CUANDO LA IGLESIA CRECE CAMBIA SU OLOR



“Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y vestido de ropa lujosa, y también entra un pobre con ropa sucia, y dais atención especial al que lleva la ropa lujosa, y decís: Tú siéntate aquí, en un buen lugar; y al pobre decís: Tú estate allí de pie, o siéntate junto a mi estrado; ¿no habéis hecho distinciones entre vosotros mismos, y habéis venido a ser jueces con malos pensamientos?”  (Santiago 2: 2-4)


¿Qué olor tiene la gente con ropa sucia? ¿Cómo pensamos que huele un marginal? Obviamente, como algo natural a nadie le gusta acercarse a alguien en condiciones decrépitas, tampoco a los cristianos de la época del apòstol Santiago pues a personas así las mandaban sentarse atrás. 
Hay muchos que se convierten a Cristo provenientes de una crianza, un hábitat y costumbres donde no se les enseñó la importancia del aseo personal, cuyo estado es deplorable pero ahora son nuestros hermanos y a los cuales debemos amar y bendecir. A ellos habrá que aconsejarles con mucha claridad la necesidad de ser limpios tanto por dentro como por fuera procurando realzar su dignidad como hijos de Dios y seres gregarios creados a la misma Semejanza divina. 
No todos huelen de la misma manera por eso cuando una comunidad cristiana crece también cambia su olor. Esto sucederá inexorablemente. Ángel Negro nos dijo que la gente que se convierte trae a la iglesia el olor de su barrio, de su ciudad. ¿Cómo huele tu barrio o ciudad? 
Los cristianos tenemos un olor fragante que proviene de Cristo. Estos nuevos conversos tendrán que ser impregnados con ese perfume celestial que emana de la presencia de Jesús.

Por Oscar Gómez

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