viernes, 2 de octubre de 2015

LA VIDA DE DIOS ES PRIORIDAD

 



Un elemento no advertido

 

No son pocas las argumentaciones que se han generado en torno a la manera en que la iglesia primitiva desarrollaba sus encuentros. Hoy día tenemos, por un lado, los defensores de la libre participación de los discípulos en la reunión y, por el otro, los que sostienen la necesidad de regirse por un programa definido, bajo una firme dirección durante el culto. No obstante, hay un elemento que ambas corrientes no advierten y entiendo que es el más importante: Se trata de la vida de Dios, la presencia del Señor en las asambleas.

La vida manifiesta de Dios entre los cristianos es prioridad, diríamos elemental, más importante que las formas. Podemos tener una reunión donde se practica la reciprocidad, sentarnos en círculos dando libertad de expresión a los hermanos pero carente de vida, donde nada sucede. En contraste,  se puede dar el caso de un encuentro ajustado a un programa ya dispuesto donde el Espíritu Santo se despliega convenciendo de pecado, llenando las vidas y fluyendo en medio de la adoración (o viceversa). Sin lugar a dudas aquellos grupos de cristianos dedicados al ayuno y  la oración, que rinden constantemente sus vidas delante del Cordero gozarán de la visitación de lo alto y el favor de los cercanos, más allá de la manera en que se reúnan. Allí desbordará la gracia y el poder de Dios. En el año 1983, cuando me convertí al Señor, fui invitado por unos hermanos a orar en un lugar pequeño y precario donde lo único que se anhelaba era la presencia de Dios sin tener en cuenta la forma de hacerlo. Unos se postraban en los bancos, otros en el frente donde estaba ubicada la tarima, algunos en los laterales y el Espíritu venía como viento recio. Fue una experiencia sin igual y extraordinaria.

 

Debemos recuperar la vida de Dios entre nosotros, este es el punto crucial y troncal, después hablaremos de los formatos.

 

Recipientes sin contenido

 

Obreros con buenas intenciones están fijando más la atención en los odres, en el recipiente, que en el vino nuevo. ¿De qué sirve un cuero nuevo sin vino nuevo? ¿Qué sentido tiene el formato sin la vida de Dios, sin su gracia? Aún más, hoy comprendo que Dios también observa nuestro corazón cuando estamos juntos como iglesia. Es una cuestión de actitud, de un corazón humillado y contrito ante su presencia. No hay ningún mérito en ser bíblicamente correctos en la aplicación del modelo apostólico y a la vez tener motivaciones incorrectas, orgullo y hasta desprecio por el resto que no lo hace igual. Si esto ocurre, Dios nos mirará de lejos. (Salmo 138:6)

 

La vida de Dios es lo que vale.

 

Está claro que la iglesia necesita renovación, ir del culto inducido a la libre expresión de los discípulos, como principio más que método, aunque muchos lo procuren negar. Sin embargo, esto no tendrá consecuencias en favor de la hermandad si no buscamos nuevamente el espíritu de la vida de Dios. Serán meras formas, tal vez adecuaciones correctas pero sin vida.

En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (San Juan 1:4) Lo que es luz a las gentes, que alumbra, que conmueve y prevalece es la vida de Dios. Esto es luz y testimonio ante el mundo. Sin esta vida no seremos distintos a un grupo social o de autoayuda (por más que nos reunamos en círculos) Una vez recuperada la vida de Dios, el vino de Dios, entonces vayamos por el cuero, por las formas, de lo cual tenemos mucho por decir.

 

Por Oscar Gómez





 

A CONTINUACIÓN (To be continued)

Ahora estamos viviendo 500 años después de la reforma con Martín Lutero. Estamos agradecidos por lo que él hizo, pero no vemos la Iglesia...