OSCAR ALCIDES GÓMEZ: NUESTRA JERUSALÉN




“Pero recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra”
Hechos 1:8
   
  Estas fueron las palabras finales de Jesús antes de ascender al Padre. Si atendemos este mandato nos daremos cuenta que nuestra primera responsabilidad es predicar el evangelio en la localidad donde vivimos, donde hay que sembrar la buena semilla del reino ¡La tarea comienza en nuestra “Jerusalén”!
   Los dos primeros frutos que pude cosechar fueron mi abuela materna que entregó su vida a Cristo estando internada en un Sanatorio y el tío Néstor, un  soltero que había pasado los cuarenta años y padecía de cáncer de garganta. Al poco tiempo ambos murieron y se fueron con el Señor. Apenas me convertí, casi en forma inconciente, el Espíritu Santo me guió a los cercanos, a los de mi ciudad. Sin dudas que la mayoría de los cristianos, sino todos, comenzaron dando testimonio de su fe  a la gente de su localidad.

  No pasemos por alto nuestra Jerusalén. Algunos piensan en llevar el mensaje del reino “hasta lo último de la tierra” pero no tienen que descuidar el lugar donde viven. ¿Hemos predicado la Palabra del Señor en nuestra ciudad? ¿Sabemos, aunque sea por estimación, cuantas personas viven en ella? ¿Cuántas iglesias hay? ¿Qué cantidad aproximada de cristianos? Las escrituras relatan la historia de Sama, uno de los valientes de David:

   “El tercer valiente era Sama hijo de Agué el ararita. En cierta ocasión, los filisteos formaron sus tropas en un campo sembrado de lentejas. El ejército de Israel huyó ante ellos, pero Sama se plantó en medio del campo y lo defendió, derrotando a los filisteos. El Señor les dio una gran victoria”.  

                                                               2° Samuel 23: 11-12

   Este guerrero defendió su propiedad, su herencia. ¿Cuál es el terreno de lentejas que hay que defender? Se trata de la cuidad donde el Señor nos plantó, donde estamos diariamente y donde trabajamos. Seguramente allí viven parientes y amigos. Es el sitio donde es necesario hacer conocer a Cristo. El terreno es una parcela, son las personas por las cuales estamos orando y visitando, nuestra área de influencia. Como lo hizo Sama, cuidemos nuestro lote. ¡El Señor nos plantó con un propósito específico! Quisiera citar las palabras de un pensador cristiano contemporáneo:

“No cabe duda que Dios trazó un plan para nosotros en el lote o terreno donde nos colocó. Si comprendemos esto desarrollaremos un compromiso profundo con el lugar que habitamos. Cuando Josué repartió la tierra pensó en que cada tribu administre el territorio conferido. El territorio que Dios nos legó es la gente que nos rodea y los límites son el barrio o ciudad donde vivimos. El Señor dijo que somos sal y luz, no obstante para realizar una tarea efectiva habrá que tener un fuerte compromiso con nuestra tierra y con nuestra gente. Una acepción de la palabra “lote” es esfera asignada y representa los límites del área donde Dios nos plantó para hacer su obra. Todos tenemos una esfera asignada, se trata de una esfera de autoridad, y la única manera de reflejar la luz del Señor es mediante un compromiso verdadero con todo lo que implica ese territorio ¡Es importante definir cual es la jurisdicción donde Dios nos sembró! El Espíritu Santo nos revelará todo lo que sucede dentro de ese ámbito que depende de nuestra entera responsabilidad y esta es la razón por la cual debemos establecer un compromiso con ese lugar. Cuando nos comprometemos con la tierra que habitamos desarrollamos una fe activa, que nos convierte en agentes de cambio mediante el poder de Dios” 

    El gran desafío son los cercanos. La compasión por nuestros vecinos y la tristeza de verlos perdidos, sin Cristo, estando tan cerca de ellos es lo que nos debe mover. Más que un método es un acto de socorro, de rescate a quien vive a nuestro lado. La idiosincrasia de cada ciudad ejerce una innegable influencia sobre sus habitantes, urge prestar atención a lo que sucede para ser un poco más efectivos en nuestra labor.

   No neguemos la posibilidad que se arrepientan a quienes nos rodean, los pobres no son los únicos necesitados, también los ricos, los empresarios y el hombre común. Los discípulos del Señor no estamos solamente para ser buenos vecinos, sino compartir noticias, la buena nueva de que Cristo, en la cruz, hizo algo grande por nosotros y por ellos. ¡Prediquemos la verdad del evangelio en el lugar donde vivimos!


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