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OSCAR ALCIDES GÓMEZ: COMO PREDICAR EL EVANGELIO





Iván Baker fue un cristiano cargado de pasión por el anuncio del evangelio y por muchos años comunicó ese fervor a la iglesia. Lo vi predicar una sola vez en un parque de Rosario, aquellos que tuvieron el privilegio de estar cerca hablan de su gracia espontánea para acercarse a las personas y hablarles del Señor. Comentan con cierta nostalgia que cuando salía con sus discípulos empezaba la conversación y después dejaba que siga alguno de ellos. No cabe duda que se trataba de una escuela de entrenamiento intensivo. Aprendimos de Iván la necesidad de difundir la fe.

   Al pasar el tiempo, luego de muchas equivocaciones y pocos aciertos fuimos descubriendo distintas maneras de predicar el evangelio que quisiera destacar en este capítulo.

Oremos antes de salir. La oración es la llave que abre los corazones. No se trata de un paseo sino de una guerra espiritual. Satanás tiene encarceladas a las personas y no tiene miras de soltarla. El anuncio de las buenas noticias de salvación producirá la fe necesaria para que la gente se convierta al Señor. Necesitamos orar los momentos previos a la salida.

Busquemos el fuego y la gracia. Alguien dijo que lo que no logra el fuego lo consigue la gracia. Aquí hay dos elementos básicos en la evangelización: el fuego del Espíritu Santo y la gracia de Dios. El fuego es consecuencia del bautismo en el Espíritu Santo y esa llama divina nos hace testigos ardorosos y fervientes del Señor. Un corazón sin fuego espiritual no es un vivo testimonio. Pero este fuego necesita ser encauzado con la gracia divina, que opera como regulador de la llama, de la pasión, equilibra las excesivas emociones y capacita al discípulo para dar testimonio en el justo momento y lugar.
   No hay evangelización sin el fuego y la gracia. La complejidad de la gente merece un trato especial, cada ser humano es distinto, las necesidades son diversas, también la manera de ver las cosas difieren de una persona a otra, en todos los casos el fuego rompe el hielo y la gracia hace que el evangelio sea bien recibido.

Mantengamos un diálogo entendido. Hugo De Francesco nos dijo en una oportunidad: “Es necesario hacer una presentación inteligente, enérgica e interesante del evangelio”. Es muy importante comenzar la charla pero no hacer un monólogo, o pensar que estamos detrás de un púlpito, hay que dejar que la persona se exprese y hable con libertad, esto es fundamental. Mostrar un interés genuino por quién tenemos delante. No salimos a agrandar una organización, sino a ejercer misericordia e intentar salvar una vida, a hacerle bien de alguna manera. El hombre que forma parte de la sociedad actual necesita que ser escuchado, tiene un bagaje muy pesado en su interior.
Una tarde salimos a predicar con el grupo casero, la consigna era dar a conocer lo que Dios dice acerca del trabajo. El primero que le hablé era un muchacho que había perdido su trabajo hacía una semana pues la fábrica donde era empleado se había incendiado. Y así uno tras otro, tienen una larga historia y sobre esa base tenemos que orientar la conversación.
Se puede empezar con una pregunta “¿Cree en Dios? “¿Se reúne en alguna iglesia?”

Seamos convincentes. Convincente es aquel que convence, para que esta cualidad se manifieste el discípulo tiene que estar profundamente convencido de lo que cree, que no dude, que tenga plena convicción de su mensaje. Si esto no ocurre hablarán de cosas secundarias, periféricas, de “bueyes perdidos” que no llevarán a la persona al camino del Señor.
Prediquemos a Cristo, declaremos el kerigma, digamos: “Cristo vivió entre los hombres dándonos ejemplo, murió y resucitó al tercer día. Hoy está sentado a la derecha de su Padre”.

 No nos detengamos con hermanos en la fe. Es muy probable que en la actualidad nos encontremos con otros cristianos cuando salimos a compartir el evangelio. Si aparece alguno, sea de nuestra congregación o de otra, hay que saludarlo cordialmente y seguir con la próxima persona, no nos demoremos. Tampoco es provechoso utilizar ese precioso tiempo para conversar con los hermanos del equipo de salida, habrá otro momento para comentar nuestras cosas.

Hablemos a las personas siempre de frente. No somos mendigos sino embajadores del Rey de Reyes. Acerquemos   a una “distancia prudencial”, no tanto. Las personas están muy cuidadosas por causa de la inseguridad y la violencia, pero no tengamos temor, seamos valientes, hay una verdad que deben conocer.

No vestirnos demasiado formal, tampoco desalineados. Seamos normales. Tengamos en cuenta el aseo personal. No es recomendable llevar libros o cosas en las manos. Los mandados hay que hacerlos después que hayamos cumplido la misión.

En lo posible obtengamos algún dato que permita un nuevo encuentro con la persona. Con gracia ver la forma de tomar la dirección, teléfono o correo electrónico, de otra manera el contacto se perderá, pero no insistamos. Es indispensable llevar un bolígrafo y un pequeño anotador.

No discriminemos a nadie al compartir el evangelio, solo Dios conoce los corazones. Predicando con un hermano en la plaza principal de una ciudad vecina sentimos la guía del Señor para acercamos a un hombre que estaba escuchando radio en su auto. A simple vista no daba la impresión de ser un buen receptor, sin embargo al comenzar el diálogo y para nuestra sorpresa nos contó que en su juventud estuvo internado en la granja de rehabilitación de droga dependientes que está bajo la cobertura de nuestra iglesia, allí conoció la Palabra del Señor pero al pasar los años se apartó. La charla fue preciosa y lo vinculamos con la iglesia de esa localidad.

Por lo general acercarnos a las personas del mismo sexo. Los varones tienen que compartir su fe a los hombres y las hermanas a las mujeres. Cuidado con el sexo opuesto, un ambiente de tentación puede apagar la fe.

Cada ser humano tiene muchas personas conocidas. Detrás de cada persona hay un “cardumen” como los peces, son los parientes, amigos, vecinos y compañeros de trabajo que serán los futuros receptores potenciales del evangelio si esta persona se convierte a Cristo serán los receptores potenciales del evangelio.

Dios es el más interesado en la salvación de los hombres. Él está empeñado en rescatar a la humanidad de su situación de pecado por lo tanto va delante en esta tarea.




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