JORGE HIMITIAN: TRES CLAVES PARA EXTENDER EL REINO


 Los apóstoles, sin organizar campañas de evangelización, construir templos o crear seminarios, obtenían resultados mucho mejores que los nuestros, tanto en calidad como en cantidad, a la hora de extender el evangelio. No existía la imprenta, no podían repartir Biblias, no había medios masivos de comunicación, no tenían vehículos ni equipos de audio..., no contaban con una misión en el extranjero que los sostuviera ni con hoteles para hacer retiros. ¿Cuál era entonces, el secreto de semejante éxito? ¿Cuál era su modo de trabajar? La simplicidad.

1)   Hacer discípulos

El Señor no dijo: “Id y haced reuniones en todas las naciones”, sino: “… haced discípulos a todas las naciones”. Nosotros solíamos tener reuniones de todo tipo: de evangelización, de oración, de estudio bíblico, de escuela dominical, de damas, de jóvenes, de adolescentes, de comisión, pero no teníamos discípulos. Gastábamos nuestras energías en un sinnúmero de actividades, pero no hacíamos lo esencial: formar discípulos. Además, con tantas reuniones no teníamos tiempo para hacer otra cosa. Sin embargo, el cambio se logró. El ministerio pastoral púlpito-congregación se modificó para establecer una relación maestro-discípulo. Eso significa que debemos entender que nuestro ministerio principal consiste en concentrarnos en algunos pocos (Jesús entrenó a doce), y dedicar nuestro tiempo a conocerlos, amarlos, darles nuestra vida, abrirles el corazón y nuestro hogar, pasar tiempo con ellos, ser ejemplo, enseñarles, corregirlos, animarlos, bendecirlos, reprenderlos, instruirlos, llevar sus cargas, llorar y reír con ellos, asumir autoridad sobre sus vidas, velar por ellos y enseñarles a conducirse en todas las áreas de la vida: familia, trabajo, sexo, carácter, negocios, estudios, oración, testimonio y otras. Discipular significa formar a los discípulos, guiarlos a la madurez y comisionarlos para que ellos hagan lo mismo con otros. Es más fácil llevar a cabo 100 reuniones que formar un discípulo. Es un error creer que al hacer reuniones estamos desarrollando un ministerio. Si después de algunos años de trabajo no surgen al lado de nosotros obreros capaces de discipular a otros, sepamos que estamos errando nuestro ministerio.
  
2) Reunirse por las casas

Según la forma tradicional de abrir una obra, el objetivo cercano era comprar un terreno y edificar un “templo” para desarrollar allí las actividades de la iglesia. El templo resultaba central en el funcionamiento de las congregaciones. Casi no se podía concebir que una congregación pudiera desarrollarse sin un templo. Es muy evidente que los apóstoles diferían en cuanto a ese modo de ver las cosas. Jamás construyeron templos. En los primeros siglos la iglesia creció y se extendió poderosamente por las casas, y cuando les resultaba posible, se reunían todos en algún lugar de concentración pública. Hemos hallado que lejos de ser esta una situación desventajosa para el crecimiento de la iglesia, resulta óptima. Al descentralizar las actividades del templo, llevándolas a las casas, hemos descubierto varias ventajas:
a) La obra se realiza mejor al integrar a los hermanos en grupos más pequeños en los hogares. En el ambiente natural de un hogar se da una relación
más estrecha, se conoce y atiende mejor a cada uno, los inconversos acuden con menos prejuicios y la tarea del discipulado se logra sin tantos esquemas.
b) Las reuniones se vuelven más sencillas y espontáneas. Se pierde la formalidad, la religiosidad, hay mayor participación de los presentes y no se
necesita un liderazgo profesional.
c) Al no tener enormes gastos para la construcción y mantenimiento de un templo, la iglesia cuenta con fondos suficientes para sostener dignamente a sus pastores y, tal como sucedía en el Nuevo Testamento, tiene recursos para ayudar a los necesitados de la congregación. Semanal, quincenal o mensualmente se puede alquilar algún salón o estadio para reunir a todos los grupos de hogar.

3)Tener un programa concreto de enseñanza

En 3 años de discipulado, Jesús les comunicó a los suyos un conjunto completo de enseñanzas. Al encargarles que discipularan a otros, les ordenó que enseñasen "todas cosas que él les había mandado". Pablo, después de tres años de ministerio en Éfeso les dijo a los presbíteros del lugar que les había dado “todo el consejo de Dios” (Hechos 20.27). Nuestro estilo tradicional de predicación y enseñanza ha sido mayormente sobre temas aislados e inconexos, según la inspiración de la semana. La Biblia es un libro muy extenso y, siguiendo ese estilo, ni siquiera después de muchos años podríamos decir que hemos transmitido “todo el consejo de Dios”. Debemos dejar de lado las improvisaciones y los devocionales interminables, y dar el “kerigma” y la “didaké” de los apóstoles, es decir, el cuerpo concreto y completo de verdades y mandamientos del Señor. Debemos conocerlo, dominarlo, vivirlo y enseñarlo a nuestros discípulos hasta que ellos lo conozcan perfectamente, lo vivan y sepan enseñarlo con gracia a otros. Esto resulta esencial en la tarea de hacer discípulos y edificar a los hombres a la imagen de Cristo.


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