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LA FORTALEZA

                                 


"Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos”  Isaías 26:4

El que afronta las adversidades y sigue adelante crecerá en fortaleza. Existe una diferencia notable entre resistencia y fortaleza. La primera nos permite soportar la situación sin producir cambio alguno, por el contrario, la fortaleza tiene la capacidad de desarrollarse. Las sagradas escrituras nos instan a fortalecernos en el Señor y en el poder de su fuerza (Efesios 6:10)

La fortaleza interior no siempre está ligada a la fuerza física, aunque la favorece. Fortaleza se define como valor para enfrentar las circunstancias en la vida práctica, no obstante esta virtud necesita elementos para ser robustecida, situaciones que la hagan crecer. El José de la biblia no esperaba ser vendido por sus hermanos, ser tentado por la mujer de Potifar o estar en la cárcel, sin embargo éstos fueron los medios que hicieron de José un hombre lleno de fortaleza. Después de cada prueba fue mejor en muchos sentidos.

Las tensiones nos hacen crecer en fortaleza.

El sedentarismo o el exceso de descanso produce atrofia muscular, del mismo modo los sistemas naturales del ser humano se debilitan y mueren si son privados de los medios que le causan tensión, entre ellos las contingencias en el trabajo, en la familia o en la iglesia. Si no existieran trataríamos de buscarlas. Las tensiones son inevitables e indispensables. Podemos evadirnos de la realidad, residir en una casa con vista al mar o hacia las montañas pero en poco tiempo pediríamos los estresores a gritos. Esta es una de las tantas paradojas de la vida.
Si anhelamos crecer en Dios necesitamos aquellas cosas que provocan tensión. El apóstol Pablo es un claro ejemplo, se levantaba pensando en los problemas internos y externos que tenía que atender. Así lo describe:

“¿Son ministros de Cristo? (Como si estuviera loco hablo) Yo más; en trabajos más abundante; en azotes sin número; en cárceles más; en peligro de muerte muchas veces. De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio el alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos; peligros de ladrones; peligros de los de mi nación, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y desnudez; y además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día, la preocupación por todas las iglesias” (2° Corintios 11: 23 al 28)

Seguramente no pasamos las mismas cosas que Pablo, pero tenemos las nuestras. La vida en latinoamérica con sus vaivenes políticos, económicos y sociales es un excelente medio para crecer en fortaleza aunque parezca ridículo lo que digo (tampoco le agradezcamos a los dirigentes nefastos que nos llevan a las crisis) Lamentablemente muchos no aprendieron la lección y cayeron en profunda frustración, aún dentro del pueblo de Dios. Nada le causa temor al argentino de hoy porque es producto de esas inconsistencias, sufrió el corralito, el default, el cepo, etc. Muchos han afrontado profundas crisis de salud, económicas, familiares y también en el seno de la comunidad eclesial, no obstante después de la tormenta fueron más fructíferos. Crecieron en fortaleza y tal vez en otras virtudes.

La fortaleza nos permite afrontar los peligros.

Nunca como en la actualidad han ejercido tanto control en las distintas esferas de la vida personas que no asumen ningún riesgo, que se hacen fuertes al dirigir los asuntos desde sus oficinas, a través de las computadoras, éstos son los que dicen “Vayan, prediquen”, “Hagan misión”, pero no se exponen en lo personal. También encontramos los que adquieren fortaleza a costa de la debilidad de otros, hacen exhibiciones de poder con el débil, con el flojo de temperamento, con el indefenso. Esta clase fortaleza que abusa de la fragilidad ajena no es aprobada por Dios.

Los hijos de Dios no somos como esas piezas de porcelana o de cristal que colocamos a resguardo en la parte más segura de la casa. La sobreprotección es un verdadero problema para el arraigo y el crecimiento del discípulo. Algunos queriéndonos ayudar nos terminan perjudicando. No encargar el cuidado de nuevas vidas a los hermanos por temor que se decepcionen o privarlos de la misión por el peligro que conlleva  no es más que paternalismo. La fortaleza prospera en la hostilidad, mediante las crisis y los desafíos. La iglesia en Jerusalén estaba cómoda y tranquila, la persecución jaqueó su seguridad provocando la expansión del evangelio y el surgimiento de discípulos fuertes. Pero cuidado: Nuestra fortaleza nunca será motivo de orgullo,  debemos darle la gloria a Dios. “El Cordero que fue inmolado  es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra y la alabanza” (Apoc. 5:12)

Para crecer en fortaleza habrá que asumir riesgos con audacia más que dictar cursos o recibir instrucción formal.

En definitiva:

Saber que la fortaleza viene del Señor.

Procurar obtener algún beneficio de las crisis. No somos los únicos que padecemos en esta tierra.

Afrontar los desafíos y los riesgos por causa de Jesús.

                                                         Por Oscar Gómez




























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