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CUIDEMOS NUESTRA MANERA DE HABLAR Jorge Himitian


Es preciso aprender a vivir según la voluntad de Dios. Vivir abarca también nuestras conversaciones, nuestra manera de hablar y expresarnos las 24 horas del día, no solo cuando estamos en público.
Muchas veces cuando hablamos ofendemos, especialmente a los de nuestra familia. En cambio, con los de afuera hacemos “relaciones públicas”: “¿Qué tal? Mucho gusto. ¿Cómo está su familia? Me alegro. Hasta pronto”.
¿Y en casa cómo hablamos? ¿Le decimos a nuestra esposa: “Querida, no te preocupes si no pudiste cocinar. No hay ningún problema. Hoy cocino yo. ¡Te quiero tanto, mi amor!”?
Necesitamos aprender a hablar bien. Podemos decir lo mismo de un modo amable o brusco. Muchas veces hemos aprendido a hablar en lenguas, pero no sabemos hablar correctamente en castellano. Rezongamos, nos quejamos, criticamos, ofendemos, algunos hasta dicen malas palabras, sin que ello los perturbe.
A veces nuestra conducta lleva a confusión. Por ejemplo cuando nos sentamos a la mesa, inclinamos la cabeza y decimos: "Gracias Señor por este pan". Luego tomamos la cuchara, probamos el primer bocado y expresamos con disgusto: "¡Qué comida tan desabrida!" ¿Cómo? ¿Recién estábamos agradeciendo y ahora nos quejamos?

En Efesios 4.29 Pablo dice: “Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes”.

No importa el tema del que hables, sino que lo hagas como Dios quiere. Cuando hables debes edificar, bendecir.

“Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal”.

El contenido, el tono y el espíritu con que hablamos debe edificar al que nos oye. No importa el tema del que hables, sino que lo hagas como Dios quiere. Cuando hables debes edificar, bendecir.
¡Qué tus palabras sean agradables, dulces, amables, respetuosas, llenas del amor del Señor!



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