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HAMBRE DE JUSTICIA Jorge Himitian


En el mundo no existirá la justicia perfecta hasta que Cristo establezca su reino en la tierra, sin embargo, es nuestra ineludible responsabilidad como discípulos de Cristo ser factores de transformación social para que, donde sea posible, vivamos en una sociedad más justa.  El que tiene hambre anhela ansiosamente un trozo de pan. Así también, Jesús llama bienaventurados a aquellos cuyo mayor deseo es ser justos, santos, actuar correctamente, vivir en rectitud.

“Bienaventurados  los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados”(Mateo 5.6)

La justicia tiene diferentes aspectos. Está la justicia legal, la justicia social, la justicia moral, y otros tipos de justicia. Como en las bienaventuranzas Jesús está hablando de las virtudes morales de las personas, sería correcto entender que él se refiere primordialmente a la justicia moral como virtud de carácter. Esto de ningún modo significa que no tenga aplicación a otros aspectos de la justicia. Aún más, la justicia o rectitud moral es (o debería ser) el fundamento de todo tipo de justicia.

Es justo decir la verdad, no robar, no cometer adulterio. Es justo que los hijos obedezcan a sus padres, que los padres no maltraten a sus hijos. Es justo ser puntual, pagar lo que se debe, trabajar las horas que nos corresponden, pagar buenos salarios, no dar ni recibir soborno. Es justo honrar a los ancianos, respetar el derecho de los más débiles, ayudar a los necesitados. Es injusto insultar, ofender, reírse de otros. Es injusto hablar mal del ausente, calumniar, difamar.

Muchas veces esta bienaventuranza se la aplica de un modo inverso. Jesús no se refiere a que debemos exigir que otros hagan justicia, o sean justos con nosotros, sino que nosotros seamos justos con los demás. Se refiere a aquellos que lo que más desean en la vida es ser justos ante Dios y con todas las personas; es decir, tienen hambre y sed de ser como Jesús.

Aquel que tiene sed está desesperado por agua. El que tiene hambre anhela ansiosamente un trozo de pan. Así también, Jesús llama bienaventurados a aquellos cuyo mayor deseo es ser justos, santos, actuar correctamente, vivir en rectitud. En resumen: Bienaventurados los que desean ser como Jesús, el Justo.

Esta sed, aplicado al orden social, tiene dos aspectos: Una, es nuestra esperanza final:

"Nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia” (2 Pedro 3.13). Nosotros tenemos sed y hambre del día en el que Jesús volverá, y habrá justicia perfecta en la tierra. El otro aspecto es el mientras tanto. Mientras aquél día llegue, tenemos la responsabilidad de ser la sal de la tierra y la luz del mundo; ser la buena levadura para leudar la masa. Todos los genuinos avivamientos y las sanas reformas sociales produjeron cambios en las naciones. La esclavitud fue abolida, los trabajadores adquirieron derechos, la explotación laboral de los niños fue suprimida, y cosas semejantes. En otras palabras, no debemos resignarnos a las injusticias que subsisten en la sociedad esperando la segunda venida de Jesús.

Y, aunque sabemos que en el mundo no existirá la justicia perfecta hasta que Cristo establezca su reino en la tierra, es nuestra ineludible responsabilidad como discípulos de Cristo ser factores de transformación social para que, donde sea posible, vivamos en una sociedad más
justa.

La justicia en muchas de las naciones de occidente se basa en el Derecho Romano. Sin embargo, la justicia de Dios es muy superior a ella. Jesús dijo:
“Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia”  (Mateo 5.33).
La justicia del reino de Dios es totalmente diferente de la justicia legal. Algo puede ser legalmente justo, pero moralmente injusto. Imaginemos el caso de una persona que es propietaria de 100 casas. Tal vez las adquirió correctamente desde lo legal. Pero nos preguntamos: ¿Es justo que un hombre tenga 100 casas cuando hay 100 familias que no poseen ninguna vivienda en la que habitar dignamente?  Según el Derecho Romano, o las leyes de un determinado país, puede ser legalmente justo. Pero según la justicia de Dios, no.

¿Es justo que los trabajadores, que con su esfuerzo producen las riquezas de un país, carezcan de lo necesario para vivir dignamente, que el salario no les alcance ni siquiera para sustentar su propia familia, mientras que los dueños de las empresas ganan excesivamente y gastan en lujos y derroches?

En América Latina, el trabajador, que es el verdadero productor de las riquezas, está mal remunerado. El empresario se justifica diciendo que él pagó lo que indica la ley. ¿Es justo que en nuestro país la diferencia entre el que más gana y el que menos gana sea de 100 a 1?

Pensemos, por ejemplo en la construcción. Los albañiles, bajo el frío o el calor, trabajan construyendo grandes edificios, suntuosas casas, pero reciben un sueldo que apenas les alcanza para la comida. Producen casas espléndidas pero ellos con sus familias viven hacinados en casas miserables. ¿Esto es justicia?

Tener hambre y sed de justicia, no significa acusar o criticar a los ricos y poderosos, (aunque llegado el caso debemos dar la palabra profética como lo hizo Santiago en su epístola, capítulo 5.1-6); sino saber que nuestra responsabilidad primera es esta: Si Dios prosperara económicamente a alguno de nosotros, o si se convirtieran empresarios, no deberíamos guiarnos por la “justicia” del mundo, sino por la del reino de Dios. Amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, y paguemos a los que trabajan los mejores salarios que nos resulte posible.

Y en otro orden de cosas, aboguemos por leyes más justas. La única esperanza para que nuestras naciones sean transformadas es que el reino de Dios llegue a los corazones y cambie a los injustos en justos, y que las leyes tengan en su fundamento el amar al prójimo como a uno mismo.

¡Dios levante una nueva generación de empresarios que sean discípulos de Cristo y que actúen como Jesús! Si Jesús fuese un empresario ¿cómo les pagaría a sus obreros? ¿No sería justo compartir las riquezas con los que las producen?

Pero la justicia social de reino de Dios no se limita a lo moral y económico.

¿Es justo que un marido le grite a su mujer o la trate con violencia? ¿Es justo que los hijos falten el respeto a sus padres? ¿Es justo que un niño sea abusado? ¿Es justo matar a una criatura en el vientre de su madre? ¿Es justo secuestrar a una persona y pedir por su rescate? ¿Es justa la trata de personas? ¿Es justo acostarse con la mujer de otro?

Clamemos de corazón: ¡Venga tu reino, sea hecha tu voluntad, como en el cielo así también en la tierra!

Jesús declaró:
“Así que, todas las cosas que quieran que los hombres hagan con ustedes, así también  hagan ustedes con ellos; porque esto es la ley y los profetas”
(Mateo 7.12).

Otra consideración muy interesante es que Jesús define el acto de ayudar al pobre como un acto de justicia y no simplemente de misericordia (Mateo 6.1-4). Esto implica que actuar con misericordia es hacer justicia. La verdadera justicia se encuentra intrínsecamente ligada al amor y a la misericordia. Dar a los pobres es hacer misericordia, pero, según Jesús, también es hacer justicia. ¿Por qué? Porque no es justo que yo tenga abundancia y otros no tengan nada (2 Corintios 8.14-15).

San Agustín hacía una distinción entre “la justicia retributiva” y la “justicia distributiva”. Debemos procurar que la justicia de este mundo sea cada vez más “justa”; sin embargo nunca habrá una justicia perfecta. Entonces, él sugería que con la justicia distributiva corrijamos los abusos de la retributiva:
“Vende lo que tienes y dalo a los pobres”  (Mateo 19.21). Eso es justicia distributiva. Justicia unida a la misericordia.

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