miércoles, 19 de agosto de 2015

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Los métodos de trabajo que veníamos usando en la obra del Señor siempre produjeron pocos frutos y débiles en su mayoría. Los métodos que desarrollábamos para la evangelización, edificación y conservación de los frutos, aunque hayan producido algunos frutos, observamos que no eran los más correctos, ni los más bíblicos. Si observáramos bien, la finalidad de todas las campañas, es que las personas asistan las reuniones. Para la edificación de ellas contamos con: La escuela dominical y la predicación del pastor; y en esto descansa toda la edificación de ellas.

Los puntos débiles son:
 
• El trabajo es demasiado impersonal. 
• Depende de hombres muy hábiles 
• Es poco eficaz en la formación de nuevos líderes
• No promueve la participación de todo el cuerpo de Cristo.
Notamos que los apóstoles, sin campañas de evangelización programadas, sin construir templos, sin crear seminarios, obtenían resultados mucho mejores que los nuestros tanto en calidad cuanto en cantidad. No existía la prensa, no podían repartir biblias, no habían medios masivos de comunicación, no tenían vehículos, grabadores, no contaban con una misión etc. Ellos debían formar en cada miembro un sacerdote capaz de realizar su ministerio. Cada discípulo debía ocuparse de cada nuevo hijo de Dios. Debía llevar sus cargas, llorar con ellos, reír con ellos, asumir autoridad, velar y enseñar sobre todas las áreas de la vida, tales como familia, trabajo, sexo, carácter, negocios, estudios, oración, testimonio, etc.
Hacer discípulos significa formarlos, guiarlos a la madurez y comisionarlos para que ellos hagan lo mismo con otros. Reconozco que es más fácil hacer 100 reuniones que formar un discípulo. Esto no significa que no hacemos más reuniones, pero implica concentrarnos en la tarea más importante y en el fin de toda nuestra obra: que cada miembro de la iglesia sea formado a la imagen de Cristo.
En cuanto a la Iglesia primitiva debemos preguntarnos: ¿Qué secreto tenían para alcanzar semejante éxito? ¿Cuál era su forma o modo de trabajar? Debemos volver a nuestro origen, debemos dejar nuestros métodos y volver a la práctica apostólica. ¡Me Gustaría que la obra fuera atrasada en 2000 años!

Del reunionismo al discipulado

El Señor no dijo: “Id y haced reuniones en todas las naciones”, pero sí “haced discípulos en todas las naciones”. En nuestra antigua manera de obrar teníamos todo tipo de reunión, de evangelismo, de oración, de estudio bíblico, de escuela dominical, de señoras, de señores, de jóvenes, de adolescentes, de comisiones, etc. Pero no teníamos discípulos. Gastábamos nuestra energía en un sin número de actividades y no estábamos haciendo lo esencial: formar discípulos.
Finalmente teníamos tantas reuniones que no teníamos tiempo para hacer otra cosa. ¡Pero el cambio vino! ¡Costó muy caro, pero cambiamos! El ministerio pastoral púlpito/congregación se modificó para un relacionamiento discipulador/discípulo. Esto significa entender que nuestro ministerio principal consiste en concentrarnos en pocos (Jesús tenía doce). Los conocemos, los amamos, les damos nuestra vida, nuestro hogar, pasamos mucho tiempo con ellos, les somos de ejemplo, los bendecimos, los corregimos, los instruimos, compartimos sus cargas.
Cuánto menor el número, mayor la bendición. En el primer siglo no hacía falta ser un gran orador para ser pastor. La oratoria no era esencial, tanto que alguien que no tuviese grandes habilidades verbales podía ser un instrumento muy útil en pastorear la iglesia.
Observación: el ministerio no se desarrolla a través de reuniones, pero sí de relacionamientos. Jesús nunca fue hombre de púlpito, era hombre de relacionamientos, de convivencia (Mc3.14). La iglesia es formada por discípulos. Quiero insistir sobre el Evangelio que predicamos, pues es el que irá a producir la clase de discípulos que queremos, o sea frutos permanentes. La puerta debe ser estrecha, pues quién entra no querrá salir por los fondos.

Discípulos son aquellos que aman a Cristo por encima de cualquier cosa, son mansos y dóciles a la enseñanza de la palabra. No son como cabritos, pero sí como ovejas. Es gente que fructifica, no es gente que se sienta en los bancos para oír buenos mensajes. 
Jesús nunca apuntó las señales de poder y maravillas como característica de sus discípulos, pero sí el amor. Hay diferencia entre señal acompañante y evidencia que caracteriza. Aunque Jesús haya dicho que las señales acompañan los que creen en él, no dijo que la característica de un discípulo es que sea acompañado por señales, esto porque él sabía que estas señales de poder también seguirían a los que no eran sus discípulos (Mt. 7.22-23; 1 Tes. 2.9). Quiero que el poder carismático acompañe mi ministerio, pero esto nunca será para mí, una evidencia que me caracteriza como discípulo de Cristo. Solamente el amor es una característica definitiva. El diablo puede imitar las señales y prodigios, el esfuerzo y la dedicación, lo celo y muchas otras cosas. Sólo no puede imitar el amor. El discipulado está basado en esto.

A CONTINUACIÓN (To be continued)

Ahora estamos viviendo 500 años después de la reforma con Martín Lutero. Estamos agradecidos por lo que él hizo, pero no vemos la Iglesia...