RESISTIENDO AL ENEMIGO A.W.Tozer



Algún día la iglesia podrá bajar la guardia, decirle a los vigías que se bajen de sus puestos y vivir en seguridad y paz; pero no todavía, no todavía.
Todo lo que es bueno en el mundo permanece como un blanco para todo lo que es malo, y supervive solo por una vigilia constante y la protección providencial del Todopoderoso Dios. Así como un hombre y una nación pueden ponerse en grave peligro cuando nadie advierte que hay enemigos cercanos o problemas que se avecinan, así también la iglesia puede ponerse en grave peligro por no reconocer la presencia del mal y la fuente de donde proviene.
La iglesia de Laodicea ha permanecido durante 19 siglos como una advertencia seria a toda la iglesia de Cristo, para que se ponga en guardia cuando al parecer no hay enemigos a la vista, y a permanecer en pobreza de espíritu, pero al parecer nosotros no estamos aprendiendo nada de esa advertencia. Comentamos las siete cartas a las iglesias de Asia y después volvemos a nuestro modo de ser, para vivir como la iglesia de Laodicea. Tenemos una inclinación hacia el retroceso espiritual que es casi imposible de curar.
El hombre más sano tiene suficientes bacterias dentro de él como para matarlo dentro de 24 horas, excepto por una cosa—por el asombroso poder del organismo humano de resistir el ataque de las bacterias. Cada cuerpo humano lucha constantemente, día y noche, contra esos letales enemigos internos. Si se rinde al ataque, sus horas están contadas. Literalmente, debe vencer o morir.
La razón de esto es porque la raza humana habita en un mundo que es hostil a ella en muchas maneras. Tanto la naturaleza, como el hombre, están caídos. Y como el pecado es equivalente a los poderes naturales humanos que se han descarriado, así esos seres microscópicos creados para beneficio del hombre, ahora rebeldes y salidos de su normalidad, producen las enfermedades mortales. Para poder vivir, el cuerpo tiene que combatir esos seres invisibles exitosamente, y considerando cuántos son ellos, y cuan vulnerables nosotros, es una maravilla que alguien logre sobrevivir la infancia."
La iglesia vive en un mundo hostil. Dentro y fuera de ella hay enemigos que podrían destruirla y lo harán, a menos que ella pueda resistirles con un poder mayor. El cristiano podría sucumbir a la presión del mundo, si no tuviera dentro de si una presión mayor que contrarresta la otra. El poder del Espíritu Santo es, por lo tanto, no opcional, sino imprescindible. Sin Él los hijos de Dios, sencillamente, no pueden vivir la vida del cielo sobre la tierra. Los impedimentos son muchos, y muy efectivos.
Una iglesia es un organismo viviente y está sujeta al ataque de aquellos enemigos que atacan seres vivientes. Pero con todo la imagen del cuerpo humano para representar la iglesia no es del todo adecuada, porque la vida del cuerpo no es inteligente, mientras que la iglesia es un cuerpo compuesto de personas que tienen sentido moral, y que pueden discernir a sus enemigos y usar su voluntad para resistirlos. El cuerpo humano puede combatir a sus enemigos aún cuando está durmiendo, pero la iglesia no puede. Ella, debe estar despierta y alerta, de otro modo no podrá vencer.
Uno de los enemigos a los cuales tenemos que resistir es la incredulidad. La tentación de rechazar lo que no podemos explicar es fuerte; y si no rechazamos de plano, por lo menos mantenemos la fe en suspenso, hasta que se nos aclaran las cosas. Esta actitud es propia, y aun recomendable, para el científico, pero enteramente mala para el cristiano. He aquí la razón:
La fe del cristiano descansa enteramente en el Hombre Cristo Jesús, quien declara que El es Dios y Señor. Esta declaración tiene que ser recibida de pura fe, o rechazada de plano. Nunca podrá ser probada por la investigación. Por esto es que Cristo apela a la fe, y solamente a la fe. El creyente piensa, es cierto; pero él piensa porque cree, no para procurar creer. La fe recibe del Espíritu Santo que habita dentro una confirmación exquisitamente perfecta, pero solo después que está allí, sin otro apoyo que Cristo mismo.
Otro enemigo es la complacencia. "Ay de los reposados en Sión". El cristiano descuidado y contento no está en peligro de ataque; ya ha sido atacado. Está enfermo y no lo sabe. Para combatir esta situación debe avivar los dones del Espíritu que están en él. Debe declarar la guerra al contentamiento, y esforzarse por alcanzar aquel premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.
Otro enemigo es la justicia propia. La tentación de sentirnos moralmente agradados va en aumento conforme nuestra vida espiritual se hace mejor. El único remedio seguro contra este mal es cultivar un sereno y continuo estado de penitencia. Un dulce, pero sobrio, recuerdo de nuestro pasado pecaminoso, más un reconocimiento no morboso de nuestras imperfecciones, no son incompatibles con el gozo del Señor. Y son de inestimable ayuda para resistir al enemigo.
El temor del hombre es una trampa, dijo el profeta, y este enemigo también debe ser derrotado. Toda la maquinaria del mundo moderno está montada para quitarle al individuo su independencia, y ponerlo en conformidad gris con todo el resto de la masa. Cualquier desviación del patrón, sea cual fuere ese patrón, no será perdonada por la sociedad, y como el cristiano debe desviarse radicalmente del mundo, incurre naturalmente en su desagrado. Si se rinde al temor, está vencido. Por ninguna razón debe dejar que esto suceda.
otros enemigos pueden ser identificados como amor al lujo, simpatías secretas con el mundo, confianza propia, orgullo y pensamientos no santos. Debemos combatir a todos estos enemigos internos con todos los poderes que tenemos dentro, mirando a Jesús, el autor y consumador de nuestra fe.


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