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LA HOMOSEXUALIDAD Por Jorge Himitian

                             

La homosexualidad es uno de los pecados más antiguos de la humanidad. El primer libro de la Biblia, Génesis, relata que las ciudades de Sodoma y Gomorra fueron íntegramente destruidas por Dios con fuego porque sus habitantes practicaban masivamente la homosexualidad. Tal fue el enérgico repudio de Dios contra esta inmoralidad (Génesis 13:13 y capítulo 19).
Hoy a los homosexuales se les llama “gay” (inglés por “alegre”), antiguamente se los llamaba sodomitas por los de la ciudad de Sodoma. Desde entonces, la homosexualidad siempre ha existido, y Dios siempre la ha repudiado. Lo nuevo en nuestros días es que los homosexuales y las lesbianas hacen manifestaciones en las calles y gritan a los cuatro vientos que están orgullosos de ser homosexuales, y exigen a la sociedad aceptar su homosexualidad como una opción digna.
La Biblia declara que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, los creó varón y mujer (Génesis 1:27) Cada criatura que nace es varón o es mujer. Dios le da a cada ser humano un sexo definido; no hay términos medios. Esta diferencia es creacional e inequívoca en la constitución física de cada persona. Si el Creador le dio a alguien un cuerpo de varón es para que tenga una sexualidad masculina, y si le dio un cuerpo de mujer es para que tenga una sexualidad femenina. Dios no se equivoca. De modo que la homosexualidad no es congénita sino adquirida por diferentes factores concurrentes, de los cuales el decisivo es la responsabilidad personal.
La homosexualidad no es una enfermedad, si por enfermedad entendemos un mal que se padece ajeno a la responsabilidad personal. El homosexual no es simplemente una víctima de un desequilibrio hormonal. En algún momento de su vida comenzó a decir sí a prácticas incorrectas y antinaturales. En algún momento tuvo conciencia que lo que hacía estaba mal, y no lo rechazó hasta que se hizo un hábito y quedó atrapado por el demonio. Podemos decir que es una enfermedad de la cual se es responsable.
Es posible que un hombre y una mujer se desvíen y deformen su interioridad. Pero a ellos debemos decirles que en vez de ceder físicamente a sus inclinaciones y sentimientos deformados, asuman el sexo que Dios les dio y que mediante el arrepentimiento y la fe en Jesucristo se regeneren y corrijan su deformación psíquica y emocional. Jesucristo vino para esto. No vino para condenar a los pecadores sino para salvarlos, Jesús ama a los homosexuales y los quiere ayudar. No vino para decirles que sigan practicando la homosexualidad. Vino para decirle al homosexual: “Yo te puedo cambiar. Por vos mismo no podés salir de esto, pero yo te puedo salvar” Jesucristo vino al mundo para que el homosexual deje de serlo, para que el adúltero deje de adulterar, para que el ladrón se convierta en un hombre honrado.
En la actualidad hay mucha sensibilidad ante la palabra “discriminación”. Por supuesto repudiamos la discriminación racial y social, o por nivel económico, etc., pero no todo tipo de discriminación. La sociedad, mediante el poder judicial, tiene el deber de “discriminar” a los criminales, a los ladrones, a los asesinos, a los secuestradores, etc. y mandarlos a la cárcel; es decir a aquellos que con su libertad “avasallan” los derechos de sus semejantes. La iglesia, al igual que Jesús, tiene la misión de amar a todos los pecadores y guiarlos a la conversión. Pero puede aceptar en comunión únicamente a aquellos que se arrepienten y abandonan sus prácticas pecaminosas. Nadie puede llamarse cristiano o pretender ser miembro de la iglesia y seguir practicando la homosexualidad, o el adulterio, o el robo, o cualquier otra inmoralidad. Aún más, la iglesia tiene el deber de excomulgar de su seno a todo aquel que, habiendo abandonado la vida de pecado, vuelve otra vez a ella.
Como no vivimos en un estado teocrático-como fue Israel-, sino democrático, y en una sociedad pluralista, si algunos quieren ser homosexuales no los podemos discriminar socialmente ni mandarlos a la cárcel, mientras no avasallen los derechos de sus semejantes. Los tales deberían soportar el juicio ético del resto de la sociedad que tiene valores morales. Los cristianos debemos amar a los homosexuales pero repudiar la homosexualidad.
Doy una última palabra para los homosexuales: Ustedes no necesitan seguir siendo homosexuales. No necesitan ser condenados al infierno. Cristo murió por ustedes. Pagó el castigo en la cruz. Al tercer día resucitó. Hoy vive y es Señor. El ama y tiene el poder para cambiarlos. Si se arrepienten y creen en Él, reconociéndolo como Señor, él los hará nuevas criaturas.




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