SÍNDROME DEL ELEFANTE Oscar Gómez




En este último tiempo he observado una generación de creyentes que no se mueve, no predica y muy pocas cosas la conmueve. Esta masa inamovible es la que padece del síndrome. También me dí cuenta que es una enfermedad espiritual contagiosa, si no nos apercibimos va afectando a los que toman contacto con ellos. Así que, por un lado el discípulo comprometido procura movilizar a sus hermanos estimulándolos a las buenas obras y, como una fuerza contraria, el creyente elefante le enseña a los nuevos que deben echarse y solamente comer. El elefante es pesado, puede llegar a pesar 7.500 kilos promedio. Una vez que se echa nadie lo mueve, sus movimientos son demasiado lentos y llega a ingerir unos 200 kilos de comida en un día.

Características del que padece el síndrome.

Nunca está presente en las actividades callejeras, en las salidas a anunciar el evangelio, sin embargo no se pierde ningún cumpleaños. Podemos catalogarlo como un creyente intramuros.

Prefiere los banquetes antes que los encuentros de oración.

Puede ser un buen profesional, pero no lleva fruto, no se reproduce, “su sabor ha quedado en él” (Jeremías 48:11) Esto le sucede porque colocó su negocio o profesión antes que la causa de Cristo, por tanto tiene un problema serio en sus prioridades.

Conoce bien las promesas sin detenerse en las demandas del reino. (Como si a su libro le faltaran páginas)

Lo fascinan los eventos especiales, los grandes predicadores, los megaconciertos musicales, pero no encuentra satisfacción en la sencillez de dos o tres reunidos o en compartir a Cristo en el banco de una plaza.

La Palabra que recibe no se convierte en fuerza motora en él, al contrario, lo hace más pesado y siempre quiere escuchar cosas nuevas.

Cuando decide hacer, su pensamiento nunca termina en convertirse en acción.
  
Nosotros hemos creado esta nueva raza de elefantes.

Tenemos que asumir la responsabilidad. A los que llegaron al Señor después de nosotros los hemos cuidado demasiado, no los hemos desafiado ni confrontado, caímos en el pensamiento que había que preservarlos del contacto con el mundo y de esta forma los introducimos en una especie de cápsula eclesiástica. No los enviamos como a corderos en medio de lobos. Apañamos sus caprichos y asentamos sus berrinches por temor a que se ofendan, los hemos alimentado con cuchara hasta que “repitieron” la comida. Entonces, no podemos pretender sacar otra clase de producto.

Curación del síndrome

Redefinir que clase de cristianos debemos ser. El discípulo que Dios quiere es aquel que trata de vivir de acuerdo a la voluntad de Dios, se esfuerza en comunicar el evangelio donde puede llevando a otros al conocimiento de Dios. Hace discípulos priorizando el reino frente a sus intereses.

Curar al elefante. Sin embargo si podemos llegar a restaurarlo el elefante posee entre sus facultades, el servicio, la paternidad y la compasión. Por lo menos saquemos lo bueno de él.

Echarle fuego entre sus patas. Un reconocido cristiano dijo hace muchos años que la única manera de mover a un elefante es echarle un poco de fuego. Y esto es lo que precisamente tenemos que hacer, se trata del fuego del Espíritu Santo. No es tarea fácil, pero tampoco imposible.

Advertencia: Si el elefante no se quiere mover, dejemos que duerma debajo de la sombra del sistema religioso y vayamos en busca de una nueva generación de discípulos que comprenda los alcances del reino, las implicancias de las demandas y el inminente regreso de Cristo. El tiempo es corto y el peregrinaje se termina. Necesitamos gente que tome la antorcha y llegue a ser mucho mejor que nosotros. Dios dará esta nueva generación que tendrá su misma esencia.






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