EL MISTERIO DE LLEVAR FRUTO Jorge Himitian

             


En el Evangelio de Juan, Jesús dice:

“Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. Todo pámpano que en mí no lleva fruto, lo quitará; y todo aquel que lleva fruto, lo limpiará, para que lleve más fruto.Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado. Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéishacer. El que en mí no permanece, será echado fuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho. En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” .
(Juan 15.1-8)

En el versículo 16 se ve aún con mayor claridad La Gran Comisión:

“No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca”.

Notemos la diferencia que existe entre los demás Evangelios y el de Juan. Mientras Mateo, Marcos y Lucas muestran la acción externa de La Gran Comisión —ir, predicar, hacer discípulos, bautizar, comenzar desde Jerusalén—, Juan abre otra visión acerca del tema. Muestra la realidad interna que se produce en los discípulos; aquella vida interior que hace que ellos se reproduzcan.

Jesús, en Juan 15, está hablando de la gran multiplicación, y por eso presenta es extraordinaria y magistral alegoría:
“Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el labrador”.
En ella, el Padre es el labrador, Cristo es la vid (o la parra, como se dice vulgarmente) y nosotros los pámpanos o ramas. Y afirma que todo pámpano que no dé fruto el Padre lo cortará, y el que dé fruto lo podará para que tenga más fruto.
“El que en mí no permanece, será echadofuera como pámpano, y se secará; y los recogen, y los echan en el fuego, y arden”.
Y continúa diciendo: "Este es mi mandamiento... que permanezcan en mí”.  
Observemos que el mandamiento no es que llevemos fruto, sino que permanezcamos en él. ¡Qué extraordinario! Y la comparación continúa: Así como una rama no puede dar fruto (uvas) si no está en la parra (porque la rama nació de la parra y fue creada para estar unida a ella), ustedes tampoco. Ustedes nacieron de mí, por eso deben permanecer en mí y yo en ustedes. Y si permanecen en mí llevarán mucho fruto. No se trata de un mandamiento, sino de una verdad. Jesús nos está diciendo: “¡Alégrense! Si permanecen en mí darán mucho fruto”.

La rama está en la vid, pero la vid también está dentro de la rama, por medio de la savia que corre por su interior. Y si tiene vida dará mucho fruto.
Así como el pámpano es parte de la vid, nosotros somos parte de Cristo. La vid no abarca solo el tronco, sino también las ramas, el fruto, las hojas y la raíz. ¡Qué maravilla! El Padre puso parte de Cristo en nosotros. Nosotros somos las ramas (los pámpanos), pero Cristo es el todo. La vida de Cristo es eterna, poderosa. Por lo tanto, el poder de una vida indestructible está dentro de nosotros, y nosotros estamos en él. Somos parte de Jesucristo, así como los pámpanos son parte de la vid.

Hay árboles que son plantados para dar sombra; otros son decorativos, pero no dan fruto. Cierto tipo de árboles son muy apreciados por su madera. Cada uno es plantado y cultivado con un fin determinado. La vid no es un árbol decorativo. No hay nada más triste que una parra en invierno. ¡Y cómo ensucia el patio en el otoño! Pues antiguamente, la gente tenía parras en sus patios. Tampoco es un árbol del que se puede extraer madera. Su tronco no sirve ni para hacer fuego. El que planta una parra persigue un único objetivo: que dé fruto. Lo que le interesa son las uvas. Uvas de calidad y en cantidad. El Señor se compara con la vid. No se trata de una religión decorativa. Lo que Jesús anhela es que sus discípulos (ramas o pámpanos) den fruto.

Juan, incluye un concepto tremendo que no aparece en ninguno de los otros tres evangelios. Habla acerca de quiénes darán fruto, quiénes son responsables de llevar a cabo La Gran Comisión: Cada pámpano. Cada discípulo tiene la vida de Dios en él, y por ende llevará fruto. Jesús dice: “Ustedes no me eligieron a mí. Yo los elegí a ustedes. Y los puse para que vayan y lleven fruto, y ese fruto permanezca”. Fuimos elegidos desde antes de la fundación del mundo. Dios pensó en cada uno de forma especial; y al hacerlo pensó en una vida que se multiplica. El Señor nos escogió con ese propósito.

En esta extraordinaria alegoría Jesús presenta a sus discípulos el principio de la multiplicación: Cada pámpano dando mucho fruto. No se trata de un activismo externo que redunda en obras muertas, sino que proviene del amor de Cristo que fluye dentro de nosotros, de su Palabra que nos desborda, de su gozo que habita en nosotros y que nos lleva a desear compartir esta vida con los demás. Dentro de nosotros fluye el amor ágape. Es Dios que nos llena, nos embriaga y nos motiva a compartir con los demás lo que Cristo ha hecho en nuestras vidas y quiere hacer en la de los demás.

Normalmente, los árboles dan fruto una vez al año. Aunque hay un tipo de limonero, que da fruto en las cuatro estaciones; pero en general dan nuevos frutos cada año. ¿Sería demasiado pensar que si estamos en Cristo y él en nosotros los 365 días del año, viviendo en comunión con él, orando, siendo testigos, ayunando, predicando, que cada uno ganemos un discípulo nuevo por año? En un año tenemos infinidad de oportunidades, contactos y gente con la que nos encontramos. No olvidemos que nuestra misión es dar fruto; eso es lo que el Padre busca.
“En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos”
(v. 8).

Si en una congregación de cien personas cada una ganara un discípulo nuevo por año, al año siguiente serían doscientos; al otro año, cuatrocientos…En diez años serían más de cincuenta mil discípulos; y en quince años ¡más de un millón y medio de discípulos! ¡Qué alegría sentiría el Padre!


Que el Espíritu Santo renueve nuestra comunión con Jesucristo cada día a fin de que llevemos fruto para Dios.

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