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¿POR EL ASCENSOR O POR LA ESCALERA? Ricardo Hussey



  El comienzo del libro de Los Hechos nos hace pensar en el correr del telón, para dejarnos ver un escenario nuevo que se presenta inmediatamente después de la ascensión del Señor. ¡Con cuánta expectativa e ilusión estarían los discípulos pensando en esta grandiosa aventura que se les presentaba delante! El Maestro los había comisionado a ir por todo el mundo, empezando por Jerusalén, para hacer discípulos. En realidad, nunca habían hecho semejante cosa, pero eso no los desanimaba en absoluto. La tristeza y desorientación al ser Jesús apresado, crucificado y sepultado, habían dado lugar a un gozo indescriptible al verlo gloriosamente resucitado. Verdad que habiendo ascendido, ahora ya no estaba físicamente presente con ellos. Pero les había dado la promesa de no dejarlos huérfanos, asegurándoles que les enviaría otro Consolador – el Espíritu de verdad. Más aún, si bien esta promesa no se había cumplido en plenitud, pues eso estaba reservado para el día de Pentecostés, habían recibido sin embargo un anticipo, por así decirlo, al soplar Él sobre ellos y decirles “Recibid el Espíritu Santo”, según leemos en Juan 20:22. 

Todo esto, y la promesa que ya hemos visto que Él mismo también estaría con ellos hasta el fin del mundo, habían servido como un tónico muy eficaz para llenarlos de buen ánimo. Además, no bien ascendido el Señor y ser ocultado de sus ojos por una nube, estando ellos todavía con la mirada fija en el cielo, se les aparecieron dos ángeles con vestiduras blancas, afirmando que de la misma manera en que le habían visto ser transportado de ellos al cielo, así habría de venir otra vez . (Los Hechos 1:11) 

Así las cosas, y habiendo ellos emprendido el camino de regreso a Jerusalén, nos encontramos con el texto del versículo 13 del primer capítulo, que nos ha de servir de base y trampolín para proyectarnos específicamente hacia el tema, a través del prisma particular del título que le hemos dado a nuestro libro – Peldaños del Discipulado. “Y entrados, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas, hermano de Jacobo.” Aquí tenemos en figura algo que debe estar latente en el espíritu de todo discipulado que aspire a producir resultados sólidos, vivos y duraderos. Y aquí está lo del enfoque distinto que figura en la portada debajo del título: no se trata de impartir un curso de discipulado porque es lo que se suele hacer, sino algo que brota por la fuerza de la inspiración y la gravitación de vidas ejemplares, que, sin procurarlo, ejercen un atractivo especial. Nos explicamos: allí había once varones que moraban en un lugar alto. Esta palabra moraban nos hace entender que no se trataba de algo transitorio o pasajero, sino permanente. Y al tomar conocimiento de ello los demás, se sintieron movidos por una gravitación interior espontánea, a subir a ese lugar elevado y estar junto a ellos. 

Como decimos, en esto hay algo importantísimo que –expresado en otra forma – constituye la espina dorsal del verdadero discipulado: una persona o un grupo de personas que, por el talante de sus vidas y su relación con el Señor, moran no en el llano de la mediocridad por donde transita la mayoría, sino en un lugar más alto – más elevado. Ellos no hacen ningún alarde de ello – sencillamente moran en ese nivel; pero otros lo notan y bien pronto les brota en su interior un deseo muy grande de subir, para estar con ellos y ser como ellos, dejando atrás el lugar bajo que ya hemos llamado el llano de la mediocridad. En cierto modo, eso fué lo que les pasó a los primeros once. Al tomar contacto con Jesús y verlo como un personaje tan especial, que vivía en un nivel tan superior a todo cuanto habían conocido, les nació un anhelo muy grande de estar con Él – de ser como él – de subir de ese lugar en que siempre habían estado, a ese otro lugar alto en que veían con toda claridad que Él moraba siempre. Los dos discípulos que al ver pasar a Jesús le oyeron a Juan el Bautista pronunciar las palabras “He aquí el Cordero de Dios”, en seguida, dejándolo a Juan, que hasta entonces había sido su maestro, comenzaron a seguir a Jesús. Advertido de esto, el Maestro les preguntó: “¿Qué buscáis?” A lo cual respondieron: “Rabí (que traducido es, Maestro) ¿dónde moras? (Juan 1:36 y 38) 

Aquí lo tenemos, sencilla y perfectamente ejemplificado. La persona, el semblante y la presencia de Jesús, constituían un imán tan poderoso, que, dejando a Juan el Bautista, espontáneamente se dispusieron a seguir a Jesús. Y a muy poco de comenzar a hacerlo, con su pregunta “¿dónde moras?” denotaron claramente su deseo, no solamente de seguirlo, sino de morar con Él, cosa que de hecho hicieron aquel día, según vemos en el versículo 39. Hay una diferencia abismal entre esto y rutinariamente introducir unos cursos de enseñanza sistemática, para adoctrinar a los que se desea que pasen a ser discípulos. Lo uno brota de una vida o vidas que irradian luz y exhalan fragancia divina; lo otro lleva impreso en sí algo mecánico, quizá con una sana ortodoxia bíblica, pero falto de ese hálito celestial, que sólo pueden infundir quienes viven cerca de Dios, y saben bien por experiencia propia lo que es estar impregnados del Espíritu Santo. 

De todo esto surge la necesidad de discipuladores cuyas vidas sean ejemplares y sirvan de inspiración y motivación para otros. Esto de por sí ha de crear y forjar una relación viva y cristalina entre cada uno de ellos y los discípulos que se sientan atraídos hacia ellos. El ejemplo y la calidad de su vida les dará una autoridad espiritual que resultará en una sana obediencia y sumisión por parte de los discípulos. Debemos recalcar que esta sumisión nunca deberá ser impuesta, pues en nada de esto debe haber un espíritu autoritario que busque crear una obligatoriedad absoluta de obediencia en todo. 

Tristemente, muchos son los casos en que se ha hecho un hincapié excesivo e incorrecto en la autoridad, con resultados altamente contraproducentes. Generalmente, quienes lo hacen, quizá sin darse cuenta de ello, están demostrando a las claras su falta de verdadera autoridad espiritual, que los lleva al uso de medios carnales para procurársela. El resultado inevitablemente será caer en un autoritarismo, que a la postre tendrá derivaciones negativas, y a veces bastante nefastas. En cambio, la verdadera autoridad espiritual siempre tenderá a crear una relación basada en el amor y el buen ejemplo. Así, el discípulo no tendrá normalmente ningún inconveniente en atenerse a los consejos, enseñanzas y exhortaciones que se le hagan, comprendiendo que brotan de una vida digna y ejemplar y sólo son para su propio bien. 

También cabe señalar que el buen discipulador no habrá de ser indebidamente posesivo con su discípulo o discípulos. Por el contrario, será lo suficientemente sabio y desinteresado como para desear y buscar que maduren lo antes posible, para así quedar destetados – valga la expresión – y pasar a desenvolverse como cristianos responsables y con mayoría de edad, espiritualmente hablando. Esto, al mismo tiempo, a él le dejará libre para dedicar su tiempo para el discipulado de otros nuevos que irán surgiendo y viniendo. Pero volvamos ahora a lo que veníamos diciendo. Se trataba del ejemplo que tomamos en Los Hechos 1:13 de subir al lugar alto donde otros ya moraban. Y siguiendo con nuestra analogía, hemos de ver cómo se desarrolla en la práctica cotidiana este subir del llano a un lugar más alto. 

¡No se sube por el ascensor! La comodidad y la rapidez del ascensor son indudables, y hoy día quien tenga que subir varias plantas, habiendo ascensor no lo piensa dos veces. ¡Es tan cómodo pulsar el botón y dejar que nos transporte en muy poco tiempo a la vigésima planta, por ejemplo – o a la tercera o cualquier otra! Pero en el cristianismo auténtico que nos legó Jesús no hay lugar para el ascensor – es decir, la subida a las alturas, rápida y sin esfuerzos .Algunos lo han intentado, pero sólo han alcanzado alturas falsas que los han mareado y llevado tristemente a caídas catastróficas. Con la sabiduría propia de Su amor para con nosotros, que siempre busca nuestro más alto bien, Dios ha dispuesto la ley del crecimiento. Esto supone algo gradual, que va paso a paso, día a día. Y por esto, a los fines nuestros, la comparación de la escalera – poco a poco, peldaño tras peldaño, y exigiendo un esfuerzo de nuestra parte – se presta muy bien. Quien sube por la escalera, por prudencia debe cuidar bien sus pasos para no tropezar y caerse. Como precaución adicional, viene bien tomarse de la baranda. En un plano muy sencillo pero bien práctico, en lo que nos ocupa no puede haber mejor baranda que nuestro propio Señor Jesús. 

Tomados firme y continuadamente de Él, de principio a fin, no será fácil ni probable que tropecemos o caigamos. En los capítulos venideros iremos tomando uno a uno los veinticinco peldaños de nuestra escalera imaginaria. Cada uno representa una virtud que ha de encontrarse en la vida de todo auténtico discípulo. No obstante, la comparación de la escalera no debe tomarse en forma literal, pensando que antes de pasar al peldaño siguiente – el de la humildad por ejemplo – se deberá completar plenamente el anterior. 

En realidad, cada peldaño representa un valor o rasgo de carácter distinto, y algunos se pueden plasmar en el discípulo con cierta rapidez, mientras que otros llevan más tiempo. Y en éstos, el crecimiento y desarrollo gradual será de varios, o aun muchos, desarrollándose simultánea y acompasadamente. En otras palabras y dicho con más sencilllez: no será el caso de decir “Este peldaño del amor ya lo completé; ahora paso al de la santidad.” 

Como ya hemos señalado, buena parte de ellos estarán en marcha progresiva al mismo tiempo, y muy posiblemente en unos el avance será mayor o más rápido que en otros. Y una aclaración final antes de ir al grano en el capítulo siguiente. Aun completados los veinticinco peldaños de nuestra obra, ningún discípulo deberá ni podrá pensar que ya ha llegado – es decir, que ha alcanzado la meta final. Ni siquiera podrá hacerlo el discipulador, aun cuando se encuentre en el lugar alto que sirve de inspiración y motivación para otros. En cambio, tanto el uno como el otro sí que tendrán un grado de madurez que los califique como siervos idóneos y responsables. Ubicados en su debido lugar en el amplio ámbito de la iglesia de Cristo, y con lazos de relación correcta con otros siervos, seguirán siempre aspirando a niveles más altos, con un ansia de superación muy grande, emanada de su relación personal con el Señor Jesús. Él es el Maestro perfecto, a quien cada verdadero discípulo querrá asemejarse más cada día. Y en esta proyección – la de ser como Él y andar en este mundo como Él anduvo – la meta es muy alta. 

Mientras dure nuestra carrera terrenal, siempre se pensará con justa razón que todavía queda mucho por andar. Con todo, esto nunca ha de servir para desanimarnos. Muy por el contrario, iluminados y alentados por el Espíritu Santo, todos hemos de divisar la meta con más claridad cada vez, y comprender mejor los incalculables valores que encierra. Y así cobraremos nuevos bríos que nos permitirán seguir escalando posiciones, hasta que terminemos siendo “semejantes a Él, porque le veremos tal como Él es.” (I Juan 3:2) 

Tomado del Libro: "Peldaños en el discipulado" de Ricardo Hussey

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