LÁMPARAS ENCENDIDAS



Despertemos antes que la lámpara de Jehová se apague (1° Samuel 3:3) Mantener la lámpara de nuestra vida encendida es nuestra responsabilidad, necesitamos cuidarla de lo que procura apagarla, sofocarla y detener su fuego. El pecado, los vientos recios de las pruebas que arremeten sin piedad y sin esperarlas, las demasiadas preocupaciones por cosas intranscendentes, las fuerzas del mal que aprovechan toda circunstancia para el desánimo y el perverso postmodernismo que levanta la bandera de los derechos individuales sin tener en cuenta los del Creador son sus principales enemigos.
Sigamos el ejemplo de Juan el Bautista, él era antorcha que ardía y alumbraba, iluminó la sociedad de su tiempo hasta el fin. Sobre el particular el apóstol Pablo declara que somos luminarias en medio de la gente, sin embargo la iglesia actual pensó que se trataba de la luminaria del frente del salón o de las farolas sicodélicas de su interior. 
En la sencillez, santidad, y buena manera de vivir irradiamos esa luz sin darnos cuenta, porque se trata de una luz espiritual, celestial, que contrasta con las tinieblas, con los rostros demacrados producto del pecado. Tiempo atrás alguien escribió una canción inspirada en esta gloria que fluye de los santos: “En sus rostros brilla santa luz, es la luz de la presencia de Jesús”.
La lámpara de nuestra vida solamente iluminará si hemos sido transformados por Jesucristo y llenos de su Espíritu Santo.

Por Oscar Gómez

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