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UNA MARCADA TENDENCIA A LAS SENSACIONES Por Simón Desjardins

    

Sin duda, la persona que comenzó la vida cristiana se ha embarcado en la gloria más grande que un mortal puede  experimentar, la cual supera con creces la que puede vivenciar una vida no regenerada, pues mientras esta se mueve por lo tangible, la primera se ve afectada por lo espiritual.
Creo que todos sabemos lo que se ofrece  en el ámbito de lo físico, de lo visible. Pero ¿Qué sucede en el mundo espiritual? ¿Cuántas cosas experimentan aquellos cristianos que se introducen más allá del velo de lo efímero?
En referencia a esta categoría de experiencias, el apóstol Pablo escribe: "Yo vendré a las visiones y a las revelaciones del Señor: Conozco a un hombre en Cristo, que hace, ya sea de catorce años en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe, el tal fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y sé un hombre, ya sea en el cuerpo o fuera del cuerpo no lo sé, Dios lo sabe, que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar”
Estas son las palabras de un hombre que había cruzado los límites impuestos por las sensaciones. Él vio y oyó, y lo que percibió lo dejó asombrado.

Más allá de las sensaciones del cuerpo.

Obviamente, la experiencia del apóstol fue una progresión asombrosa que lo condujo a la gloria. Esto es lo que produce la adoración, la reverencia hacia lo divino y el estar encantados con Dios. Porque si nuestros sentidos corporales en ocasiones nos pueden sumergir en experiencias fascinantes, ¿Qué pasa con la realidad eterna capaz de tocar no sólo el cuerpo sino también el alma y el espíritu?
Hace varias décadas AW Tozer escribió un folleto titulado “Adoración: La joya perdida de la Iglesia”. Él explica la naturaleza de la adoración y sostiene que casi ha desaparecido de nuestras congregaciones. Uno puede estar de acuerdo o diferir con la evaluación de Tozer, pero una cosa parece fuera de toda duda: Se observa muy poca profundidad espiritual en la mayoría de los cristianos. Esto explica por qué tanto esfuerzo en invertir en cosas que tocan los sentidos corporales. La iglesia ha llegado a tener un glamour sin precedentes, una exagerada tendencia a incorporar aquello que provoca sensaciones diametralmente opuestas a la verdadera espiritualidad.

Imperceptible pero real

No estoy insinuando que nuestras reuniones deben ser hostiles a lo corporal o natural, como la música agradable o la agudeza intelectual.  Pero intentar adornar todo eclipsa  lo sustancial y es totalmente contraproducente. Existe una vida profunda en Dios que produce verdadero gozo, incluso en un calabozo frío como Pablo y Silas. Se trata de una vida que contrasta con la predisposición a lo fascinante. Una vida que convierte en un lugar de placer el cuarto de oración. Los que pueden llegar a vivirla tendrán una expectativa constante. Incluso mientras duermen su corazón estará despierto (Cantar de los Cantares 5: 2), a la espera, en vigilancia de la manifestación de lo que parece imperceptible, pero es real.
Otra tendencia alarmante es nuestro estado espiritual presente que hace hincapié en esa clase de espiritualidad que se puede visualizar y experimentar de una manera sensacional. Ya sea que estas manifestaciones sean genuinas o no, no tiene que ser el foco principal de atención. ¿Por qué hacemos tanto énfasis en este aspecto de la vida cristiana? ¿Por qué los cristianos quedamos pasivos ante las necesidades de un mundo agonizante y a la vez tan entusiastas con encuentros emocionales pero sin trascendencia?
Tal vez es el momento de preguntarnos: ¿Qué ganamos al entretener cristianos -y en ocasiones a pecadores, como si el objetivo fuera hacer que se sientan un poco mejor de su estado aletargado?

Fascinar o transformar


Existe un llamado movimiento espiritual que tiene poco que ver con la espiritualidad genuina. Jesús, por causa de este tendencia sensacionalista de la gente, dejó muchos afuera cuando resucitó a la hija de Jairo, a excepción de Pedro, Santiago y Juan, y al padre y a la madre de la niña. Seguramente sabía que entretener a la gente hubiera sido poco productivo. Actualmente vemos más fascinación que  transformación.
La persona que se adhiere al cristianismo para encontrar una mera sensación seguramente encontrará aburrimiento y decepción, pero el que se inclina con sinceridad, rindiéndose al Anciano de Días en total reverencia seguramente experimentará una vida plena y la gloria celestial, ese lugar donde solamente Jesús nos puede llevar.

 

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