UN DIOS DISTINTO Francis Schaeffer

     

La gran columna de la iglesia primitiva que la diferenciaba de todos los demás sistemas religiosos era su respuesta a la pregunta: ¿Cómo puedo acercarme a Dios?
Si Dios es perfecto y mantiene su total perfección, entonces, como es obvio que ningún hombre es moralmente perfecto, todos ellos estarán condenados. Lo único que resolvería este dilema, verdaderamente básico sería la enseñanza de la Biblia y la iglesia primitiva.
Tal enseñanza fue que Dios nunca hace descender el nivel de sus normas, que exige perfección de los hombres, pero que en el amor de Dios vino Jesucristo como Salvador, y llevó a cabo una obra infinita y definitiva en la cruz, de manera que el hombre ya puede acercarse al Dios totalmente santo y perfecto, basado en esta obra perfecta y consumada, por la fe y sin obras humanas de ninguna clase.
Pero un cambio acaeció en tiempos del emperador Constantino. Este hizo la paz con la iglesia, pero empezó a entrometerse en ella. Este cambio progresó lentamente al principio, y luego con creciente velocidad. Tal cambio de dirección destruyó la columna de la iglesia antes mencionada, y es re-introducido el elemento humanista o basado en el hombre, que consiste en que al hallar la salvación, en lugar de descansar solamente sobre la completa obra de Cristo—es decir, su obra consumada en la historia—esta salvación se sustenta también en las obras humanas.
En el sistema católico-romano, estas obras humanas se hallan en tres importantes ámbitos.
El primero es el de la misa. No se considera ya, en la misa católica-romana, que Jesucristo acabó su obra en el tiempo histórico en que murió en la cruz, sino que se considera que Jesús está sufriendo constantemente. El sufre de nuevo, en el sacrificio no sangriento, cada vez que se celebra una misa. Pero hay más todavía: se considera que quienes participan en la misa están ofreciendo a Cristo en sentido activo. Basta con leer el misal católico-romano para darse cuenta de la fuerza de esto. Cristo es ofrecido por el que oficia la misa, pero quien participa de la misa participa en su ofrecimiento activo de Cristo.
Hallamos un segundo elemento centrado en el hombre en el ámbito de la penitencia. Esta es el sufrimiento en la vida actual, sea en lo religioso, o sea de una manera general, para compensar la ausencia de buenas obras positivas. Así, el sufrimiento tiene valor práctico.
Y el tercer elemento humanista concierne al ámbito del purgatorio, en el que el valor del sufrimiento se proyecta al futuro. Se sufre hasta merecer el mérito de Cristo.
Claro está, que de esta manera se destruye totalmente la columna de la iglesia de que la salvación es por la fe en la obra terminada de Cristo, y así encontramos en el sistema católico-romano un retorno a lo relacionado al humanismo.
Si seguimos el actual énfasis común, que intenta borrar las diferencias entre las diversas religiones, se dice a menudo, incluso por evangélicos, pero afectados por esta tendencia, que el catolicismo romano adora al menos, con toda seguridad, al mismo Dios que la iglesia primitiva y de los evangélicos. Desgraciadamente, la respuesta es: no. El catolicismo romano no adora al mismo Dios. La entrada del elemento humanista en el sistema católico-romano hace que Dios sea considerado como un Dios distinto al presentado en la Biblia. El Dios bíblico es completamente santo. Él no puede aceptar ni la menor imperfección moral. Si el Dios totalmente santo quisiera tratar con algún hombre, después de la rebelión de este, sobre cualquier elemento de las obras morales humanas, sólo podría condenarlo. En el sistema católico-romano, Dios no es totalmente santo y perfecto, ya que acepta la imperfección. Dicho sistema afirma que somos salvos por el mérito de Jesucristo, pero introduciendo el elemento centrado en el hombre, porque el hombre debe merecer el mérito de Jesucristo.
Con pesadumbre, pero con una finalidad definida, se debe entender y afirmar que el Dios del sistema católico-romano no es el de las Sagradas Escrituras.

 

 

 

 

 


 

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