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EVANGELIZAR COMO JESÚS Jorge Himitian



Cuando entendimos que Jesús en todas partes predicaba el evangelio del reino de Dios (Mateo 9.35), nos surgió la pregunta: ¿Cómo evangelizaba Jesús? ¿De qué modo llevaba a las personas a la conversión?

Antes de eso, yo tenía una fórmula para guiar a la gente a la conversión. Les decía: Tienes que saber cuatro cosas:
Que Dios te ama
Que tú eres pecador
Que Cristo murió por tus pecados
Si aceptas a Cristo como tu Salvador personal serás salvo.

Por eso fue grande mi curiosidad en querer descubrir cómo evangelizaba Jesús. ¿Cómo llamaba a las personas a la conversión? ¿Qué les decía? ¿Qué les proponía? Así que me fui a los Evangelios.
La palabra que mejor sintetiza el modo en que Jesús invitaba a las personas a convertirse era diciéndoles: “Sígueme”. Fue lo que le dijo a Mateo (Leví) cuando lo encontró trabajando en aquella oficina en la que se recaudaban impuestos para el Imperio Romano. Con una sola palabra lo puso frente a la puerta del reino de Dios, del Señorío de Cristo: Sígueme.
¿Qué entendió Mateo al oír esa orden de Jesús? El reino es todo o nada. Lo tomas o lo dejas. Te sujetas a la autoridad de Jesús o seguís en la tuya. Mateo se levantó y siguió a Jesús. Se convirtió en su discípulo. Detrás de la escena, y más allá de las palabras, lo que se ve claramente es que Mateo, en ese momento, reconoció a Jesús como su Señor. Renunció a todo y lo siguió. Se puso incondicionalmente bajo la autoridad de Jesús. Esa es la verdadera conversión.

¿Qué les dijo Jesús a Simón y a Andrés? Ellos también estaban trabajando. El escenario era diferente. Eran pescadores, estaban a la orilla del mar lanzando la red al agua. Jesús les dice: “Vengan en pos de mí, y los haré pecadores de hombres”. 
Y relata el evangelio: “Ellos entonces, dejándolo al instante las redes, le siguieron” (Mateo 4.19-20).
Si le preguntáramos a Simón: ¿Qué sucedió ese día en tu vida?, nos diría: “Hasta ese momento yo mandaba en mi vida, desde entonces manda Jesús”.

El joven rico no aceptó el Señorío de Cristo sobre su vida y sus bienes.

A la mujer sorprendida en adulterio, después de protegerla de los que la querían apedrear, le anunció el evangelio completo, al decirle: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más”  (Juan 8.11).

Así evangelizaba Jesús. Les acercó el reino a Mateo, a Simón, a Andrés, a Zaqueo, y todos ellos entraron en él. ¿Cómo? Aceptando a Jesús como Señor, como autoridad y dueño de sus vidas. En cambio el joven rico no entró. Jesús no obligaba a nadie, pero él era claro; usaba su autoridad; daba una orden y el que se sujetaba a él, era salvo, se convertía en discípulo de Jesús.

Cuando comprendí el evangelio del reino me di cuenta de que el primero que tenía que terminar de convertirse era yo, aunque ya era pastor. Eso cambió mi vida, mi conducta, el manejo de mis finanzas. Todo.

Luego comenzamos a re-evangelizar nuestras congregaciones. Como estábamos viviendo en una visitación del Espíritu Santo, todo esto se hizo posible por la gracia de Dios que se derramaba abundantemente. Por más que eran fuertes y totales las demandas de Dios, la gente respondía con alegría y fe. Las congregaciones se fueron transformando en comunidades de discípulos.

Aún nos quedaba una duda. Si predicando un evangelio sin reino eran pocos los que se convertían, predicando el evangelio del reino con todas sus
demandas, ¿no se convertirían muchos menos? Nos sorprendimos al ver todo lo contrario. Cierta vez que le prediqué a un joven el evangelio del reino me dijo así: “¡Uy, pero Jesucristo pide mucho!” A lo que yo le respondí: “Todavía no lo entendiste, él no pide mucho, él pide todo”. Y ese joven se entregó al Señor.

Jesús, hablando de los tiempos finales profetizó en Mateo 24.14: Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin. No tengamos la más mínima duda de que lo que él dijo se cumplirá. 

El evangelio del reino de Dios es, en primer lugar, para toda la iglesia. Un evangelio sin reino, nunca producirá la calidad de iglesia que Dios quiere.
En segundo lugar. El evangelio del reino es lo que el mundo necesita en nuestros días imperiosamente. Solo la predicación del evangelio del reino, en el poder del Espíritu Santo, puede cambiar vidas, salvar familias, transformar pueblos y naciones. El reino de Dios es la única solución. No se puede curar el cáncer con una aspirina. Es necesario extirpar del corazón de los hombres el tumor del pecado radical, que es la rebelión contra Dios. Y el único que tiene el poder necesario para salvar al pecador y hacerlo un hombre nuevo es Jesucristo el Señor.

 Que cada uno de nosotros podamos decir junto al apóstol Pablo:

 Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.

(Romanos 10.8-9)

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