcance que debe alcanzar su hogar, y entiende el lugar que Dios le ha dado a él, a su esposa y a sus hijos.
Este varón también entiende que tener a Dios por cabeza es estar unido a la iglesia de manera firme. Un varón solitario no podrá establecer el gobierno de Dios porque estará a merced del auto-engaño. Cristo es la cabeza del varón, y la plenitud de Cristo es la iglesia. Quién no está correctamente acoyuntado al cuerpo, firmemente unido por relaciones y no meramente por reuniones, en realidad no está unido a Cristo.

Al caso del varón que busca establecer el gobierno de Dios en solitario lo llamo «gobierno místico». Él parecería buscar la voluntad de Dios, porque ora, lee las Escrituras, y muchas veces ayuna buscando la guía del Señor. Este varón suele ser capaz de mantener, puertas adentro, un régimen de devocionales y dar al hogar un aroma de espiritualidad. Pero un varón solitario estará a merced de sus propias limitaciones, de su propio misticismo; ignorará que una oveja solitaria es presa fácil. Y estará pastoreando, aunque con las mejores intenciones, según sus propios criterios, y no los de Cristo.

Para llevar adelante un hogar, el varón entonces precisa entender que su misión principal en la vida es la de pastorear su casa junto con su esposa. Y en estrecha unión con otros varones, dentro de una relación de compromiso en el contexto de las relaciones firmes del cuerpo de Cristo. No establece sus propias ideas sino las de Dios; no centra el hogar en sus gustos e intereses sino en los de Dios. No se alegra en aquello que le desagrada a Dios ni se satisface con lo que a Dios no le satisface. No busca establecer en sus hijos las ideas personales de sus ancestros, sino que reconoce y discierne que sus hijos son de Dios, y que le han sido confiados con un propósito claro y definido.

Para delinear mejor la función del varón en el hogar, podríamos decir que es la de pastorear a su esposa e hijos según el propósito eterno de Dios. Sugiero realizar un estudio personal basado en estos cuatro pasajes bíblicos que muestran desde diferentes ángulos el carácter de un pastor: Salmo 23, Tito 1.5-9, 1 Timoteo 3.2-10 y Juan 17. En ellos se describe a un esposo y padre que pastorea su casa según el modelo de paternidad de Dios sobre sus hijos. Y en Juan 17 el propio Cristo señala la manera de evaluar o sopesar la tarea pastoral en sus discípulos o hijos espirituales, y nos provee los parámetros a utilizar para dar por concluida la obra como padre espiritual. Tito y Timoteo señalan los requisitos que debe reunir alguien para poder ser establecido como obispo, y estos requisitos no reflejan las características de una casta especial sino los rasgos de carácter que todo varón debe mostrar.

Confío en que cada uno realizará el ejercicio de estudiar los pasajes que acabo de mencionar, buscando la revelación y guía del Espíritu. Y quiero destacar algunas áreas, entre muchas otras, en las que el varón ha de mostrar especial cuidado.
Debe ser dueño de él mismo
Debe buscar, ante todo, una relación sana y afectiva con su esposa
Debe ser amoroso y firme con sus hijos
Debe edificar sin grietas

Ser dueño de él mismo. Me refiero a la necesidad de ejemplificar el dominio propio en todas las áreas de la vida. Tanto el dominio propio como el desborde o falta de control se manifiestan en la manera de hablar, en el comer, en la puntualidad, en la capacidad de sacrificarse y superar debilidades, en el orden del espacio físico o del ambiente que se usa, y en el manejo del reloj despertador y de las horas de sueño. Se manifiestan también en la capacidad de mantener los compromisos, cumplir con las promesas, y mostrar estabilidad emocional.

Mantener una relación sana y afectiva con la esposa. Pocas cosas valora más un niño que un papá que ama a su mamá. Un hijo no se sentirá seguro si no ve amor entre sus padres. Por otro lado, una mamá difícilmente podrá realizar su tarea como madre con libertad, entusiasmo y amor si no se siente amada y valorada. La mujer es un vaso frágil. Su fragilidad se relaciona con sus emociones y esas emociones se ven fuertemente afectadas cuando quien debería cuidarla, sustentarla y edificarla, la ignora, o peor aún, la trata dura o ásperamente.

Vivimos en un mundo marcado por crisis tanto en la masculinidad como en la feminidad. En algún momento deberíamos desarrollar este tema, por su importancia y por las implicancias que tiene sobre la sociedad y el mundo. Por ahora me limitaré a decir que los varones debemos aprender a conciliar la firmeza y la gracia, y entender que estas dos cosas deben ir juntas. Un varón áspero nunca podrá edificar a su esposa, porque no tiene la llave del corazón. Y la gracia, la afectuosidad y la caballerosidad son las que conducen a toda edificación.
También debemos entender que la relación con nuestra esposa es más importante que toda otra relación. El fruto que obtengamos de nuestro hogar saldrá de esa relación. El matrimonio es la fábrica de la vida, y cuando la fábrica está en crisis, el fruto se ve afectado. Por lo tanto, precisamos pasar tiempo con nuestra esposa. Este tiempo puede darse a través de salidas semanales o quincenales, de caminatas periódicas, de invitaciones a tomar un café, o de acostar temprano a los chicos para que la noche comience temprano y nos dé la oportunidad de conversar y estar solos sin interrupciones.
La mujer que ejerce su maternidad con abnegación y discernimiento de su misión necesita ser especialmente fortalecida. Precisa sentirse apoyada. Que se le recuerde constantemente acerca del beneficio de lo que está haciendo. Que se le exprese que su dedicación es valorada por nosotros y por Dios. Y que se le recuerde que el costo de su esfuerzo redundará a su tiempo en descanso y gozo pleno. La crianza de los hijos es un proceso muy extenso y lleva muchos años obtener un fruto final. El varón debe apuntar siempre hacia el día en que vendrá la cosecha y unirlo con el presente para que el día presente resulte más llevadero.

¡Cuánta necesidad tenemos de repensar nuestro lugar como varones! Vivimos en un mundo lleno de hostilidad y desprecio, pero nuestras esposas deben saber que esas cosas no están en nosotros. Para ello, debemos llenarnos del Espíritu Santo. Precisamos estar plenos en Jesucristo, tener nuestro «tanque emocional y espiritual» lleno, desbordar de gozo, y andar en el Espíritu, en constante comunión con Dios.


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